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Jacobo, el hijo olvidado de la duquesa de Alba

Jacobo ha sido el único hijo que no ha querido aportar ni un euro para el monumento de su madre.

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Jacobo Fitz James Stuart e Inka Martí | Gtres

Físicamente es el que menos parecido tiene con sus hermanos; probablemente tampoco en ese sentido tienen mucho en común otros dos, Fernando y Cayetano. Y si a eso le añadimos que Jacobo Fitz-James Stuart, conde de Siruela, nacido en Madrid el 15 de julio de 1954, como tercero de los hijos de la duquesa de Alba, posee un carácter y unas aficiones nada compartidas con los suyos, tendremos a vuela pluma el retrato de un aristócrata al que se le adjudicó el membrete de "la oveja negra" de la familia, adjetivación no muy afortunada si la tomamos al pie de la letra, por su sentido peyorativo. Cuando en realidad hay que considerarlo sólo diferente a sus hermanos por su dedicación intelectual, en tanto los demás han dirigido los pasos profesionales a la administración de los bienes de la Casa, a las Bellas Artes, el deporte, las finanzas… Jacobo, sin que desdeñe algunas de esas actividades ha centrado su vida en la pintura como ocio y en la edición de libros como oficio. Pero no es un editor al uso comercial en busca de autores best-sellers, sino que ha mostrado su interés por la literatura fantástica en primer lugar. Desde luego prima en su trabajo una sensibilidad especial para seleccionar tanto temas como técnicas en la utilización de papel determinado, tipos de imprenta, cuidado exquisito en las ilustraciones y la encuadernación. Libros para bibliófilos más que, en su mayoría, dirigidos al gran público.

Desde muy niño había destacado por su afición pictórica al punto que con diez años ya había expuesto con éxito sus obras. Se le auguraba un brillante futuro con los pinceles: utilizaba la misma habitación en la que su madre, la Duquesa, también se explayaba ante sus lienzos. No se ha comentado apenas que era ahijado del general Franco, amigo de juegos del nieto primogénito de éste, Francis. Comenzó de adolescente a dejarse crecer el pelo, por mimetismo con aquellos hippies que frecuentaban Ibiza, como él mismo. Más adelante viajó a Tánger, donde conoció a algunos escritores de fama internacional, exiliados. Y en Sevilla se apuntó a un curso donde dictaba clases Jorge Luis Borges, con quien le unió cierta amistad fuera de las aulas.

Transcurría 1980 cuando contrajo matrimonio con la hija de un abogado cántabro, María Eugenia Fernández de Castro. La boda tuvo lugar en la capilla del palacio de Liria, en el centro de Madrid, barrio de Argüelles. Tendrían dos hijos, Jacobo y Brianda. En aquellos tiempos de la movida, la pareja se dejaba ver en algunos saraos discotequeros aunque con el paso de los años Jacobo terminaría huyendo de todo tipo de acontecimiento social para recluirse en su despacho, atendiendo su negocio editorial. María Eugenia siempre fue más "marchosa"; mujer encantadora a quien cuantos periodistas hemos tenido el gusto de tratar nos ha parecido siempre un ser angelical, lleno de vida, sencillez, buen humor y camaradería. Lo comprobé cuando me sentaba a su derecha durante el año y medio que compartimos estudio en la defenestrada Radio España. Nunca supimos qué razones mediaron en la separación de los condes de Siruela; ya roto el matrimonio María Eugenia pasaba mucho tiempo junto a su ya exsuegra, que la adoraba así como a sus dos nietos. Entretanto Cayetana se distanciaba de Jacobo, quien llevaba su vida cada vez más alejado de la Casa de Alba, hasta que acabó radicándose en el Ampurdán gerundense.

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Jacobo e Inka | Cordon Press

Conoció, tras divorciarse de María Eugenia en 1998, a una elegante, guapísima Inka Martí dos años después. Ella, diez años menor que el conde. Simpatizaron enseguida. Aparentemente, Inka podría parecer una joven frívola, que se ganaba muy bien la vida como modelo y presentadora de televisión, con mucho éxito por cierto. Pero, muy trabajadora, también ejercía de periodista, escritora, fotógrafo, lectora voraz, con una cultura superior a las féminas de su entorno. Había nacido en Westfalia, Alemania. Antes de conocer a Jacobo mantuvo una íntima relación con Gay Mercader, personaje destacado en el bussiness musical, acreditado productor discográfico y empresario de grandes conciertos en España de los Rolling Stones y otros grandes del pop.

La convivencia de Jacobo e Inka transcurría felizmente hasta que decidieron legalizar su situación. La boda, de carácter íntimo, tuvo lugar en Venecia, en 2004. Desde entonces han seguido juntos, ella retirándose poco a poco de sus actividades como actriz y presentadora para colaborar activamente en la editorial compartida con su esposo, llamada Atalanta, en alusión al Mediterráneo que baña los lugares que más frecuentan. Tienen una masía, Mas Pou, sita en la localidad gerundense de Vilaur. Cada vez practican menos vida social y se jactan que encerrados en aquel idílico lugar, con sus ordenadores en acción, necesitan muy poco más para comunicarse con el mundo y sentirse contentos con la vida campestre que han elegido. Sus libros continúan siendo muy apreciados, como tiempo atrás lo fueron también los de su primer negocio, que llevaba por denominación el del título del Conde, Siruela, título que él mismo eligió cuando su madre le ofreció una lista del vasto patrimonio de los Alba. El motivo se debe a la admiración que siempre tuvo hacia quien ostentó el tercero en la dinastía de los Siruela, Fernando Álvarez de Toledo quien, a pesar de su leyenda negra estuvo al mando del ejército imperial de Carlos V.

Viviendo en el Ampurdán, lejos por tanto de Madrid, Jacobo fue distanciándose poco a poco de su madre. Si aceptó en su día, probablemente con escaso entusiasmo, que la duquesa se casara con el exsacerdote Jesús Aguirre, más adelante poco más o menos al saber que ella pretendía casarse con el palentino Alfonso Díez. Cayetana de Alba nunca aceptó a Inka Martí como nuera, aunque se reunieran en varias ocasiones y acabó llamándola "mentirosa, mala y envidiosa". Inka, que nunca se ha prodigado en declaraciones, dio a entender que se llevaba fatal con su suegra. Sellaron luego las paces, pero hasta la muerte de la duquesa mantuvieron sus distancias. Inka no estaba de acuerdo con el reparto que Cayetana hizo antes de morir, testamento en el que parecían mejor beneficiados el resto de los hijos, en tanto a Jacobo le correspondieron unas fincas rústicas, que él no ha tenido más remedio que aceptar, buscándose quien pudiera administrarlas eficazmente. Aducía, al parecer, su madre que ya muchos años antes lo había ayudado económicamente para montar su primera editorial.

Y llegado a este 2017, cuando se suscitó la idea de que el monumento fúnebre en honor de la duquesa de Alba en la sevillana iglesia del Cristo de los Gitanos, donde reposan sus restos, fuera costeado por suscripción pública, el único de los hermanos que no ha aportado ni un euro ha sido Jacobo. Hasta algunos calés apoquinaron su óbolo. Por muchas palabras que cruzaran en los últimos meses de vida de la duquesa, quedaban esos rescoldos de la distancia que le separaba respecto a Jacobo, su hijo más rebelde.

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