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No había juerga en la casa de Paco Martínez Soria

Su nombre ha sobrepasado el tiempo y está en la memoria de millones de españoles.

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Su nombre ha sobrepasado el tiempo y está en la memoria de millones de españoles.
Paco Martínez Soria | Archivo

Paco Martínez Soria es un caso sorprendente en la historia del cine español pues, fallecido hace treinta y cuatro años, a la edad de ochenta, muchas de sus películas son continuamente emitidas por distintos canales de televisión, sobre todo en "Cine de barrio", de TVE. Lo cual significa que varias generaciones se siguen regocijando con sus interpretaciones cómicas, en las que abundan aquellas con papeles de paleto pueblerino e historias agridulces que suelen tener un final feliz. No ha sido olvidado, por lo tanto.

Dos aragoneses, paisanos del actor de la boina, Gabriel Lechón (director) y Pablo Urueña (guionistas) acaban de concluir un documental sobre Paco Martínez Soria, donde se cuentan pasajes de su vida, se recuerdan sus películas y aparecen entrevistados algunos de los compañeros que aún quedan entre los que lo conocieron y trabajaron a su lado. Estos cineastas han querido, aparte de brindar un homenaje al popular actor, demostrar que fuera de la escena y la pantalla era un hombre totalmente distinto. Los públicos, sobre todo aquellos de condición sencilla e ingenua, llegan a veces a confundir al personaje y a quien lo representa. Otra de las propuestas del documental es demostrar que también se había curtido en el teatro clásico y no sólo en los sainetes y comedias astracanescas. En lo que no descubren nada, pese a su pretensión, es en señalar que el autor de La ciudad no es para mí, el mayor éxito de Paco Martínez Soria, tanto en teatro como en cine, que firmaba con el seudónimo de Fernando Ángel Lozano era nada menos que el director de la Real Academia de la Lengua, Fernando Lázaro Carreter. Cierto. Pero ello ya figura desde hace bastantes años en varios diccionarios del mundo del espectáculo y yo mismo, si se me perdona la cita, lo escribí en el volumen 4 de mi serie Los cómicos, editada por Royal Books en 1996.

El precio de la risa es el título de este documental hagiográfico sobre Francisco Martínez Soria (Tarazona, 1902 – Madrid, 1982), que parece responder al sacrificio que hizo el actor, tan enfrascado en su carrera, que le alejó muchas veces de su familia. También la displicencia que adoptó ante las críticas negativas que recibió tras el estreno de la mayoría de sus películas y hasta de colegas suyos que, como yo mismo escuché más de una vez, lo catalogaban como "el peor de nuestros actores". Ni era un Laurence Olivier de la escena (lo que nunca pretendió) ni tampoco un "cuentachistes de tres al cuarto". Simplemente explotó su vena cómica, sirviéndose de comedietas antiguas de autores del pasado, tales como Muñoz Seca, Abati, Pérez Fernández… Eran de infalible éxito populachero. Y él tenía muchas facultades en el escenario (lo que luego trasladó a la pantalla) para provocar las carcajadas en el respetable.

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En la comedia El calzonazos | Archivo

Teniendo compañía propia, las ganancias que obtuvo con las representaciones de Anacleto se divorcia, El abuelo Curro y La tía de Carlos entre otros títulos, fueron considerables y le permitieron adquirir en 1955 el teatro Talía, en el Paralelo barcelonés. Sabía administrarse, acaso porque procedía de una humilde familia que se asentó en la Ciudad Condal cuando él contaba sólo cinco años. Tuvo que trabajar de mozo como dependiente en una tienda, luego fue representante de comercio, y en sus horas libres formaba parte de grupos teatrales de aficionados. En 1930 se convirtió en actor profesional y un decenio después, gracias a un préstamo, montó compañía propia. Los escenarios fueron su vida, pero es el cine quien le ofrece ser uno de los actores más conocidos en nuestras pantallas a partir de que en 1965 se realizara la versión fílmica de La ciudad no es para mí. Fue alternando después temporadas teatrales con más películas siguiendo las pautas principales de la citada; esto es, un arquetipo, el hombre de pueblo que llega a la ciudad, poco ilustrado pero de sabiduría natural; o el supuesto calzonazos de la familia. Guiones nada complicados en los que él era protagonista absoluto. Con una fábula siempre en los instantes previos a la palabra fin: ¿Qué hacemos con los hijos?, Abuelo made in Spain, El turismo es un gran invento, Don Erre que erre, Hay que educar a papá, El abuelo tiene un plan, Estoy hecho un chaval, El padre de la criatura… La tía de Carlos, otro de sus mayores éxitos escénicos cerró en su versión cinematográfica en 1981 su filmografía de cerca de cuarenta títulos.

