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Las memorias de conquistador de Jean-Paul Belmondo

Repaso a su impactante lista de mujeres entre las que se encuentran Gina Lollobrígida, Sofia Loren o Brigitte Bardot.

Manuel Román
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Belmondo y Jacqueline Bisset | Cordon Press

El pasado mes de septiembre Jean-Paul Belmondo apareció en la sala de prensa del Palacio del Festival de Cine de Venecia sostenido por dos personas que lo llevaban, a cada lado, del brazo, pues no podía sostenerse en pie por sí mismo. Imagen patética, sin duda, de un galán que en otro tiempo conquistara en sus películas a las más hermosas mujeres de su tiempo, trasladando a su esfera privada un sinfín de amores y devaneos. Ahora se presentaba haciendo unas muecas para esbozar el rictus de una sonrisa, hablando muy despacio, entrecortadamente, notablemente debilitado en suma. ¡Ay, el pasado! Le preguntaron qué esperaba de la vida y respondió que ya había hecho todo lo que quiso y que ahora sólo confiaba en tomar el sol y contemplar el mar. El sueño plácido de quien tuvo una vida llena de constantes aventuras, dentro y fuera de la pantalla. El reposo del guerrero…

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Acaban de publicarse sus memorias en Francia con el título Mil vidas mejor que una. Ahí se condensa su forma de pensar, su manera de vivir. Hijo de un conocido escultor que lo llevaba junto a sus hermanos todos los domingos al Louvre, prefirió dedicarse al teatro y al cine en vez de culminar una carrera universitaria. Muchas de sus películas dieron la vuelta al mundo: "Al final de la escapada", trampolín de éxitos sucesivos, como El hombre de Río, Pierrot el loco, La sirena del Mississippi, Borsalino… Medio centenar de filmes en los que, por lo común, ejercía de despreocupado aventurero, envuelto en peleas, robos y trifulcas las más de las veces fuera de la ley, pero como muchos héroes decidido a deshacer entuertos e implantar su particular modo de ejercer la justicia. En ese tipo de cine rivalizó con el que hacía su buen amigo Alain Delon. Sólo que éste iba más en plan de divo, de guapo oficial de la Francia del celuloide, en tanto Jean-Paul Belmondo imponía su físico de boxeador casi sonado, desvergonzado, pícaro y canalla. Las mujeres, lo adoraban. Hizo fortuna su leyenda del "feo más atractivo del cine galo". Y entre sus brazos tuvo para sus más tórridas secuencias cinematográficas a estrellas como Gina Lollobrígida, Sofia Loren, Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Jean Seberg, Anna Karina, Françoise Dorleac, Sophie Marceau… A algunas de las citadas las convenció para prolongar aquellas escenas de amor fuera de los estudios, que al parecer fueron los casos de B.B y la Deneuve.

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La primera vez que se casó –imaginamos que tras ejercitarse en su soltería como un incorregible "donjuán"- fue en 1953, contando veinte años tan solo. Ella era una bailarina llamada Elodie Constantin, que le dio tres hijos. ¡Lo que padeció esta mujer esperándolo en vano muchas noches en su lecho marital! La mujer que le hizo abandonar a su esposa tenía una voluptuosidad irresistible, como muy bien demostró en aquella imagen de playa ante los ojos de Sean Connery, primerizo James Bond. Me refiero, claro está, a Úrsula Andress, que llegó a la vida de Belmondo tras romper con su marido, John Derek. Loco estaba Jean-Paul por ella, bien correspondido, y tan seguro de ello que una noche se empeñó en acudir a una velada de boxeo, dejándola compuesta y desolada. De regreso, clareando el alba y con algunas copas de más, Úrsula no quiso abrirle la puerta, lo que su imaginativo amante creyó vencer utilizando una escalera de mano para alcanzar el balcón de su dormitorio. Sin duda, calculó mal sus posibilidades, sobre todo el arisco pero comprensible estado de ánimo de su compañera quien, sin contemplaciones, le impidió acceder a la habitación, empujándolo violentamente. La caída al suelo del actor mejoró cualquiera de los "gags" similares que se han sucedido en la pantalla y lo tuvo maltrecho durante una temporada. Poco a poco aquel fuego fue apagándose y Belmondo buscó otras faldas donde cobijarse. Lo que no le fue nada difícil.

