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Los componentes de Amaral fueron novios durante ocho años: "Nos queremos un huevo pero..."

La discreción de la pareja musical es absoluta. Y las relaciones que, por separado, puedan llevar cada uno las mantienen ocultas.

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La discreción de la pareja musical es absoluta. Y las relaciones que, por separado, puedan llevar cada uno las mantienen ocultas.
Amaral | EFE

No encontrarán en ninguna de las muchas entrevistas que le han hecho al dúo Amaral donde expresen sus sentimientos en común y detallen cómo les fue durante los ocho años que vivieron juntos, a poco de conocerse. La discreción de la pareja musical es absoluta. Y las relaciones que, por separado, puedan llevar cada uno las mantienen tan ocultas a la curiosidad pública que ningún reportero ha logrado desvelarlas. Eva y Juan van siempre juntos antes de una actuación y después, dando la impresión de que siguen enamorados. Pero uno de ellos ya lo dejó claro no hace mucho, estando en Sevilla, en las escasísimas declaraciones sobre ambos: "Nos queremos un huevo, pero...". Y tras esos puntos suspensivos nos dejan sin saber cómo es que se ven casi a diario, pasan muchas horas juntos pero llegada la hora de irse a dormir, "cada mochuelo a su olivo", que rezaba el viejo refrán.

Eva María Amaral Lallana es de Zaragoza, donde nació en 1972, hija de un matrimonio de clase media, de padre cacereño, militar, que dirigía una banda. En casa nunca aprobaron el deseo de Eva para dedicarse profesionalmente a la música. Antes, había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios de la capital maña, destacó como futura escultora, se le daba muy bien dibujar, faceta quizás derivada de su progenitor, muy hábil con sus ilustraciones. El caso es que finalmente formó parte de un grupo punk rock, Bandera Blanca y cantaba en otro, Lluvia Ácida. Siempre fue una chica muy activa, servía copas en el Azul Rock Café zaragozano y con lo ganado allí se pagaba unas clases de canto que le impartía una ilustre profesora, quien advirtiendo las excelentes características vocales de su alumna, con tesitura de mezzosoprano, no dudó en rebajarle la factura de sus enseñanzas.

Y en ese trasiego de actuaciones en baretos de la capital aragonesa, Eva Amaral conoció cierto día de 1990 a un chico donostiarra, tres años menor que ella, que había abandonado su vocación por la Arqueología para tocar la guitarra con un conjunto llamad Días de Vino y Rosas, como aquella melodramática película de Jack Lemmon y Lee Remick. El encuentro surgió en un pequeño estudio de grabación ubicado en el trastero del Bar Central, allí en Zaragoza. Intercambiaron detalles sobre cómo les iba la vida y al poco tiempo ya convivían, muy enamorados. Juan quedó maravillado de los conocimientos musicales de Eva, quien por esa época tocaba la batería, amén de que también se lucía con su guitarra, componía y hasta no se le daba mal la armónica.. Y cantaba… Los conocimientos de su novio eran más reducidos, pero como tenía buena voz y se apañaba con los acordes de su guitarra dieron en seguida en formar un dúo. Y convencidos de que tenían que mejorar sus habilidades se inscribieron en el Conservatorio de Música, donde al estar comprometidas todas las plazas sólo pudieron seguir unos cursos de contrabajo. Cargados con tan pesado instrumento acabaron cansadísimos al llegar a la vivienda que ocupaban.

Una de las premisas iniciales fue dar con un nombre adecuado y sonoro para el dúo. Juan tomó la iniciativa y eligió el del primer apellido de su amor, pero Eva se resistió cuanto pudo hasta que cedió y acabaron llamándose Amaral. Sus actuaciones por los bares y cafetines zaragozanos les servían de provechosos ensayos pero su futuro profesional lo veían lejano. Se plantaron en Madrid, y en seguida conocieron la ruta de esos circuitos para artistas noveles, donde cobraban una miseria, tenían que ayudarse ejerciendo de voluntariosos camareros y abusando de la generosidad de algunos amigos que les prestaban una cama para dormir. La comida, a base de bocadillos las más de las veces. Y así, unos cuantos años. Es la vida real de cuantos sueñan con destacar en la música e ignoran la dureza del oficio hasta llamar la atención, si es que eso sucede, de alguien que les posibilite subirse al trampolín del éxito. Y Amaral tuvo como dúo que esperar hasta que en 1998 un comentarista musical los entrevistara en Radio 3. Allí hicieron una demostración de su arte. Los escuchó un directivo de la discográfica Virgin quien, tras hacerles unas pruebas, les firmó un contrato. Mientras preparaban su lanzamiento, Eva y Juan aún se querían, pero algo parecía fallar en su relación. Y justo a poco de estrenar su primera grabación, tarifaron. Parece que fue ella quien puso punto final. Siendo tímida e insegura, según sus propias palabras, también tiene su genio. Y lo demostró rompiendo con Juan, más tranquilo y comprensivo. No obstante decidieron mantenerse como amigos sin deshacer el dúo musical.

Una canción compuesta por Juan Aguirre fue el aldabonazo que precisaban para darse a conocer en toda España: "Sin ti no soy nada". Los periodistas que los entrevistan por primera vez suelen preguntarles por el origen de esa historia. Y la verdad es que no dan muchos detalles, salvo que Juan escribió una letra expresando su estado anímico. Se supone que echaba de menos los días más de rosas que de vino vividos junto a Eva, con bellos amaneceres arrullados en la cama, lo que hacía tiempo ya no les sucedía.

La popularidad de Amaral fue "in crescendo", al punto de que la mayoría de los críticos los señalaron como el mejor dúo pop español del nuevo siglo XXI. En una actuación de Bob Dylan los llamaron para ser teloneros, lo que sólo pudo cumplir Eva, con gran disgusto de Juan, lesionado en un brazo a causa de una inoportuna tendinitis.

Sus actuaciones vienen siendo un acontecimiento, allí donde se presentan, o vuelven. Ocho discos son los que llevan grabados en sus veinte años de carrera en común. A la hora de componer se identifican, sin que expliquen quién ha puesto más en cada canción. Curioso resulta la manera de enfocar sus argumentos, bien desde el punto femenino o el masculino. Compenetrados, Eva da esa nota sensual con su presencia y Juan, calvo desde hace tiempo, esconde su alopecia bajo una gorra que, da la impresión, no se quita salvo a la hora de dormir.

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