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La confidencia de Hassan II sobre Ceuta y Melilla hace 40 años (y en perfecto castellano)

Hassan II recibió a un pequeño grupo de periodistas españoles en el año 1978.

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Hassan II recibió a un pequeño grupo de periodistas españoles en el año 1978.
Hassan II y Franco. | Cordon Press

La inesperada crisis hispano-marroquí, suscitada a raíz de unas declaraciones del Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Rabat acerca de la soberanía del Sáhara y Ceuta y Melilla es viejo asunto que cualquier experto en política exterior recordará como argumento insidioso que el vecino país saca a relucir cuando le conviene. Históricamente se ha demostrado que ambas ciudades son parte de España mucho antes de que existiera como tal el reino de Marruecos.

Lo antedicho me ha traído a la memoria el viaje a Rabat y otras ciudades marroquíes que realizó mediado el mes de enero de 1978 un grupo de empresarios españoles con el objeto de conseguir contratos en aquel país. Junto a esta expedición acudimos una quincena de informadores españoles, entre los que me encontraba. Fundamentalmente nos interesaba la rueda de prensa que íbamos a mantener con el entonces monarca alauita Hassan II.

Ignorábamos en qué capital iba a celebrarse la reunión. Sabido es que el rey de Marruecos dispone de un buen número de palacios y sólo personas de su entorno sabe en cuál de ellos pernocta. Con tiempo suficiente supimos ya que la cita era en Marrakech, en la real residencia situada muy cerca de su famosa plaza, donde se instala un zoco diverso y multicolor. Ya dentro de aquel suntuoso palacio fuimos trasladados a una sala de reducidas dimensiones, suficiente desde luego para el conjunto de periodistas españoles. Sentados durante alrededor de diez minutos, en silencio, esperamos la llegada del rey. Avisados por elevadas voces rituales desde un largo pasillo, con los saludos de sus oficiales en posición de firmes, en medio de una breve ceremonia de severa disciplina. Recibimos a Hassan II, naturalmente de pie. Posición en la que teníamos que realizar nuestras preguntas, previamente ya sentados. Sólo a cuatro de nosotros se nos permitió intervenir. Todo giró sobre la situación del Sáhara, que España había entregado tres años atrás cuando Franco se estaba muriendo y el rey alauita emprendió aquella impresionante marcha verde, compuesta por ciudadanos marroquíes. La gestión de don Juan Carlos de Borbón cerca de quien llamó siempre "mi hermano", supuso que aquellos miles de silenciosos manifestantes, siguiendo a su Jefe de Estado, dieran por concluida la marcha.

No dijo nada Hassan II que no fuera su permanente deseo de obtener la soberanía del Sáhara sin tener para nada en cuenta la resolución de las Naciones Unidas, desdeñando los derechos del pueblo saharahuí y su vieja esperanza de que se celebrara un referéndum. Había transcurrido media hora de la conferencia de prensa y paso a contarles cuanto me sucedió inmediatamente tras colocarme en un ángulo del salón.

Imprevistamente, Hassan II vino a situarse al lado de donde me encontraba. Al cruzar nuestras miradas, sonreí, simplemente. De pronto, recordando que yo le había hecho una de las cuatro preguntas que se suscitaron en la rueda de prensa y por supuesto dando por sentado que yo era un periodista español, me miró y en perfecto castellano, me dijo lo que quizás no había querido declarar minutos antes, en voz alta, para los demás colegas: "Le voy a anunciar que un día me pasearé por la Gran Vía madrileña cuando Marruecos haya recuperado las plazas de Ceuta y Melilla". Callado, pensando cuándo tenía previsto realizar ese viaje, me añadió: "Eso será cuando a ustedes, los españoles, les sea devuelto Gibraltar".

El rey me tendió su mano, intercambiamos un sonriente saludo y Hassan II desapareció inmediatamente por otro de los muchos pasillos del palacio. Aquella anécdota me estuvo rondando por mi mente cuando regresé a Madrid. Por razones que ahora no creo oportuno explicar la guardé para mí y no la publiqué ni tampoco hice uso de aquella confesión.

Han transcurrido cuarenta y dos años de aquella, para mí, inolvidable confidencia. Los reyes de cualquier país no suelen difundir ninguna a un periodista si es de cariz político. Y menos de parte de un monarca marroquí, a quien en su país lo tratan como una divinidad o algo parecido. Ahora, Mohamed VI, su hijo, continúa con la obsesión de que España ceda a Marruecos Ceuta y Melilla, ciudades nuestras, españolísimas. El Peñón de Gibraltar no parece cambie de "status" ni siquiera cuando Inglaterra ha roto sus lazos con la Unión Europea por el "brexit" y nuestro Gobierno, que sepamos, no ha movido un dedo al respecto.

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