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La vida en un pueblo de Lucía y Paola Dominguín, lejos de la popularidad

Las hermanas Lucía y Paola Dominguín han dado la espalda a la fama en su nueva vida.

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Las hermanas Lucía y Paola Dominguín han dado la espalda a la fama en su nueva vida.
Lucía y Paola Dominguín. | Cordon Press

Las hermanas Lucía y Paola González Bosé vivían, antes de casarse, junto a su hermano Miguel en el chalé familiar madrileño de Somosaguas. Tuvieron una infancia y adolescencia felices. Recuerdo la tarde en la que los sorprendí junto a la "mamma", Lucía, que me recibió para hablarme de un libro de versos que iba a presentar. Jugaban entre ellos, con algunos invitados, como Andrea Bronston (enamorada tanto de Miguel como de Camilo Sesto) y la poeta Gloria Fuertes, que les recitaba sus últimos poemas. La vida llevó a aquella familia por otros derroteros, cuando ya Luis Miguel Dominguín no vivía con ellos y "se hacía el longuis" a la hora de pasarles la pensión que un juez había determinado. Lucía Bosé luchó para sacar adelante a los suyos, quienes por su cuenta, se buscarían su futuro fuera ya de aquel hogar. Las dos hijas aparecerían en las revistas con el apodo Dominguín (aunque tras unas gestiones judiciales pudieron cambiarlo por el primigenio González, según decisión del Ministerio de Justicia), en tanto el varón, mayor que sus hermanas, siempre abrazó el apellido de su madre.

Lucía Dominguín, que siempre me pareció simpatiquísima y accesible cada vez que nos veíamos, tiene en la actualidad sesenta y tres años. Su pelo, encanecido. Pienso que a causa de tantos problemas como ha tenido en su vida. Larguirucha, casi tan alta como su hermano, se dedicó por un tiempo al cine, tuvo alguna otra actividad artística pero en el fondo creo que siempre soñaba con fundar un hogar y tener hijos. Así es que no esperó mucho y a los diecisiete años se casó con el ingeniero italiano Alessandro Salvatore, con el que montó una casa en Roma y luego otra en México. Tendrían dos hijos: Bimba y Rodolfo (Olfo). Por lo visto el tal Alessandro era un pinta de mucho cuidado y la buenaza de Lucía quiso divorciarse. Contraatacó con subterfugios el marido, quedóse con los hijos y hasta un año y medio después de la ruptura ella no pudo recuperarlos y volver a España.

Todo aquel periodo alejada de sus retoños dejaron en ella huellas nada fáciles de borrar. De pronto, con veintipocos años, Lucía Dominguín parecía algo avejentada, o al menos interiormente dolida por aquel fracaso matrimonial. Pareció volver a vivir, con esa alegría que siempre capté en sus años adolescentes, cuando volvió a casarse con un actor extremeño llamado Carlos Tristancho. No siendo éste galán de primera fila, contratado para el cine y el teatro por lo común en personajes de segundo orden, dispuso en montar un negocio en su tierra, el hotel rural Rocamador que los llevaría a la ruina, aun con la ayuda económica que les prestó Miguel Bosé, quien también se embarcó en un negocio de jamones. Tistancho y Lucía tuvieron dos hijas, Jara y Lucía. Acabaron divorciándose y Lucía y sus pequeñas retornaron a Madrid, el año 2011. En adelante, Lucía recurriría a la ayuda y compañía de su madre y a ganarse como pudo el sustento suyo y de sus cuatro hijos. Los Dominguín-Bosé, la verdad es que siempre han salido de trances difíciles gracias a su empeño, trabajo e imaginación, con la mayor dignidad posible.

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Lucía Dominguín en MasterChef | rtve

De sus hijos, el que le causó más problemas fue Olfo, un chico difícil, que hasta tarifó con su tío Miguel. Y de las tres jóvenes, Bimba comenzó a destacar en el mundo de la moda y la canción: originalísima en su forma de vestir y peinarse, proyectando una imagen andrógina, grabando un disco con Miguel Bosé a dúo y despertando el interés de cuantos la conocieron. Tenía un futuro espléndido por la personalidad que imprimía a sus apariciones públicas. Un cáncer se la llevó por delante a sus cuarenta y un años, hace cuatro, dejando a su clan al borde de la desesperación. Lucía, su madre, abuela de Dora Postigo, recibía el más espantoso de los muchos golpes que recibió en su vida.

