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Antiguos niños de San Ildefonso desmontan algunos mitos en torno al Sorteo de Navidad

Un encuentro con niños de San Ildefonso de diferentes años desvela falsos mitos en torno al Sorteo de Navidad.

Kelu Robles
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Antiguos niños de San Ildefonso desmontan algunos mitos en torno al Sorteo de Navidad
Así se preparan los niños de San Ildefonso para la Lotería de Navidad
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¿Son huérfanos desprotegidos que duermen en una gran habitación dickensiana? ¿Reciben siempre carísimos regalos de los ganadores del Gordo? ¿Cobran alguna remuneración por su trabajo durante todo el año en la Sociedad Estatal Loterías y Apuestas del Estado? Los niños de San Ildefonso se cuelan en nuestras casas para anunciarnos la Navidad pero sus confidencias revelan circunstancias poco conocidas.

A sus 10 años Nerea ignora que está viviendo una infancia radicalmente distinta a la mayoría de jóvenes de su edad. Todavía no sabe que pertenecer al club de "Los Niños de la Suerte" es un hecho que llevará tatuado para el resto de su vida. Si una historia con tanto acervo trasciende hasta nuestro presente ¿por qué no sabemos cómo comenzó la tradición por la que estos niños nos cantan la lotería? Se hace el silencio en la sala de ensayos del internado de San Ildefonso, estamos ante la primera leyenda que le concierne. Con este interrogante inicial nos remontamos a hace más de 400 años, un periodo de tiempo que sus residentes y responsables llevan casi impreso con orgullo. Pedro Vázquez, que dirige esta especie de orquesta y coreografía pueril, ejerce como Jefe de Loterías del centro, maneja el tono y la rectitud de las espaldas de los desgarbados niños de San Ildefonso. Y se atreve a arrojar luz con una de las teorías –que se dicen, se comentan– sobre el origen de estos niños que cantan la lotería. "Antiguamente la lección se aprendía cantando. Tanto la tabla de multiplicar, como la historia de la ciudad. Estos pequeños recorrían las calles madrileñas exhibiendo sus habilidades y la gente adinerada les contrataba para cantar en entierros, inauguraciones y actos públicos". Mientras tanto, las sombras de la limosna y la caridad infantil se pasean de canto por esta versión de la historia.

Niños prodigio o trabajadores menores

Conscientes de que durante unas horas centrarán la atención de la mayoría de españoles, estos pre adolescentes sacan a relucir ante los medios su faceta más profesional. Los treinta y tres jóvenes de entre 9 y 14 años que participan el 22 de diciembre en el sorteo de Navidad continuarán ejerciendo su labor por otros puntos de la geografía española durante todo el año, colaborando también cada jueves y cada sábado en los sorteos ordinarios de la Lotería Nacional, aunque en estos no cantan. "Cobrábamos dinero entonces y vosotros también lo cobráis ahora". Fernando Vázquez cantó el Gordo en 1954 e informa a Iván Quintero, que con sus 17 años de edad todavía ignora cuánto dinero ha ganado con los trabajos que ha realizado hasta la fecha.

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A la cita van llegando el resto de niños –no tan niños ya– de San Ildefonso convocados para esta reunión nostálgica. Cada uno de ellos comenta el año en el que cantó el Gordo. Pero de los casi no se hace historia y eso Alfredo Pérez lo sabe. "Estábamos en 1969 y no llegué a cantar. Todos los niños enfermaron con gastroenteritis y se me abrió la posibilidad de hacerlo. Ensayos a última hora, nervios, pruebas de vestuario...Todo para nada, al final mis compañeros se recuperaron a tiempo". Alfredo se quedó sin cantar el Gordo. Esta institución custodia historias de orfandad y pobreza, sobre todo en sus inicios. "Pertenecer al colegio también era una credencial, las empresas acudían al internado para buscar trabajadores porque sabían que éramos disciplinados" explica Fernando Vázquez, mientras sigue contrastando sus circunstancias de aquel 1954 con las de Iván, el joven de 17 años que cantó el Gordo en 2010, cuando España se hizo con la Copa Mundial de Fútbol. Anteriormente conocidos como "Niños Doctrinos", recibían ya en el siglo XIX formación en materias como solfeo o esgrima. De historias de botones que se convierten en constructores, como la de Fernando Vázquez (77), o la de Gregorio Fernández (38), que aprendió mecanografía en el centro y hoy ejerce como ingeniero informático.

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Somos más avariciosos

Con su metro noventa de estatura, a Antonio Rebollo todavía se le ajusta a la perfección el reloj de mano que un premiado le regaló hace cuarenta y dos años. "En aquel sorteo no se nos pidió cantar con alegría, como normalmente se hace. En esa ocasión nos ordenaron hacerlo con una seriedad y tristeza absolutas". El sorteo se realizó un 20 de diciembre, corría el año 1975 y se cumplía un mes de la muerte de Franco. "Fue un sorteo muy accidentado", recuerda Antonio. Un niño tuvo que ser sustituido por cansancio y uno de los bombos que se estropeó tuvo que ser accionado manualmente. En cuanto a obsequios se refiere, Antonio ha sido uno de los más afortunados. "Me ingresaron medio millón de pesetas –3 mil euros–, me dieron este reloj que lleva grabado el número premiado y fui invitado a un viaje por el País Vasco".

