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Morante de la Puebla enterró a su padre totalmente derrumbado

Su padre, al que no le gustaban en principio los toros, hizo feliz a Morante un día de Reyes regalándole un traje de torero.

Su padre, al que no le gustaban en principio los toros, hizo feliz a Morante un día de Reyes regalándole un traje de torero.
Morante de la Puebla | Contacto Photo

Morante de la Puebla ha enterrado a su padre, profundamente conmovido, entre lágrimas, apoyado por su familia y amigos toreros, como Espartaco, el cómico César Cadaval (de Los Morancos), la doctora Ángela Grajal (viuda reciente de quien fue su marido, el matador Jaime Ostos)… Entre lágrimas, Morante comentó que su progenitor siempre había estado con él, apoyándolo, hasta que se convirtió en figura del toreo.

Rafael Morante Mijes tenía setenta y cuatro años y padecía una enfermedad degenerativa. Tuvo que ser ingresado hace dos meses en el Hospital Sagrado Corazón de Sevilla, donde ha fallecido. Casado con Josefa Camacho Rochas, padres de dos hijos, José Antonio y María de las Nieves. Sus restos mortales fueron enterrados en su localidad natal, La Puebla del Río.

Juan Antonio Morante Camacho, desde que tenía cinco años, quiso ser torero. Iba a los bares de La Puebla del Río (Sevilla), su padre, donde nació el 2 de octubre de 1979, para escuchar a tan temprana edad los comentarios taurinos de la clientela. Su padre, al que no le gustaban en principio los toros, hizo feliz a José Antonio un día de Reyes, cuando éste encontró en un rincón de la casa un vestidito de torero, pero de los que están pegados en un cartón, de poca monta. El chiquillo se volvió loco de alegría. Iba por el campo, a las cercas de las ganaderías que podía, y frecuentaba las becerradas que se daban en La Puebla. A los nueve años, tal vez infringiendo el reglamento y la legalidad vigente, lidió un becerrillo en Villamanrique de la Condesa. Como su vocación estaba clara, su padre no tuvo más remedio que claudicar.

Un avezado taurino, padre del matador de toros sevillano Emilio Muñoz, se convirtió en su primer apoderado. El señor Morante Mijes, que trabajaba en un modesto puesto de empleado en una empresa de arroces de San Juan de Aznalfarache, de acuerdo con su esposa, aunque no tenían apenas ahorros, hicieron lo posible para que su hijo pudiera torear. Pero, como es sabido, en las becerradas y novilladas, aun sin caballos, aparte de que los aspirantes a toreros no ganan un euro, tienen que pagarse las reses que maten. Así es que a la familia Morante no le quedó otra cosa que inventarse rifas o emprender algún pequeño negocio para obtener el dinero necesario con el que sufragar los gastos que suponían cada tarde que hacía el paseíllo José Antonio. Su padre no dejó de acompañarle en casi toda su carrera. Se le veía, preocupado como es lógico, en el callejón de las plazas.

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Despedida al padre de Morante | Contacto Photo

Cuando Morante de la Puebla comenzó a ser figura del toreo, pudo compensar a los suyos de cuantos sacrificios habían hecho por él. Hoy, que hace ya bastantes temporadas que es millonario, número 1 de su escalafón en la actualidad, es consciente de lo mucho que debe a sus padres. Tiene cuarenta y dos años y en la temporada pasada, la mejor de su carrera, demostró que no es sólo un diestro de arte, sino dotado además del necesario valor, de una indiscutible técnica. Pocos lidian como él, con su prodigioso capote, la poderosa muleta que maneja también con donaire.

Se casó con su novia de siempre, Cynthia Antúnez, en 2005, en La Puebla del Río. Tuvieron un hijo, bautizado con el nombre paterno. Pero la pareja se divorció en 2008. Luego celebró su segundo desposorio en 2011, en otra bonita localidad sevillana, Alcalá de Guadaíra, con Elisabeth Garrido, que le dió dos hijas, en 2011 María, y dos años después Lola.

Cuando redactamos estas líneas, no está seguro si este jueves, 23 de junio, Morante de la Puebla decidirá hacer el paseíllo en la plaza de toros de Algeciras, que estos días celebra sus fiestas. El dolor que ha sufrido por la muerte de su padre no sabemos si podrá superarlo aún para torear. O quizás sí, brinde al cielo, y le dedique dos grandes faenas, en recuerdo de quien siempre lo apoyó para ser torero, ¡un fantástico torero!

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