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Pavarotti: su mujer lo echó de casa cuando se enteró de que la engañaba con su secretaria

La esposa de Pavarotti, Adua Veroni, acabó enterándose de su romance con su secretaria. Pavarotti murió hace ahora diez años. 

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Pavarotti: su mujer lo echó de casa cuando se enteró de que la engañaba con su secretaria
Pavarotti y Nicoletta Mantovani | Cordon Press

Diez años se cumplen este miércoles, 6 de septiembre, del fallecimiento de uno de los más grandes tenores de todos los tiempos, Luciano Pavarotti, quien falleció casi a punto de cumplir setenta y dos años víctima de un cáncer de páncreas complicado con una neumonía.

Era Pavarotti un tipo de elevada estatura, orondo, de apariencia feliz, dueño de una maravillosa voz de tenor lírico. Natural de Módena, se familiarizó con la ópera gracias a su padre que, aun panadero de profesión, poseía una gran afición musical. La primera vez que el futuro divo del bel canto actuó en público lo hizo precisamente al lado de su progenitor en el coro de su ciudad natal. No obstante los augurios que lo presentaban como un futuro gran artista, de acuerdo con el consejo de sus mayores, prefirió estudiar una corta carrera, la de maestro de escuela, que llegó a ejercer durante un par de años. No sin abandonar un antiguo sueño juvenil de ser algún día portero de fútbol profesional, lo que nunca sucedió. Sí que mantuvo siempre una gran afición: era "hincha" de la Juve, el equipo de sus amores y seguía con atención las ligas europeas.

Con los años, la fama de Luciano Pavarotti traspasaría los escenarios europeos para triunfar prácticamente en todo el mundo, allí donde tuvieran un teatro apropiado para el género que practicaba. Célebres fueron sus conciertos junto a Plácido Domingo y José Carreras, en un espectáculo titulado "Los 3 Tenores", que representaron en varias ciudades, con cifras espectaculares de audiencia, que también se difundiría en grabaciones disco y videográficas. Con Plácido tuvo "sus más y sus menos", en declaraciones donde el ego del italiano quedaba sobradamente conocido, aunque preguntado por las razones de su encono con el madrileño él resolvía respondiendo que sólo era debido a una cuestión de rivalidad, propia de primeras figuras del arte lírico.

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Tras la apariencia de un ser duro, curtido en el sacrificio de su profesión, se escondía probablemente su disimulada ternura. Y un carácter firme, que podía soportar todo tipo de contratiempos. Porque ya desde niño vivió los estertores de la II Guerra Mundial, cayó enfermo y tuvieron que suministrarle la extremaunción en varias cinco ocasiones. Todavía en 1975 pasó por otro inesperado e inolvidable trance al salir ileso de un accidente aéreo.

Su vida sentimental parecía tranquila al lado de Adua Veroni, con quien contrajo matrimonio en 1961. Treinta y nueve años de aparente felicidad en un hogar al que fueron llegando tres hijas: Giuliana, Cristina y Lorenza. Pero terminó cayendo en las redes amatorias de la atractiva secretaría que tenía, Nicoletta Mantovani, treinta años más joven que él. Enterada su esposa de que le ponía los cuernos se fue directamente hasta su rival, a la que sorprendió en el camerino que ocupaba su marido en el Albert Hall, de Londres. Se entrecruzaron palabras aquí irreproducibles, pero fáciles de imaginar, tratándose sobre todo de dos vehementes italianas. El asunto se zanjó cuando Nicoletta dijo esto a su oponente: "Señora Veroni, es cierto lo que usted sospecha: Luciano y yo nos amamos". Unas fotografías de la adúltera pareja en las islas Barbados en actitud que no admitía dudas determinaron que Adua Veroni pusiera a su esposo de patitas en la calle. Y pidió la separación y el consiguiente divorcio.

Pavarotti y su secretaria se casaron civilmente en 2003. Tendrían dos hijos, los gemelos Alice y Riccardo; este último falleció a poco de nacer. Como todo divo que se precie, tenía sus costumbres y manías. Nunca viajaba con menos de cuarenta maletas. Los hoteles que ocupaba debían atenerse a algunas condiciones imprescindibles para que se alojara en ellos. Su habitación tendría que estar recubierta en sus ventanas por papel metálico, con el fin de que no se filtrara el menor rayo de luz. Las sábanas, de color negro. El somier, con una tabla de madera encima, para que soportara sus muchos kilos de peso. En la "suite" dispondría de un frigorífico de grandes dimensiones, conteniendo buena parte de los alimentos que viajaban con él. Pues él mismo llegaba a cocinar sus platos favoritos, sobre todo pasta, cuando se encontraba de gira. Curioso resultaba la presencia en el salón de una mesa de juego para practicar una de sus habilidades cotidianas: el juego de la brisca.

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Quienes conocieron a Luciano Pavarotti lo consideraron un hombre generoso y solidario, que aportaba importantes cantidades de dinero a la Cruz Roja, a ONGs que velaran por los refugiados y a otras fundaciones benéficas. Ello no me impide evocar una anécdota de primera mano donde no se comportó con la debida sensibilidad; o al menos, esa es mi modesta opinión. Sucedió al concluir una concurrida rueda de prensa en uno de los salones del madrileño hotel Villa Magna. De pronto, en un rincón donde me encontraba, apenas sin poder moverme, descubrí que el famoso tenor se hallaba justo a mi lado. En un momento apareció un señor, probablemente octogenario, portando un álbum de autógrafos, que extendió para que Pavarotti le dedicara el suyo. A lo que se negó éste, por mucho que insistiera el anciano: "Lo siento, si le firmo a usted tendría que estar toda la tarde complaciendo a muchos más". El peticionario se marchó compungido, miré al cantante y él se marchó ya fuera de la sala. ¿Le hubiera costado mucho atender el ruego de aquel señor? ¿De verdad creyó que la mayoría de los que allí nos encontrábamos, periodistas, íbamos a molestarlo solicitándole su firma?

Pero Pavarotti, a pesar de esa y tal vez otras minucias, era muy grande. Tal vez el mejor en mucho tiempo como tenor en la historia de la ópera.

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