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Indifelidades, enfermedades, exilio... la desdichada vida de la reina Victoria Eugenia

Este 15 de abril se cumplen 50 años del fallecimiento de la esposa de Alfonso XIII.

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Indifelidades, enfermedades, exilio... la desdichada vida de la reina Victoria Eugenia
Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia | Gtres

Pasaban las once de la noche del 15 de abril de 1969 cuando expiraba en Lausana, Suiza, quien fuera reina de España, Victoria Eugenia de Battenberg. Justo un año antes había vuelto a Madrid para asistir al bautizo de su bisnieto, el hoy rey Felipe VI, en calidad de madrina. Hacía treinta y ocho años que faltaba de España, desde aquel también 15 de abril de 1931, un día después de que se proclamara la II República. Ni qué decir la emoción que embargaba a la soberana al pisar nuevamente suelo español, proveniente de Mónaco, donde había pasado unos días invitada por quien fuera una de sus mejores amigas, la princesa Grace.

Varios miles de ciudadanos se desplazaron aquella tarde de primavera lluviosa, hace medio siglo, para dar la bienvenida a la regia viajera. Franco había dispuesto que ese acto en el aeropuerto fuera lo más discreto posible, con la menor repercusión en los medios informativos. Lo que no se esperaba fue la numerosa recepción de espontáneos monárquicos que deseaban mostrar sus respetos a doña Victoria Eugenia, como luego, unos días más tardes pudieron hacerlo en el besamanos celebrado en la residencia de la duquesa de Alba, en el Palacio de Liria, sito en la madrileña calle de la Princesa, acto al que acudieron varios cientos de personas. La reina hubo de permanecer varias horas en pie recibiendo ese homenaje. De aquel histórico viaje se llevó prendada en la memoria y en su corazón los emotivos momentos del bautizo de su nieto don Felipe, en el Palacio de la Zarzuela, donde tras abrazar nuevamente a su hijo don Juan y a toda la Familia Real y descendientes, tuvo oportunidad de saludar a Francisco Franco y a su esposa, doña Carmen, invitados a la ceremonia. Parece ser que en el encuentro a solas con el general le instó a que eligiera a uno de sus tres herederos a la Corona. Ya es historia que el Caudillo se inclinó por don Juan Carlos, proclamado su sucesor ante las Cortes el 22 de julio de aquel año, o sea apenas tres meses más tarde de aquel bautizo.

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Retrato de la reina, por Joaquín Sorolla

Ochenta y un años tenía doña Victoria Eugenia a la hora de su muerte. Nieta de la reina Victoria de los ingleses, había nacido en el seno de la Familia Real británica el 10 de mayo de 1907. De cómo conoció a su futuro esposo, el rey de España Alfonso XIII, se cuenta que en su primer viaje oficial al Reino Unido, el monarca español de quien se enamoró al principio fue de otra nieta de la legendaria reina Victoria, Patricia de Connaught, que le dio calabazas: no le gustaba la mandíbula que tenía don Alfonso. Y éste buscó otra posible novia, que sería la que en la intimidad llamaban Ena, bella mujer, quien quedó deslumbrada, al contrario que su prima, con la prestancia del soberano español. Al fin y al cabo iba a salir ganando, porque los Battenberg eran en la corte británica los últimos de la lista, como señalaba el desaparecido historiador monárquico Juan Balansó. El único inconveniente es que Victoria Eugenia podía transmitir la hemofilia a sus herederos. De ello estaba enterado Alfonso XIII. Pero, cegado por su amor, hizo caso omiso de cuantos le aconsejaron que aquel enlace podría traerle funestas consecuencias, cuando tuvieran hijos. Como así sería.

La boda de don Alfonso XIII con doña Victoria Eugenia tuvo lugar el 31 de mayo de 1906 en la iglesia madrileña de los Jerónimos. A su regreso al Palacio Real, o de Oriente, ante una multitud que ocupaba las calles, el anarquista Mateo Morral lanzó al paso de la carroza regia un ramo de flores que contenía una bomba, desde uno de los balcones que ocupaba en el piso cuarto de la pensión en la que se hallaba, número 88 de la calle Mayor, edificio en el que en la actualidad continúa abierto un castizo restaurante, Casa Ciriaco. La pareja nupcial salió ilesa, pero en el sangriento atentado resultaron muertas veintitrés personas y hubo un montón de heridos. Alfonso XIII mostró ante su esposa un valor sin fisuras. No se comprende cómo las autoridades no previeron aquel atentado, cuando el tal Mateo Morral había dado indicios días atrás de que iba a cometer su bárbara acción. Tampoco se explica que en Palacio hubiera una gran fiesta, como algunas otras celebraciones en la capital. El suceso marcaría para siempre el recuerdo que Victoria Eugenia tuvo de su boda.

