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Así fue Eurovisión: trajes imposibles, actuaciones olvidables y fallos técnicos

Cada festival nos ofrece una oportunidad de presenciar bochornos de manual año a año. Al menos, es divertido.

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Cada festival nos ofrece una oportunidad de presenciar bochornos de manual año a año. Al menos, es divertido.
Participante de Letonia | EFE

Comenzó el festival diecinueve minutos tarde y duró exactamente veintitrés minutos más del horario previsto. Cerca de la una de la madrugada Mans Zelmerlow, el cantante sueco, volvía a entonar en el escenario del Stadhalle de Viena su "Heroes" como corresponde al ganador de cada festival. Terminaba un certamen que, efectivamente, cada vez está más devaluado, cada vez es más ridículo y en el que cada vez te invade con más energía la sensación apetecible de apagar la televisión mucho antes de que termine.

En esta edición de 2015 las tres primeras canciones han sido Suecia, Rusia e Italia, las canciones que desde principios de marzo están en las apuestas en la zona de arriba. Es decir, nada nuevo. En esta edición del festival actuaciones olvidables, penosas algunas y, en general, un nivel ínfimo de canciones. Salvando las tres del podium, más Australia, Georgia, Estonia. De ahí, la diferencia abismal entre el primero y el tercero, entre el tercero y el cuarto y ya no te cuento, entre el quinto y el séptimo. Del décimo al último, 60 puntos de diferencia. Cinco países con menos de diez puntos y dos participantes, Alemania y Austria con cero puntos.

En el maratoniano certamen vimos de todo. Cinco momentos para el absurdo más absoluto. Los vestidos imposibles de las cantantes griega y letona, la primera por escotado y porque cada vez que se agachaba o movía en exceso aquello se tambaleaba hasta poner en peligro el mantenerse en su sitio. La segunda porque el vestido no le permitía moverse ni un ápice.

Hemos visto a un cantante, el montenegrino, una mezcla de Jorge Negrete y Tino Casal esperpéntico, sólo salvado, como no, por la cantidad de votos de las repúblicas ex yugoslavas, el auténtico tongo de cada edición del festival. Hemos visto en esta edición, incluso, a unas cantantes húngaras capaces de volverte loco y tener la tentación de ver con más voracidad el debate político más tedioso.

Momentos culminantes dentro del absurdo fueron los cuatro fallos técnicos que evitaron que Georgia, Portugal, Estonia y Azerbayán dieran sus votos a la primera. Afortunadamente se recuperaron después pero siempre sabiendo ya algunas de las puntuaciones por lo que hubo un baile de votos y un despiste generalizado bastante evidente.

No podía faltar en este festival lo mencionado antes. No por cansarnos de hacerlo se va a hacer menos pesado. Lo es y lo peor es que tienen razón los que cada año desautorizan y ridiculizan este festival cada vez más expuesto a la injusticia del televoto. Edurne no era ni de lejos la mejor canción. Ni siquiera optaba por estar entre las cinco primeras pero en las encuestas se había colocado novena antes el festival. Claro, que en los sondeos previos a la gala participan periodistas especializados que luego no votan el día clave. Por eso nunca fueron fiables estas muestras.

Sí lo son en países que van a estar apoyados en masa por otros de alrededor. Era fácil, al margen de la evidente calidad de la canción, que Suecia y Rusia iban a ser las dos primeras y que Italia podía estar ahí. Es evidente que España no lo va a estar ni lo estará nunca a este paso y si sigue, que seguirá, este sistema de votación.

La vida sigue igual, o no tanto porque, aunque el guión general sea casi idéntico, cada festival nos ofrece una oportunidad de presenciar bochornos de manual cada año. Al menos, es divertido.

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