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Un tipo de Júpiter y la explosiva Bea le hacen la noche a Chicote

Un cocinero que dice ser de Júpiter y una explosiva y nerviosa propietaria le hacen el programa al chef Chicote. 

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Un cocinero que dice ser de Júpiter y una explosiva y nerviosa propietaria le hacen el programa al chef Chicote. 
Chicote, resignado ante Bea y Juan Carlos | La Sexta

"Vengo de Júpiter, conseguí salir del aro de Júpiter y aquí estoy". No, no es de la nueva novela de Douglas Adams, son palabras del cocinero de El Rey Resto Bar, un negocio ubicado en la calle principal de Balsicas, en el Mar Menor, y regentado por una madre y dos hijas inmersas en plena guerra de poder, incapaces de entenderse entre ellas. Y decimos entenderse entre ellas, pero sobre todo con Juan Carlos, un chef que a falta de un término mejor denominaremos como un tipo muy especial y con -atención- su propio concepto de despido libre: el tipo se ha echado a sí mismo quince veces en tres meses.

El problema, sin embargo, no puede ser él. Ubicado en la calle principal de un pueblo murciano y una carta en inglés destinada a llamar la atención de los guiris de los campos de golf colindantes, el Resto Bar tiene más pretensiones que otra cosa. Pero he aquí que, sorprendentemente, Chicote no pone muchos peros a los platos. Las gambas muy correctas, el bacalao perfecto y una hamburguesa Angus digna de llamarse así. La limpieza, bien, gracias: estamos ante una de las pocas Pesadillas en las que Chicote no saca porquería con el dedo. El problema tiene que estar en otra parte, Sherlock.

Y, lo adivinan, está en los bandos enfrentados entre las dueñas y el cocinero… pero también entre ellas mismas. María es la madre y rechaza mandar; Bea es una experta en cafeterías con un carácter explosivo; Silvia una administrativa que no aporta nada y solo molesta. Las dos bellas hermanas, combinadas, son letales como ataque Pikachu, regalando respetables cotas de maltrato psicológico en tono soprano. No hay que culparlas, al menos no del todo: a Juan Carlos hay que darle de comer aparte, pegando las comandas con saliva y abroncando a los clientes que rechazan su ensalada lacia. ¿Les hemos dicho que se ha despedido quince veces? Creo que sí.

Es hora de sacar el lado coach. Chicote llevó a las chicas a la playa para enseñarles el valor del trabajo en equipo y, de paso, generar una estampa digna de un cuadro del Moma, o quizá de una contraportada de Paulo Coelho. Las tres chicas flotando en barca hacia el horizonte, con el chef mirando desde la orilla mientras les apaña la consabida reforma en el local.

Solucionado el asunto familiar, queda la crisis final antes del desenlace, y aquí es cuando llega Juan Carlos perdiendo la fresa que le quedaba entre los fogones. Llega la hora de la verdad y la inexperta Bea coge las riendas del tema, despidiendo al cocinero que saboteaba el invento de manera fulminante. Con Silvia, hasta ahora tan callada, tomando el control de la cocina, todo comienza a funcionar como la seda en El Rey, y nosotros a dormir tranquilos. Pero cuidado: Juan Carlos anda suelto por Murcia.

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