En el documental que comentamos se hace hincapié en que no le gustaba que nadie le hiciera sombra en los repartos, por lo que revisaba meticulosamente su papel principal y el de los demás. Rafael López Somoza, uno de los más grandes cómicos de antes de la guerra civil, fue su maestro; en su compañía se forjó un primerizo Martínez Soria. Pues, bien: cuando a aquél le vino la decadencia, porque nadie lo contrataba, pidió ayuda a su antiguo protegido. Y éste, sí, le abrió los brazos, le dio trabajo, pero siempre en personajes que no oscurecieran el suyo. Que siempre, insistimos, era parecido, o por lo menos él se hartó de exagerar con sus repetidos gestos, los tonos de voz de cierta cadencia aragonesa, su tierra, las caracterizaciones…

Al fin y al cabo, se había inventado un personaje: él mismo pero con boina. También lo hicieron a su modo y manera desde Mario Moreno "Cantinflas" o en tiempos más recientes Lina Morgan. Eso sí: en la calle, don Paco, como lo llamaban, vestía sobria pero elegantemente, encorbatado, con sombrero, gafas, pañuelo sobresaliendo de su americana… Apenas nadie lo reconocía. Me contó: "Mire usted, tomo café todos los días frente al teatro Eslava, donde actúo. Ninguno de los camareros sabe quién soy, desde luego no me identifican con el que enfrente bebe en porrón de vino y habla con acento maño". En el escenario no necesitaba director. Corría con esa responsabilidad. Combinando una constante interpretativa: el ternurismo con el retruécano.

Casado con Consuelo Ramos tuvo tres hijas y un varón, éste padre escolapio en el Monasterio de Poblet, que en El precio de la risa dice sobre su padre que cuando llegaba a casa procedente del teatro se acababa la juerga, pues imponía su acostumbrada seriedad en familia. Es algo común entre los cómicos, a los que el vulgo cree que siempre están contando chascarrillos y se les puede en cualquier momento pedirle uno. Lo que no equivale a pensar que fuera hombre áspero: todo lo contrario, afable con los periodistas –así lo constaté más de una vez-, cortés, que sólo tenía una pasión al margen del teatro, y era su desmesurada afición al fútbol y las quinielas. En su camarín tenía un televisor encendido cuando se retransmitía algún encuentro y no se perdía ninguna jugada hasta que le llegaba la hora de salir a escena. Dejó grabados algunos discos, dirigidos a la grey infantil, uno de los cuales, compuesto por Juan Pardo, tuvo bastante difusión: "Capitán de madera".

De su vida privada se sabía poco por no decir nada, aparte de esos datos mencionados de su familia. Vivía, cuando hacía temporadas en Madrid, en un lujoso apartamento frente a la Audiencia Nacional. Solo. Aunque me contaron que discretamente tuvo más de una aventura femenina, la última incluso poco antes de morir el 26 de febrero de 1982. Las primeras imágenes del documental El precio de la risa se han dado a conocer el pasado 13 de agosto en la inauguración del Festival de Cine de Comedia de Tarazona de Aragón. Sus responsables confían en estrenarlo pronto en la madrileña Cineteca del Matadero y por supuesto allí donde en toda España les sea posible. Sin duda, Paco Martínez Soria se merecía este reconocimiento, por encima de ociosas discusiones de si era buen o mal actor. Porque lo indiscutible, como queda harto expresado, es que su nombre ha sobrepasado el tiempo y está en la memoria de millones de españoles.

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