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Felipe González y su profunda nostalgia de sí mismo ante Ana Pastor

Ana Pastor estaba impresionada con el despliegue megalómano de su entrevistado, explicándose a sí mismo cómo arreglar el mundo.

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Felipe González compareció anoche en las pantallas de La Sexta para someterse a una batería de preguntas de la insobornable periodista Ana Pastor. En esta ocasión el estilo de la presentadora no fue tan agresivo como en ella es habitual, pero eso es porque el invitado no es un político en ejercicio, que son los ejemplares con los que ella se viene arriba bombardeándolos a repreguntas y apostillas hasta que se les funden los plomos y piden por favor ir a la publicidad. Es cierto que Esperanza Aguirre tampoco estaba ya en la política cuando hace pocos meses la llevó a su programa y eso no evitó que se vivieran escenas de cierta tensión, pero es que Esperanza no es progresista y Felipe sí. Un poco cascado, entradito de peso, forrado de pasta y tal, pero progresista al fin y al cabo, que es lo que cuenta cuando uno acude a una televisión de mucho progreso.

Felipe es muy europeísta, aunque luego no supo explicar qué significa eso o en qué se diferencia un europeísta otro que no lo es. Pero es que González no siente que tenga que explicar lo que dice a fin de que el espectador tenga una idea aproximada de por dónde va el tema. Felipe habla, suelta media docena de obviedades con ese acento andaluz que la vida de potentado está lamentablemente contribuyendo a disipar y lo que espera es que la gente lo escuche sin interrumpir y al final aplauda. Punto y final. Por ejemplo, el expresidente socialista confirmó ayer a Ana Pastor lo que muchos sospechábamos: él sí sabe cómo salir de la crisis. De hecho se lo puso por escrito a los jefes de Estado y de Gobierno europeos, pero naturalmente no le han hecho caso. Por envidia, suponemos, o tal vez porque las páginas de ese informe contienen tal número de generalidades que ni siquiera los burócratas europeos han sido capaces de extraer algo aprovechable del mamotreto. La prueba es que cuando esbozó la receta para salir de la crisis, basada en "parar la austeridad con estímulos presupuestarios", "avanzar en una Europa solidaria" o "aplicar políticas activas de empleo", el resultado no difiere de lo que podría haber escrito un alumno de 2º de la ESO o exclamado Elena Valenciano en cualquier mitin de los muchos que nos va a recetar durante la campaña electoral.

La crisis económica, de hecho, nos ha azotado de manera tan brutal porque Felipe no estaba en el Gobierno. Con él en la Moncloa ni nos hubiéramos enterado de la recesión mundial, porque él sí sabe cómo evitar estos ataques de los mercados. Nuestra influencia en Europa sería también determinante, más o menos a la altura de Alemania y Francia juntas porque, como le aclaró a Ana Pastor de forma tajante en una pregunta sobre otro asunto completamente distinto, sólo los gobiernos de Felipe González Márquez hicieron y deshicieron en Europa a placer como deferencia de las autoridades continentales a la valía del sevillano. Ni siquiera el rocoso Aznar, que sometía a los líderes europeos a unas reuniones maratonianas para derrotarlos por agotamiento físico y trincar fondos de cohesión a mansalva, se puede acercar siquiera a la importancia que Felipe González ha tenido para la Unión Europea y todavía sigue teniendo para el conjunto del viejo continente y sus quinientos millones de habitantes.

Ana Pastor estaba impresionada con el despliegue megalómano de su entrevistado, igual que todos los espectadores que seguíamos el soliloquio de Felipe explicándose a sí mismo cómo arreglar el mundo, como en los tiempos en que el famoseo progre acudía a la Bodeguilla a escuchar sus monólogos y tragarse sin rechistar la humareda de sus cohíbas. Metido en su papel del más grande hombre de Estado que ha dado España desde el emperador Trajano (sevillano como él), Felipe se atrevió con el delicado asunto de la doble imputación de la socialista Magdalena Álvarez para poner la mano en el fuego por ella, asegurando que es una mujer honrada a carta cabal. Nos recordó aquella vez que amenazó a todos los españoles con dimitir si lo hacía Alfonso Guerra por los cafelitos de suenmano. Otra promesa que, naturalmente, nunca cumplió, pero quedó fenomenal dicha ante las cámaras. Ayer en cambio, el resultado fue muy distinto. Felipe ya sólo se convence a sí mismo y el espectáculo ni siquiera tiene la gracia de cuando su opinión importaba algo a los españoles. Hizo bien Ana Pastor en no emplearse en el castigo y hacer como que estaba entrevistando a un tipo interesante.

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