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Los hombres que amó Rocío Jurado y el que probablemente fue su gran amor

Rocío Jurado murió hace quince años. Su nombre ahora lo acapara un controvertido culebrón protagonizado por su hija.

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Rocío Jurado murió hace quince años. Su nombre ahora lo acapara un controvertido culebrón protagonizado por su hija.
Rocío Jurado y Pedro Carrasco. | Gtres

Rocío Jurado, como otros grandes nombres, está presente en nuestra memoria, a lo que ayuda mucho la constante audición de sus canciones a través de la radio y la televisión. Se nos olvidan otros personajes pero nuestra memoria selectiva retiene más fácilmente los sonidos musicales. Quince son los años que ya han transcurrido de su ausencia. Una pena que su nombre se haya envuelto en ese controvertido culebrón protagonizado por su hija y toda la parentela y allegados. Bastante sufrió la cantante en vida con los caprichos de su inmadura descendiente.

Rocío Mohedano Jurado era una mujer apasionada. Sabido es que las jóvenes del Sur desarrollan un cuerpo muy a menudo más avanzado que su edad. Y ella, siendo mocita, aparentaba tener más que los fechados en su persona. Se enamoró de un joven pero la familia de éste se opuso a aquel temprano noviazgo. La razón era mezquina: Rocío era hija de un zapatero remendón pobre. La desilusión de la futura artista sólo pudo calmarla porque se había empeñado en triunfar como cantaora. Y en ese trayecto vital se dedicó más a ganarse la vida en los tablaos que a pensar en enamorarse.

Pero Cupido, que los cursis dibujantes representan como un angelote con un arco de flechas rodeado de corazones, acabó por aparecer en la vida de Rocío Jurado cuando a finales de los años 60 se encontraba en Valencia representando un espectáculo de variedades. Un "play-boy" local llamado Enrique García Vernetta se ufanaba de conquistar al mayor número de "vedettes" revisteriles y cantantes que pasaban por la capital del Turia. Era alto, con bonitos ojos, y mucha labia. Iba todos los días a contemplarla en primera fila del teatro mientra duró la estancia de Rocío en la ciudad levantina. Y acabó saliendo con ella, embaucándola con palabras bonitas y sueños de futuro. Rosario, la madre de la cantante, seguía acompañándola en sus giras. Todavía vigilaba a su hija para que conservara su virtud. Y pasó… lo que tenía que pasar. Rosario se acostumbraría a pasear con la pareja, dándose cuenta de que aquel acompañante asiduo despertó en Rocío un deslumbramiento total.

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Enrique García Vernetta | RTVE

Rocío procuraba viajar a Valencia lo máximo posible. O era Enrique quien la seguía en algunos de sus desplazamientos artísticos. Le regalaba a menudo perfumes caros, porque su padre era dueño de una conocida tienda de ese ramo, "Las Barcas". Rosario, era asimismo recipiendaria de similares obsequios, forma sutil de ir logrando la aprobación de aquellas relaciones que durarían nada menos que catorce años. Ni qué decir que Rosario estaba muy escamada. La moral de entonces no permitía, aunque existieran, concubinatos y uniones no bendecidas por la Iglesia. Sobre todo cuando Rocío Jurado ya era una artista muy conocida y no era cuestión que diera un escándalo. Naturalmente los periodistas que habíamos seguido desde un principio tal noviazgo les preguntábamos al dos por tres que cuándo celebrarían el enlace. Rocío lo deseaba: quería ser madre antes de que "se le pasara el arroz". Pero el vivales de Enrique García Vernetta "se hacía el longuis". En su feudo valenciano, cuando no estaba al lado de Rocío continuaba ligando con toda mujer que se le ponía a tiro. Era de la cofradía de los de "culo veo, culo quiero". Incansable.