El matrimonio tuvo seis hijos. Dos de ellos murieron por culpa de la hemofilia transmitida por la reina. Ello consternó al rey, a pesar de lo que le habían advertido a su tiempo. Siguiendo la pasión de los varones borbónicos, Alfonso XIII se entregó a sus amores extraconyugales, entre los que se cuentan los mantenidos con aristócratas, algunas incluso casadas, que soportaban mal la halitosis del monarca, y aún así sentíanse agraciadas por aquellos amores. Hubo otras notorias amantes, entre las que se encontraban la cupletista Julita Fons, la estrella de las revistas musicales Celia Gámez y la actriz Carmen Ruiz Moragas, con la que tuvo dos hijos. Es probable que pudiera ser responsable de otras paternidades, pero no están documentadas. Esta vida disoluta de don Alfonso no era desconocida por doña Victoria Eugenia, que aguantó como pudo tantos años de infidelidades, una real cornuda que, en aquella época, sólo podía consolarse en Palacio, rezando en la capilla o alternando con sus damas de honor.

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Victoria Eugenia (izq) en el bautizo de Felipe VI

Todo cambiaría el 14 de abril de 1931. La Familia Real salió en dos o tres grupos camino del exilio. Don Alfonso XIII se estableció en París y finalmente en Roma, donde su vida se apagó en 1941. La reina eligió su residencia definitiva en Lausana, Vieille Fontaine. Separados de hecho, ella trató de hacer las paces con su marido que, furibundo, seguía echándole en cara ser la culpable del fracaso de su unión, por la hemofilia. Ni siquiera en el lecho de muerte quiso don Alfonso recibirla, cuando acudió a despedirlo a la "suite" que ocupaba en el Gran Hotel, de la Ciudad Eterna.

La vida de doña Victoria Eugenia continuó en Lausana, ciudad tranquila y apacible en todos los órdenes. En su residencia recibía a algunos monárquicos españoles, nostálgicos de un tiempo que la reina sabía ya fenecido. Tenía por vecino a Charles Chaplin, que la visitó en ciertas ocasiones. Cuando la reina dejó Madrid llegada la II República pudo llevarse sin problemas unos cofres que contenían valiosas joyas, entre ellas una perla que ella creyó siempre era la "Peregrina", regalo de Felipe II a una de sus esposas, que de generación en generación regia iba de mano en mano. Creía la Familia Real española que era la auténtica, como me confesó una tarde el duque de Cádiz, el nieto favorito de doña Victoria Eugenia. Estaban equivocados. Era una perla falsa. La verdadera la adquirió el actor Richard Burton para su esposa Liz Taylor.

La nostalgia de España siempre le embargó a doña Victoria Eugenia, que la combatía en Vieille Fontaine incluyendo en su menú algunas comidas españolas, donde no faltaba en la mesa la popular tortilla de patatas o el gazpacho andaluz. Si salía de su residencia era para dar un paseo o ir regularmente a alguna sesión de cine. Por lo demás, no tuvo problemas económicos, aunque en realidad llevara una existencia nada ostentosa. Por dentro, sí que llevaba la pena por la muerte de sus hijos Alfonso y Gonzalo, y desde luego la inmensa tristeza por su infortunado matrimonio, el desdén con el que era tratada por su esposo, el rey, entregado a sus amantes sin disimulo alguno, cuando ella siempre lo amó casi desde el mismo momento en que se conocieron y luego cruzaron unos meses una idílica correspondencia. Era el pasado. Por eso, cuando un año antes de morir regresó brevemente unos días a Madrid, no pudo evitar que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas, sabiéndose querida por mucha gente del pueblo español. Al que echó siempre de menos cuando la visitó la muerte.

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