
¿A dónde creían que iban las cinco parejas cuando firmaron los contratos para protagonizar la décima edición del programa? Desde luego, no a un show televisivo diseñado para entretener a la audiencia con sus traiciones mutuas, que eso, y no otra cosa, es La Isla de las Tentaciones. Al parecer, ellos iban a disfrutar de unas vacaciones pagadas por Telecinco en un entorno lujoso sin asumir ningún coste personal. El bofetón de realidad, en consecuencia, está siendo grandioso.
Gran parte de culpa en este tremendo malentendido la tiene la presentadora, Sandra Barneda, que insiste a cada momento en que la experiencia de la isla va a ser dura, sí, pero sanadora y valiosísima para la vida futura de las parejas participantes. Este enfoque ridículamente trascendente ha tenido éxito entre los concursantes, de manera que ahí los tenemos, llorando como mocosos y brindando espectáculos de auténtica vergüenza ajena en lugar de ponerse a cornear, que es lo que todos esperamos de ellos.
A estas bajuras del programa parece claro que la primera pareja en romperse va a ser la que forman Laila y Atamán. Los nombres de ambos ya nos sugieren que eso no puede durar (¿Atamán?, ¿Laila?, ¿Estamos locos o qué?) y la actitud de los dos, especialmente de ella, nos permite asumir, sin riesgo a equivocarnos, que los primeros cuernos imperiales los tendrán a ellos como protagonistas. Al pobre muchacho ya se le ve en la cara que no las tiene todas consigo, lo que nos lleva a plantearnos cómo es posible que estos dos lleven como pareja la friolera de 11 años. La bella Laila, además, tiene una indudable proyección mediática. La veremos de tentadora en sucesivas ediciones y se llevará por delante a todo el que se proponga. Guarden este párrafo.
En las últimas ediciones todo se descontrolaba ya bien avanzado el show, cuando las cornamentas recién estrenadas se convertían en una carga insoportable para los ingenieros y las catedráticas. Ahora todo ha empezado a irse al carajo prácticamente desde el primer programa, toda una muestra de la inmadurez de unos personajes que no han entendido cuál es su papel aquí.
No queremos ver a parejas llorando y diciéndose "te amo" a escondidas de la "seño" Barneda. Eso es dinamitar la esencia de un programa de entretenimiento, diseñado para que los espectadores nos divirtamos asistiendo a estas escenas ridículas como si estuviéramos en la isla nosotros también. Después de numerosas cornadas de distinta consideración, traiciones, carreras histéricas por la playa e irrupciones violentas en la otra casa, todo volvía a su cauce y había parejas que incluso decidían salir juntas, más enamoradas que nunca.
Pero llevamos tres programas de la décima edición y aún no hemos visto nada de esto. Nuestra paciencia se agota y Sandra tendría que evitarlo. Hay que expulsar a Mar y Cristian, que no dan ningún juego y ni siquiera tienen gracia. A la puñetera calle. Y que nos traigan a una pareja divertida dispuesta a todo (digo, "a todo") para darle vida a un programa que se está volviendo hasta aburrido.
Y si la Barneda deja de fingir que se toma en serio el programa y abandona su fea costumbre de hacer psicoterapia con los pardillos, mucho mejor.