Todavía continuaba con Enrique cuando representó una comedia teatral de los hermanos Álvarez Quintero y una película con el galán Máximo Valverde, quien picaflor siempre quiso añadir a su lista de conquistas el nombre de Rocío Jurado. Achuchones, besos robados, pero nada más. Y no es porque el seductor sevillano no lo intentara. Es que aún reconociendo ella que era muy guapo no veía claro que fuera a ser su compañero para toda la vida. Ya tenía bastante con el perfumista valenciano.

Pero todo acaba en esta vida y conforme avanzaba la década de los 70 la chipionera puso a su amante valenciano, que había su representante artístico, entre la espada y la pared: "O nos casamos o lo nuestro termina". Enrique trató de calmarla: "Cariño, si así estamos bien, no hay necesidad de precipitar acontecimientos, nos queremos..." Rocío le replicó: "Puerta, Camino y Mondeño", frase taurina que en casos así significaba que cada uno se iba por su lado. Y Enrique García Vernetta siguió fumándose un puro todos los días mientras atisbaba desde la cafetería Balanzá, de la plaza del Caudillo, cuantas jóvenes bonitas le hacían tilín. Siempre llevaba en sus bolsillos un frasco de perfume femenino.

Pocos meses después de aquella fulminante ruptura, que mucho le dolió, Rocío Jurado asistió invitada a una tradicional becerrada organizada por Radio Madrid en el verano de 1974 en la plaza de las Ventas. Se desmayó y uno de los participantes en el festejo la tomó en brazos llevándola a la enfermería, hasta que se le pasó el sofoco. Al despertar, se fijó en quien la había asisitido en ese trance: el boxeador retirado Pedro Carrasco. Dos años después se casaban, el 21 de mayo de 1976 en el Santuario de la Virgen de Regla, patrona de Chipiona, la ciudad natal de la cantante. Un suceso para el pueblo, que las revistas del color testificaron en sus páginas. El 29 de abril de 1977 nació la única hija de la pareja. Enterado García Vernetta del enlace, comentó: "Rocío seguía enamorada de mí. Se casó con mi amigo Pedro por despecho". En 1981 ella se quedó embarazada de nuevo, pero perdió el bebe que esperaba con tanta ilusión.

El caso es que aquel matrimonio funcionó un tiempo. Ninguno de los dos quiso luego contar el motivo de su separación. ¿Hubo alguien que se entrometió entre los dos? Suposiciones que nunca han podido corroborarse. En 1989 se dijeron adiós y en 1994 el Tribunal de la Rota anuló aquel matrimonio canónico. Ella cantaría una balada de Manuel Alejandro: "Se nos rompió el amor / de tanto usarlo..."

En los años en que estuvo casada Rocío Jurado no cejó de actuar por toda España e Hispanoamérica. Pasaba meses enteros lejos de Madrid. Hasta se compró un apartamento en Miami, que yo visité, porque situó aquella capital de Florida como centro de sus giras, igual que había hecho su buen amigo y colega Julio Iglesias. Tal distanciamiento familiar pudo influir en su deteriorada relación con Pedro Carrasco. Lo que no hay duda es que su hija fue creciendo, no sólo sin el amor y sin la presencia materna. La educación recibida, por mucho que su padre lo intentara, no fue la que una madre hace con sus retoños. Se ocupó de esas obligaciones el secretario de la artista. Rocío lo llamaba "tito Juan". Cuando Rocío Jurado regresaba de sus desplazamientos venía cargada de juguetes. No era suficiente para paliar su ausencia del hogar.

Más o menos hacia 1993 hallándose en la consulta del conocido doctor Mariscal se dio casi de bruces con otro paciente, que resultó ser el matador de toros José Ortega Cano. El cartagenero estaba colado por la chipionera desde que era un novillero sin suerte y hasta un día la siguió, al reconocerla, por la calle de Serrano, sin atreverse ni a pedirle un autógrafo. La siguió admirando en la distancia de los años hasta convertirse en un cotizado diestro. Cuando le fue posible pidió al mentado doctor que se la presentara. Y Mariscal los citó a ambos el mismo día y a la misma hora, como en la copla.

