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Verónica Luján, la "hippy" que se anticipó al destape y pasó por un manicomio

Verónica Luján pasó un mes en la cárcel de Carabanchel y otro en un manicomio.

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Verónica Luján, la "hippy" que se anticipó al destape y pasó por un manicomio
Luján en portada | Interviú

Hay que reconocerle a Verónica Luján una audacia no muy corriente en su generación para saltarse a la torera las convenciones sociales del momento y comparecer en fiestas y reuniones ligerita de ropa, con modelos nada tradicionales y dando de qué hablar cuando se exhibía, mediados los 60, en las portadas de algunas revistas, entre ellas Interviú donde, cómo no, era una de las más asiduas actrices españolas en mostrarnos lo que entonces dejaba la censura. Que no era mucho, pero sí lo suficiente para que la publicación fuera ganando lectores, y ellas publicidad y algún dinerito, pues pagaba generosamente por la exhibición de unos muslos o unos pechos más o menos visibles todavía.

La lucecita de El Pardo aún seguía iluminando el país. María José Verónica Sánchez Luján, nacida en San José de la Montaña (Barcelona) en 1942, y trasladada con sus padres a Madrid a los quince días, edad que siempre procuró hurtarla a los periodistas en sus múltiples entrevistas, entre mediados los 60 y los 70, que es cuando su nombre empezó a publicitarse. Luego fue una pionera, anticipándose a lo que, tras la Transición se llamó "la era del destape". Ella ya aparecía en 1968 en el número 134 de Interviú con un titular bajo su fotografía, que rezaba: "Lujo y lujuria". Y poco después, a continuación de su nombre: "El sexo salvaje". El mismo año que en la portada de otro número, mostrando sus pechos, le colocaban un titular, supuesta frase suya: "Faltan huevos". Los periódicos no decían nada por entonces acerca de la producción de las gallinas o de la distribución nacional de lo que ponían. Y Lib se dirigía a las golosas miradas de sus lectores con esta otra llamada: "Verónica Luján se quita el salto de cama". Había que adquirir la revista, claro, y contemplar lo que publicaban en su interior, y en el de Verónica en concreto. Ya en años más avanzados tuvo menos problemas para seguir anunciando sus llamativas formas, de posar y de hablar. Así, por ejemplo, en otra gloriosa portada fechada en 1978, exclamaba: "Se me abren las carnes". Garbo ponía en boca de la susodicha: "El destape me tapa las puertas". Y es que, según ella, había productores de cine y empresarios teatrales que no la solicitaban. En Papillón, medio desnuda en su primera página, lamentaba su época ociosa: "Busco trabajo".

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Cartel de Algo amargo en la boca | Archivo

Y por eso se fotografiaba de esa guisa. Verónica Luján, muy condicionada por su físico, que ella exhibía sin ningún pudor, no era una actriz iletrada. Tenía mejor formación que muchas otras que la superaron en popularidad. Y algunos de sus trabajos, sobre todo en series de televisión y espacios dramáticos, pudo demostrar su valía. Recuerdo Historias de la frivolidad, o La vida de Ramón y Cajal. Intervino también en El jardín de Venus, Los gozos y las sombras, y en películas asimismo de diversa factura, como Algo amargo en la boca, No desearás al vecino del quinto, No matarás, y otras ya casi infumables, como Las amantes del diablo, El paranoico, El triangulito, Delirios de amor, El último tango en Madrid... En el teatro, otro tanto, aunque no enseñaba lo mismo que en la pantalla: La abuela echa humo, Superboing... Ya con los sesenta años cumplidos apareció en el largo reparto de Santiago Segura de Torrente 2: misión en Marbella. Papelitos en el nuevo siglo para ir llenando el frigorífico.

Verónica Luján, en la época "hippy" en los Estados Unidos, quiso emular aquí a los jóvenes de su tiempo, y aunque salvo en Ibiza en nuestros lares no veía bien la policía franquista que chicos y chicas fueran en pelota viva, llenos de flores, y pasaran su tiempo en alguna comuna cantando aquello de "haz el amor y no la guerra", ella trató al menos de asistir a fiestas o posar para las revistas con atuendos estrafalarios. Al tiempo que se buscó pareja, el director de cine Ramón Barco y convinieron en montar una boda falsa en aguas donostiarras. Algunos reporteros "picaron", hasta descubrirse el fraude, la broma o el cuento chino que les vendió Verónica, pues ella, que sepamos, nunca pasó por la vicaría ni por un juzgado para casarse, aunque sí por otro, en la Dirección General de Seguridad, Puerta del Sol, cuando fue detenida complicada en cierto escándalo, que la llevó un mes entero "de vacaciones" en la madrileña cárcel de Carabanchel. Tenía veintiseis años. Salió declarando que no era drogadicta. Su compañero de farra, Gonzalo Torrente Malvido, hijo del autor de Los gozos y las sombras, sí que era aficionado a ciertos opiáceos. En una carta autógrafa que encontramos en You Tube, Verónica Luján contaba su amarga experiencia tras los barrotes, con el agravante de otro mes que estuvo en un manicomio.

Tuvo un piso Verónica en el populoso barrio madrileño de la Concepción decorado por ella misma de manera anticonvencional: había colchonetas por el suelo. Y cojines, varios cojines, sí, señor, pero ninguna silla. O sea, que ibas a entrevistar a la actriz y o te tumbabas o tenías que permanecer una hora por lo menos apoyado en la pared, si no querías terminar en el suelo, que es donde ella retozaba, muy feliz. Siempre había amigos a su alrededor, en tardes y sobre todo noches interminables. Amores tuvo unos cuantos. Y una hija. Pero nunca estuvo sola. Era muy divertida y solidaria. Como el humor ha estado muchas veces presente en su vida, en aquella casa tenía un televisor tapado con un manto negro, como si cumpliera luto por alguna trapisonda vivida en los estudios de Prado del Rey. Luego, la vida quizás la maltrató, cuando se olvidaron de ella en los repartos. Pero todavía se la puede contemplar muy sonriente en imágenes en las redes sociales, con algo más de peso, pelo corto, rubito. Los desnudos de su pasado ya son historia. La de una mujer libre que se anticipó a algunas cosas, la moda, la vida alegre, la ruptura con una moral hipócrita... En fin, no voy a terminar dándoles la barrila. Pero que conste que Verónica Luján fue buena actriz. Supo fingir en aquellos años grises, llenos de grises, con una sonrisa absolutamente sensual, insinuante, llena de vida.

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