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Julio Iglesias cumple años con los dolores de siempre desde su accidente de coche

Julio Iglesias cumplió 78 años esta semana. Aunque su salud está afectada, está lejos de ser como la publicada en algunos medios.

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Julio Iglesias cumplió 78 años esta semana. Aunque su salud está afectada, está lejos de ser como la publicada en algunos medios.
Julio Iglesias y su mujer Miranda. | Gtres

Nacido en Madrid el 23 de septiembre de 1943 Julio Iglesias cumplió por tanto setenta y ocho años cuando sigue especulándose desde hace unos meses sobre su maltrecha salud... Si bien el asunto no es tanto como alarmantemente se ha publicado en algunos medios. Desde la isla de Bahamas donde vive ahora, una de las setecientas que existen, el cantante ha declarado que a su edad, es normal que físicamente se resienta de algunos males. Ocurrió hace unos meses cuando sufrió una aparatosa caída al tropezar con unas piedras y tuvieron que levantarlo dos jovencitas. La imagen que entonces se difundió presentaba a un desmejorado Julio. Pero hay que recordar que sus dolencias vienen del pasado, de cuando la víspera de cumplir veinte años sufrió un serio accidente de automóvil, conducido por él, en compañía de varios amigos que regresaban a Madrid desde una localidad cercana en fiestas, Majadahonda, y al tomar una peligrosa curva a la altura de El Plantío es cuando el coche dio varias vueltas de campana. Mas ninguno de sus ocupantes sufrió heridas. Sólo el susto.

Se ha escrito muchas veces que desde el momento del percance Julio Iglesias comenzó a sentir fuertes dolores, lo que es incierto. La prueba es que dos días más tarde inició un nuevo curso universitario en el Colegio Mayor San Pablo y no dejó de entrenar tres veces por semana en el equipo B del Real Madrid, donde destacaba como guardameta. Sentíase orgulloso de haberle parado un penalti al mismísimo Di Stéfano.

Pero pocas fechas más tarde es cuando Julio comenzó a sentir agudos dolores. Le detectaron una compresión del sistema nervioso. Su columna vertebral se contrajo. Luego descubrieron que tenía un quiste sanguíneo en la columna. Ocho horas duró la operación quirúrgica. Afortunadamente era benigno. Un cáncer como el que padeció el Presidente John F. Kennedy. Sus piernas le fallaban. Adiós a su carrera futbolística tan ilusionante para él. Corría el peligro de quedarse tetrapléjico. Su padre, el doctor Iglesias Puga, dejó su puesto en la clínica de la Maternidad para dedicarse en cuerpo y alma al cuidado de Julio, que se pasó dos meses en cama, sin levantarse para nada. En su domicilio del barrio madrileño de Argüelles dispuso lo necesario para que su hijo hiciera ejercicios diarios a lo largo de un pasillo, primero en silla de ruedas, hasta que pudo tras muy duras jornadas tenerse en pie y comenzar a caminar apoyado en dos muletas. Se había quedado en cuarenta y cinco kilos de peso. Para no hacer demasiado extenso este episodio, diremos que el futuro cantante estuvo dos años sufriendo diariamente severas pruebas. Dosis de medicamentos recetadas por reconocidos especialistas que lo cuidaron con esmero, en atención a su padre, aliviaron todo lo posible los fuertes dolores que padecía. Julio Iglesias era todavía un muñeco roto que se entretenía con una guitarra que le regaló un colaborador de su padre , Eladio Magdaleno, que había sido miembro de una tuna.

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Con Isabel Preysler | Archivo

Precisemos que por entonces, año 1964, Julio Iglesias no había tenido inclinación alguna por cantar. Lo hacía como muchos en la ducha. Y ahí quedaba su afición canora. Escuchaba discos eso sí, del Dúo Dinámico, de los Beatles, de los artistas del momento. Poco a poco comenzó a adiestrarse con las cuerdas de aquella modesta guitarra que le había costado seiscientas pesetas a Magdaleno. Y a ratos escribía algunas letras, con la posibilidad de que se convirtieran en canciones. Todo eso, insistiremos, dolorido. Cuando pudo iba a diario a la piscina de la Cruz Roja. Nadar lo hizo siempre, horas y horas. Y así iba soportando sus grandes molestias de espaldas. "El dolor vivía conmigo", diría. Y así siempre. Hasta hoy.

