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La otra realidad (menos fabulosa) de Julio Iglesias

En vísperas de cumplir 75 años, Julio Iglesias celebra su medio siglo como cantante. 

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Julio Iglesias | Cordon Press

Fue el 17 de julio de 1968 cuando un desconocido Julio Iglesias se alzaba vencedor en el Festival de Benidorm con su canción "La vida sigue igual". Ha transcurrido, por lo tanto, medio siglo de carrera musical del más aclamado intérprete de habla hispana, vendedor de trescientos cincuenta millones de discos, aureolado por incontables premios, dueño de una inmensa fortuna, cifrada según la revista Forbes en ochocientos cincuenta millones de euros. Puede que sean más. Y padre de ocho hijos. Un seductor nato que parece haya tocado la gloria. Y, sin embargo, detrás del ídolo admirado por millones de mujeres, se encuentra la otra realidad de un hombre castigado por aquel accidente de coche sufrido en la madrugada del 22 de septiembre de 1963. Salvó su vida, sí. Pero desde entonces ha sufrido muchísimo con sus permanentes dolores de espalda. Ni siquiera la última operación de hace un año los ha eliminado del todo. En cuanto a su personalidad, tan cambiante, el gran público que lo aplaude desconoce sus arranques de ira, sus despóticas decisiones con sus más cercanos, sus obsesiones por triunfar, triunfar, triunfar… Ahora, no tanto, pero desde que su popularidad iba creciendo le parecía normal tener todas las noches una –o varias- mujeres en su lecho. Bien las que se acercaban a él, encandiladas. En su defecto, "señoritas de compañía" contratadas en agencias de modelos que se dedican a esos menesteres. Julio es un impenitente mujeriego insatisfecho siempre. Cara a su millonaria audiencia siempre se ha mostrado sonriente, feliz, con prestancia, elegante, pleno de simpatía. Un dandy, se decía antiguamente. Pero también, como cantaba, es un señor… y a veces, un truhán. Lo repetía él, que conste. De puertas adentro está otro ser al que le gusta soltar "tacos" si hay confianza de por medio. Dicharachero, no le importa caer muchas veces en lo ordinario y soez, consciente de que le reirán después las gracias. Son algunos de los muchos detalles desconocidos de ese Julio Iglesias siempre exultante cuando está en un escenario o entrevistado ante unas cámaras de televisión.

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Por todo eso y lo mucho que se ignora sobre él puede resultar interesante ese libro de memorias que hace meses anunció publicaría pronto. Naturalmente no escrito por él quien, pese a su condición de universitario (le quedó una asignatura para acabar la carrera de Derecho), sino con la colaboración necesaria de un "negro", periodista o escritor, cuya identidad se desconoce. ¿Dirá la verdad o presumiblemente "su" verdad en ese libro? Porque ya se editó uno, Entre el cielo y el infierno en 1981 gracias a la pluma de mi admirado colega Tico Medina. Que, por supuesto, bien tuvo presente que cuanto le contara el divo iba a servir para una hagiografía. Olvidando la parte oscura de su vida. Con un error sin importancia, pero llamativo: allí aparecía como nacido en 1944, cuando es notorio que vino al mundo en Madrid un año antes, el 23 de septiembre. Cumplirá de aquí a dos meses, por lo tanto, setenta y cinco "tacos" de almanaque.

En realidad, quien más intimidades sobre Julio Iglesias ha contado, como era previsible, es Alfredo Fraile, su "mánager", considerado su amigo más cercano. Fraile se hartó de aguantarlo, de sufrir humillaciones como una que presenciamos en tierras gallegas, cuando Alfredo, siempre educado, en voz queda, ya de madrugada, le preguntó qué órdenes debía dar al piloto del avión privado que esperaba en las pistas del aeropuerto de Labacoya. Julio, muy animado (y no por efectos del alcohol, que nunca bebe), de conversación con un grupo, gritó a Fraile, diciéndole que lo dejara en paz, poco menos que mandándole a freir espárragos. Y su representante, discreto, dio media vuelta y fuese a descansar, ya de madrugada. Cuando dejó de representarlo, se tomó un tiempo y hasta le comunicó, cortésmente, que iba a escribir un libro de memorias, en las que ocuparía muchas páginas el cantante: Secretos confesables. Se quedó corto Alfredo Fraile, siempre todo un caballero, generoso en su comportamiento. Damos fe de lo bien que trató a los periodistas. Desde luego, mejor a un par de ellos, que a otros. Esos dos que, curiosamente, son los que más pestes han publicado sobre Julio Iglesias, a pesar de que en diferentes temporadas fueron invitados a la mansión en Indian Creek, de Miami, a pensión completa y alojamiento. Se ponían morados. Corrían los buenos vinos de una carísima marca de la Ribera del Duero y champán. En ocasiones, marisco traído expresamente en avión desde Galicia. A Julio le gustan los percebes y otras "menudencias" más que a un tonto una tiza.