El 17 de febrero de 1995 se casaron en la ermita de la finca "Yerbabuena" que Ortega Cano había comprado a un elevado precio a su colega Juan Antonio Ruíz "Espartaco". Invitaron a quinientas personas. Se colaron otras tantas por el procedimiento de imprimir tarjetones falsos. Aquel enlace se había retrasado unos meses, porque en la plaza de Cali el novio fue corneado gravísimamente y estuvo a punto de morir. Rocío Jurado no iba a las corridas de su marido. Pero sí lo seguía a algunas plazas, quedándose en la habitación del hotel, esperándolo.

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Ortega Cano y Rocío Jurado | Gtres

La pasión de ambos era reflejada en las revistas rosas. Yo diría que Ortega Cano estaba más obnubilado que ella, por aquello de que su esposa era una mujer inalcanzable para él muchos años atrás. Y ahora la tenía a su lado, en su cama. No tuvieron hijos, pero adoptaron dos, niño y niña, en Colombia. Siempre el torero estaba pendiente de su mujer, quien deseaba que él se retirara del toreo. Lo que tarde hizo, ya muerta ella. Durante el rodaje de la nueva versión de La Lola se va a los puertos, a Ortega Cano tuvieron que pedirle que abandonara el local de "Villa Rosa", en la madrileña plaza de Santa Ana, porque no hacía nada más que interrumpirlo, airado por unas escenas de su mujer que lo encelaron.

Cuentan algunos cercanos a la pareja que la pasión entre los dos fue enfriándose. Algo que no se pudo atestiguar nunca. Pero en público seguían siendo los enamorados de siempre. Lamentablemente, cuando Rocío estaba plena de facultades y había triunfado esplendorosamente en la Expo sevillana de 1992, en 2004 le descubrieron unn cáncer de páncreas incurable. Su madre había fallecido víctima de esa enfermedad. El viaje y estancia en Houston para que pudieran curarla en el hospital Anderson, no sirvió de nada. Rocío Jurado tenía la esperanza de que iba a remontar aquel serio percance y que volvería a ser la de siempre, alegre con todo el mundo, cariñosa, admirada por millones de personas. Pero murió hace de esto quince años, aquel funesto 1 de junio de 2006.

Dejó un patrimonio estimado en siete millones de euros. El testamento no gustó a sus deudos, algunos pelearon entre sí enfadados porque la más favorecida, heredera universal de la mayoría de sus bienes, fue su hija. Y ya se ve todavía el rastro que ha seguido aquel legado. Se había proyectado un Museo en su memoria, con objetos y recuerdos de Rocío, que aún no ha podido inaugurarse.

Cuando habían transcurrido unos años de su muerte, su antiguo amante Enrique García Vernetta se ofreció a las televisiones y revistas que quisieran para contar intimidades de sus catorce años vividos con Rocío. Nadie , que sepamos, respondió a la oferta, o quizás es que no pagaban lo que el valenciano pretendía. No obstante dejó traslucir algunas perlas periodísticas: que él fue el hombre al que más amó la cantante, y que ésta, cuando aún estaba casada legalmente con Pedro Carrasco, en 1986, cuando las cosas ya no iban bien entre ellos, le dijo en el aeropuerto de Valencia que estaba dispuesta a volver con él, con Enrique, pero que éste no accedió, arrepintiéndose luego. Tres veces, aseguraba, que en otros tiempos le pidió que se casaran. Confesó que durante esas largas relaciones iban a tener un hijo, pero ella, al quedarse embarazada y con una carrera por delante, se lo pensó detenidamente. Tuvo un aborto. Aquel novio, que contó asimismo tener en su casa varias paredes llenas de fotografías de Rocío.

Enrique García Vernetta puede, efectivamente, que fuera el gran amor de la cantante. El final de su vida fue patético, ya sin el dinero del que presumía cuando iba del brazo de Rocío. Ingresado en una clínica valenciana, expiró en febrero de 2020, pronunciando el nombre de Rocío, a la que nunca olvidó.

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