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Llevarse el primer premio de la Lotería de Navidad suponía antiguamente una mayor ganancia en comparación a la actual. El auténtico subidón económico llegó en 1977, cuando se pasó de ganar siete millones y medio de pesetas –45 mil euros– por décimo a unos lustrosos veinte millones de pesetas –120 mil euros–, cantidad con la que se podían adquirir entonces más de cuatro pisos en una capital española.

De regalos de medio millón de pesetas –tres mil euros– en 1975, a un vale de 100 euros en compras,como recibió Nicole el año pasado por cantar el Gordo. Iván, de 17 años, se queda con el recuerdo de cómo en 2010 a la pregunta de los periodistas "¿Qué te gustaría que te diesen?" su respuesta hoy sería viral: "O las gracias, o un piso en Valencia". El pensamiento de Iván va más marcado por los minutos que copó en televisión los días después del sorteo que por los regalos que pudo obtener.

En cuanto a avaricia se refiere, el año 1992 se llevó la palma. "Ningún agraciado quiso regalarnos nada".El excolegial Gregorio Fernández recuerda con gracia cómo precisamente el año que se celebraban los Juegos Olímpicos de Barcelona, el premio también caía en la Ciudad Condal. "No recibir ningún obsequio por parte de los premiados era algo que nunca ocurría." Hasta entonces.

La "relación" entre los premiados y los niños del San Ildefonso es otro mito. Según Rosario Fernández, directora de la residencia, si algún agraciado quiere ponerse en contacto con los niños, la institución actúa como intermediario. "El encuentro personal entre ambos rara vez ocurre y los pequeños no conocen la identidad de los agraciados" –a no ser que el premiado se encuentre en el propio salón de sorteos, como ha ocurrido en diversas ocasiones–.

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¿Son huérfanos o no?

Los niños que actualmente cantan en el sorteo de Navidad están internos en la residencia de San Ildefonso, pero puede que no sean huérfanos. Los servicios sociales estipulan quién sí y quién no puede acceder a este servicio de residencia pública de menores. La relación entre la organización del sorteo y las circunstancias personales de los niños se ha ido modificando a lo largo de los años. En primer lugar se trataba de un centro masculino –hasta 1981–, en segundo, sólo admitía a huérfanos –de padre, madre o ambos– y, en tercero, éstos debían haber nacido en Madrid.

A pesar de que los niños llevaban dedicándose al cante de sorteos desde 1771 –apunten la fecha los amantes de los números capicúas– con Carlos III reinando, no fue hasta 1812, con las Cortes de Cádiz, cuando se celebró el primer sorteo de la conocida entonces como "Lotería Moderna" –hoy nuestra Lotería de Navidad–, creada para aumentar los ingresos del erario público sin perjudicar al contribuyente. Hoy en día San Ildefonso está partido en dos como consecuencia de la división de competencias entre educación –a través de su colegio público, que pertenece a la Comunidad de Madrid– y la residencia-internado, que es competencia del Ayuntamiento. Esta circunstancia ha ido modificando el perfil de los niños que participan en el sorteo de la Lotería de Navidad. "La mayoría de las veces era tan complicado ser admitido que se necesitaba ir con una recomendación, como la de un obispo, como fue en mi caso, a pesar de ser una institución laica" relata Fernando (77) a sus compañeros presentes en este encuentro nostálgico donde se funden las historias de anécdotas con las referentes a la organización del centro.

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El perfil de los niños se ha ido modificando con el tiempo. "Nada nos agravia tanto como ir contra nuestras costumbres" –apuntaba un ilustrado Montesquieu–. También la suerte institucional ha cambiado en sus maneras. Desde Loterías y Apuestas del Estado se pasó de imprimir los números del sorteo de Navidad en simples papeletas a hacerlo en bolas de madera de boj en 1913, con tres gramos de peso cada una y, hoy sí, talladas con láser. De la misma manera que las costumbres cambian con el paso del tiempo, los recuerdos también lo hacen. Unos emocionados Fernando (77), Alfredo (57), Antonio (55), Gregorio (38) e Iván (17) comprueban cómo el recuerdo puede agrandar y empequeñecer los espacios y los acontecimientos. De cómo hace 60 años aquellas paredes acogían hileras de camas a modo de pabellón, a las habitaciones que hoy en día conceden cierta intimidad a sus escolares internos.

En esta carrera de relevos, una bola de la suerte adopta el papel de testigo. Y desde que un tal Diego López cantara en aquel sorteo de 1771, hasta que Nerea, Josué, Yanisse o Aya también lo hagan el próximo 22 de diciembre, la historia y el mito del colegio de San Ildefonso seguirán abriéndose paso para seguir vertebrando su –y nuestra– peculiar historia.

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