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Alfredo Fraile | Archivo

Pues, bien: puede que ahora Alfredo Fraile cuente más cosas interesantes que en su libro, aunque ya ha dicho que se basan en él los capítulos de una serie que producirá la cadena Disney Media Distribution Latin América. ¿Qué se sabe de los fabulosos negocios que Julio Iglesias ha tenido y los que ahora mantiene? ¿Se sirvió de la amistad de algunos gobernantes? ¿Es cierto que ha obligado muchas veces a varios autores que le suministraban canciones, como el italiano Tony Renis, a firmar como suyas bastantes de ellas, en calidad de coautor, para embolsarse parte de los derechos? ¿Cuál ha sido realmente la relación que tuvo con su madre y con su hermano Carlos, aunque ya Alfredo refería algunas anécdotas? ¿Y con sus hijos? A los tres de Isabel Iglesias apenas los educó e hizo caso. ¿Por qué se dice que maltrató a varios de sus colaboradores, como Toncho Nava, antaño baloncestista del Real Madrid, su secretaria, ya fallecida, Adriana Ainzúa, y la niñera de sus hijos mayores, Elvira Olivares? Y quedan muchas historias con mujeres, algunas importantes, casadas, conocidas, pero que no figuran en el libro antedicho de Fraile. Un mayordomo que tuvo el cantante relató en un libro de escasa distribución algunas de las arbitrariedades y caprichos del divo. Y mucho también sabe de Julio Iglesias aquel periodista colombiano que conocí cuando le llevaba el servicio de prensa, que acabó siendo despedido, pero bien remunerado por su trabajo, para que callara la boca si venía a cuento.

En el fondo, uno piensa, aunque en ello no sea muy original, que Julio Iglesias, el ídolo que reunió en 1983 a cien mil personas en su recital en el estadio Santiago Bernabéu, es un hombre solitario, por muchas gentes que se le acerquen, por muchos a los que ordene y mande lo que sea. La soledad de un mito permanente insatisfecho, que a veces prefiere estar lejos de los suyos en Miami, y recogerse en la mansión de Punta Cana, en la República Dominicana, que meses atrás quería vender, para irse a vivir a Panamá, mejor horizonte para sus negocios y sobre todo para sus declaraciones al Fisco.

Va a hacer ocho años que se casó en su finca malagueña de Ojén, la que le vendió Curro Romero, con Miranda Rijnsburger, aunque conviviera la pareja desde hacía bastante tiempo. Cinco hijos tienen. Parece que los dos primeros, Miguel y Rodrigo, ya les están creando algunos problemas, con sus deseos de ser cantantes, actores o modelos. El caso es aprovecharse del apellido, como sus dos gemelas, Victoria y Cristina, que cuentan diecisiete años y ya quieren ser estrellas de las pasarelas. El pequeño Guillermo aún no se ha pronunciado sobre su futuro. De todas formas Julio delega siempre en su mujer. Lo hizo siempre también con Isabel Preysler. Le queda a Julio Iglesias un problema del que no quiere hablar. Por mucho que comente a sus íntimos que no le preocupa lo más mínimo, tarde o temprano tendrá que afrontar la demanda de la portuguesa María Edite Santos, quien asegura que el cantante es el padre de su hijo Javier, asegurando haberse conocido en San Feliú de Guíxols en el verano de 1975 y manteniendo relaciones sexuales, ella con veintidós años, él con diez más, cuando aún era marido de Isabel Preysler. Hay alguna prueba que pudiera delatar al divo.

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Con Miranda y Sarkozy en 2008 | Cordon Press

"Yo no era ni cantante ni artista", ha repetido varias veces Julio Iglesias. Y es verdad. Aquel accidente que tuvo, tantísimas veces divulgado, determinó casualmente su afición musical cuando el enfermero que lo cuidaba, un practicante llamado Eladio Magdaleno, le regaló una guitarra. Animado por su padre, marchó unos meses a Londres, practicó el inglés e incluso se atrevió a cantar en varios "pubs" con su limitado repertorio de canciones del Dúo Dinámico. Tom Jones, Los Beatles… Fue a Cambridge, donde se enamoraría de una guapa Gwendolyne, a la que más tarde le dedicaría una melodía con la que acudió a Eurovisión. Había conseguido ser contratado en la discográfica Columbia, cuyo director, Enrique Martín Garea, le propuso defender su propia composición, "La vida sigue igual". Julio se resistía pues únicamente pretendía participar como autor. Presentaron la canción, pero ya fuera de plazo. Medió entonces el Ministro Secretario General del Movimiento, José Solís Ruiz, a instancias y ruegos del doctor Iglesias, padre del futuro ídolo, que era el ginecólogo de la familia del político egabrense. ¿Aquello influyó en el triunfo del debutante, del que nadie nada sabía? Lo cierto es que aquella noche, la del ya citado al principio 17 de julio de 1968, en la plaza de toros de Benidorm, el novato Julio Iglesias, asustado, sin saber accionar las manos, que metía constantemente en sus bolsillos sin saber qué hacer con ellas, ganó el popular festival de música de la ciudad alicantina.

Y desde entonces, seguimos repitiendo el tópico, la vida ya no fue igual para Julio Iglesias. Quien había anunciado hace más de un año que en junio de 2018 celebraría sus cincuenta años musicales con un gran concierto en el estadio Bernabéu. No ha sido así. Tampoco habrá gira por toda España, como aseguró. Su nueva gira va a iniciarla el próximo 10 de septiembre en Taskent, Uzbekistán. En octubre irá a Dubai, Emiratos Árabes. Y después a Tel-Aviv, Moscú… ¿Cuál es la causa de haber cambiado de planes? ¿Es consecuencia de su estado de salud, tras haber permanecido unos meses de absoluto descanso? Lleva sin conceder entrevistas por lo menos un año. En las últimas, insistía en que a él sólo le retirará la gente, su público. Tesón es la virtud que más le adorna. Hasta viaja en avión cuando tiene auténtico pánico a volar. Es consciente de su edad, pero sentencia con aire filosófico: "Soy un gran amigo del tiempo".

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