No tenía entonces novia. Una joven estudiante del barrio fue la primera. Lo dejaron. Y entonces una señora casada, amiga de la familia de Julio, se enrolló con él. Parece que el marido no se enteró. Cuando ya pudo valerse por sí mismo viajó a Inglaterra por consejo paterno, practicó la lengua inglesa y se enamoró apasionadamente de una rubia francesa llamada Gwendoline Bolloré, hija de un matrimonio millonario, a la que dedicó una de sus más populares canciones. A los periodistas se nos dijo por entonces que esa Gwendolyne descendía de unos príncipes rusos. Mentira. Y ahí dejamos su historial amoroso, por tan conocido tras casarse con Isabel Preysler, tener tres hijos, divorciarse, vivir en Miami y empezar una larga historia de romances fugaces que adornan su biografía.

Cuanto queremos hoy significar, en su septuagésimo octavo aniversario es relativo a su salud. Sabiendo que las consecuencias de aquel accidente han seguido atormentándole. Su mérito es haber aguantado siempre esos dolores, aun amparado por fármacos adecuados. Julio Iglesias ha vivido siempre con la obsesión permanente de quedarse sin poder andar. No soportaba que en las primeras filas de sus conciertos hubiera algún espectador en sillas de ruedas. Lo que le sucedió más de una vez y entonces Julio desviaba la mirada. Contrató a un médico especialista, el dominicano doctor Rodríguez, que lo acompañaba en sus giras. Nada podía hacer para quitarle esos dolores: le administraba algunas pastillas para que superara su depresión. Yo mismo, tras un concierto en el campo de fútbol del Oviedo, pasé al camerino habilitado al cantante, que en ese instante permanecía semidesnudo en el suelo recibiendo los cuidados de un fisioterapeuta. Y así lo ha venido haciendo año tras año.

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Una de las últimas imágenes del cantante | Telecinco

Julio cojea. No es ningún secreto. En el escenario lo disimula con algún movimiento que no da esa sensación. Pero a él le preocupa. No consiente ser fotografiado en traje de baño. Yo lo he visto así, en la piscina de un hotel malloquín, y una vez cuando me permitió ir con él y su comitiva en el barco que alquiló para una travesía en la isla de Ons, en Galicia. Piernas muy delgadas. Por eso nadie ha osado tomarle imágenes de esa guisa. No es el cuerpo de un conquistador como luego resulta en escena. Es hipocondríaco y cuantos trabajan a su lado conocen su mal humor minutos antes de salir a cantar. Conociendo los sacrificios que viene soportando tantos años, yo no tengo otra cosa que rendirme a su gran esfuerzo, a la enorme vocación que tiene para cantar, aunque por dentro soporte un dolor que nunca le va a desaparecer. Lo han operado alguna vez, le han inyectado pócimas diversas, en una ocasión tras caerse al vacío de un escenario tuvieron que darle varios puntos en la cara. En su rostro hay huellas de arreglos faciales. Todo sea por el mundo del espectáculo del que no quiere bajarse.

Resulta anecdótico que un accidente de coche le deparase su futuro de cantante. Cambió su vida. De no haberse producido, hubiera sido uno de los guardametas del Real Madrid. O más probable: abogado en algún bufete. Por su deriva musical la carrera de Derecho la terminó tarde: le quedaban dos asignaturas que un generoso tribunal le aprobó un día, ya siendo un cantante famoso. Mas nunca albergó el deseo de ganarse la vida como picapleitos. Ha llegado a la cima de su carrera, con un patrimonio estimado en mil millones de dólares. No ha venido desde hace año y medio a España a cantar por culpa de la pandemia. No le interesa actuar con aforos reducidos, por cuestiones tanto artísticas como económicas. Y quizás no le convenga tampoco que el abogado que lleva la causa de su supuesto hijo valenciano le inste a presentarse ante un juez. A él no le preocupa ese caso. Pero lo cierto es que no ha venido de vacaciones este año a su finca de Ojén, en Málaga, que le compró a Curro Romero, donde sí han estado su mujer y sus hijas. Por algo será esa ausencia. ¿O es que su salud se lo impedía? Dejémoslo ahí. Y vaya nuestra felicitación por su cumpleaños, que a él debe hacerle muy poca gracia.

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