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Sería en 1972, rodando Doctor Popaul a las órdenes de Claude Chabrol , cuando su tensión arterial fue elevándose cada vez que tenía que apretar su cuerpo contra el de una italiana de exuberante busto, torneada cintura y espectacular trasero, que pronto sería entronizada por los cronistas como "el nuevo sex-symbol" del cine europeo: Laura Antonelli. Diecisiete años apasionados fueron los que vivieron en amor y compañía. Y como quiera que Jean-Paul volvió a las andadas, cambiando de nido por esa enfermiza costumbre masculina de los seductores, que tienen que ir de cama en cama cada cierto tiempo, la Antonelli se llevó un cabreo de padre y muy señor mío. Fue el prólogo de un desdichado proceder cuando dio en olvidar sus penas a base de perversas adicciones. Se convirtió en una irreconocible belleza obesa, que hubiera ganado un concurso de gordas de más de ciento veinte kilos, para terminar trágicamente muerta hace de esto año y pico. ¿Tuvo la culpa de sus males Belmondo? No de sus vicios prohibidos, pero sí de la decepción que le produjo cuando él la dejó por otra.

Luego vino una brasileña de armas tomar, Carlos Sotto Mayor. Que a pesar de su nombre no era un "travestí", sino una belleza que quitaba el hipo. Tanto es así que en una recepción a la que asistía con Belmondo, cuando éste fue a cumplimentar al entonces alcalde de París, el luego primer Ministro Jacques Chirac, con toda la cara dura del mundo "le tiró los tejos" a la tal Carlos. Y Jean-Paul, viendo las intenciones del político cuyo bagaje de mujeriego era vox pópuli, y para evitar un escándalo, tomó del brazo a su "garotta" y salió de aquel lugar a toda marcha. ¡Bueno era Belmondo para que le birlaran en sus propias narices a una mujer!

Los hombres como Jean-Paul Belmondo no soportan la soledad. Mejor: echan de menos una mujer, cuando ya no la tienen. Pero en seguida se proporcionan otra, como se dice en ese antiguo refrán de la mancha de una mora. Así es que encontró a una bailarina llamada Natty, que contaba veinticuatro años cuando él le doblaba exactamente la edad. Padre e hija parecían. Pero se amaron mucho. En un periodo difícil para el actor, quien en 1994 perdió a su hija Patricia (fruto de su primer matrimonio), víctima de un incendio. Y aunque no fuera un buen padre y apenas tuviera relaciones con sus descendientes, hay que decir que le afectó aquella tragedia. Y Natty estuvo a su lado, consolándolo. Y él, quiso recompensarla de alguna manera y qué mejor modo que convirtiéndola en su segunda esposa. Era el año 2002, se había retirado ya definitivamente del cine y tuvo una gran alegría al ser padre de una niña, a la que llamaron Stella. Una especie de regalo del destino al haber perdido a Patricia.

Llegó 2003 y Jean-Paul sufrió un violento episodio cardio-vascular. Acabó en silla de ruedas tras un derrama cerebral. Natty aumentó sus cuidados, haciéndose imprescindible en la vida ya quebrantada del actor. Divertido, simpático, "bon vivant" como dicen sus compatriotas, y todo lo que quieran. Pero un redomado egoísta que, en cuanto fue recuperándose de sus alifafes volvió a correrse sus habituales juergas, en una de las cuáles se prendó de una belga llamada Bárbara Gandolfi, que se presentaba como ex chica "Play-boy", una de las conejitas que míster Helffner patrocinaba en sus publicaciones mundiales. Y Belmondo se olvidó de Natty, su segunda mujer, la que lo había querido y cuidado en su enfermedad, para, tras firmar el divorcio en 2008, dejarla e irse a vivir con la un poco más que golfa Gandolfi. Que resultó luego estar metida en sucios negocios. Al actor lo amenazaron con raptar a su hija Stella si no dejaba de estar con aquella Bárbara, con la que se iba de excursiones marítimas a bordo del lujoso yate del que disponía él. Aquel romance llegó a su fin, cuando el indomable galán se convertía en octogenario, con los achaques propios de su edad y las huellas que dejaron en su cuerpo sus complicaciones cardio-cerebrales.

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Y a partir de entonces, Jean-Paul Belmondo ya fue una caricatura de su pasado y sin caer tampoco en una vida monacal y austera, colgaría sus hábitos amatorios. A sus ochenta y tres años en las últimas semanas está siendo objeto de la atención de los franceses, los que leen con fruición sus recuerdos plasmados en ese libro ya mencionado, Mil vidas mejor que una. Es lo que traducido a la jerga popular española vendría a ser esto: ¡Que me quiten lo "bailao"!

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