Paola Dominguín siempre estuvo muy unida a su padre. La encontré una tarde en el hotel de Málaga donde Luis Miguel se vestía de luces, camino de La Malagueta. Padre e hija se abrazaban ante la cámara de mi compañero gráfico. A Paola le gustaban los toros; a sus hermanos, no. Le impusieron ese nombre en honor a Pablo Picasso, que fue su padrino. Ella y sus dos hermanos pasaban algunas vacaciones en el chalé del genio malagueño, en la Costa Azul, que les pintaba monigotes y toros con cuatro orejas. Se aficionó al teatro de mimo y siguió unos cursos en París con un maestro, Marcel Marçeau. Pero tras unos años representando espectáculos de ese género, acabó por cansarse. El modista valenciano Francis Montesinos la tuvo de musa unas temporadas en su taller levantino.

La vida no le ha dado tantos palos como a Lucía, pero no se ha salvado de dos fracasos sentimentales que la marcaron lo suficiente para no reincidir más en comprometerse con nadie. La primera de esas desilusiones la tuvo con José Coronado. Flechazo a primera vista, mientras rodaban la película Brumal. Idílicos días de amor y proyectos en común. Estaba coladísima por el galán madrileño, hasta que harta de los engaños e infidelidades de éste, lo dejaron en 1989 tras un par de años. Al menos, Paola dijo sentirse satisfecha de haber alumbrado un hijo guapísimo llamado Nicolás, que bajo la atención paterna rodó algunas películas. No siendo muy amiga de firmar papeles casamenteros cayó en las redes del compositor Manuel Villalta, contrajo con él matrimonio y fueron padres de una niña, Alma Sofía, hasta que se separaron en 2009, después de una convivencia de catorce años. Luego, se fue alejando de los focos, como le pasó a su hermana. Y estuvieron cerca de su madre, que de vivir cómodamente en Somosaguas, y con problemas de subsistencia le dio por la peregrina idea de montar un museo de ángeles y arcángeles en un pueblo segoviano, adonde se fue a vivir, sin renunciar a su imagen de estrella, ya retirada del cine, pero luciendo una llamativa cabellera azulada. No tenía problemas de salud, compareció en un programa de televisión, invitada por su admirador venezolano Boris Izaguirre, grabado en Valladolid, y semanas después, inesperadamente, moría víctima del coronavirus, una de las primeras celebridades que hace ahora un año sucumbieron ante el Covid-19.

Los últimos tiempos habían unido más que nunca a las hermanas Dominguín, que se habían establecido en el pueblo valenciano de Vilamarxant. Independientes pese a todos, viven muy cerquita cada una de la otra, en su casa propia. Cultivan un huerto. Pintan. Lucía aceptó ir al programa Máster Chef Celebrity, a probar sus habilidades culinarias. Necesitaba algún dinero y no le vino mal aquella aparición. Por lo demás, su vida es ahora tranquila, como naturalmente también para Paola. Nada que ver con su pasado cuando conocieron el "glamour" de las noches madrileñas, los estrenos, la popularidad… De vez en cuando se dan una vuelta por el piso que en el pueblo levantino de Chelva habita Nacho Palau, el escultor ex amante de Miguel Bosé, del que está distanciado, con quien mantiene la disputa acerca de los dos hijos de cada uno. Lucía y Paola, muestran su cariño a quienes consideran son sobrinos suyos, los de Nacho, Yvo y Telmo. Imaginamos que también han tratado a los de su hermano Miguel, Tadeo y Diego. Si los Dominguín-Bosé, insistimos, por lo general se han comportado siendo una piña, uno piensa que, tarde o temprano, esos cuatro chavales, que echan de menos estar juntos, encontrarán el modo de no seguir separados de por vida, culpa de que como padres de criaturas nacidas por vientres de alquiler, Miguel Bosé y su antiguo amante subsanen la distancia y el pleito que mantienen.

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