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Jesús Fernández Úbeda

Antonio Benedetti, el sabio del castillo de Villafranca di Verona

Aquí no he venido a hablar de un viaje de prensa, sino a celebrar la pasión serena y el instinto humilde de un hombre sabio.

Aquí no he venido a hablar de un viaje de prensa, sino a celebrar la pasión serena y el instinto humilde de un hombre sabio.
Castillo de Villafranca de Verona. | Facebook: Villafranca nella Storia - Il Medioevo rivive al Castello

De todos los, digamos, cohechitos que suele aceptar un periodista –citemos aquellas palabras atribuidas al director de Pueblo, Emilio Romero: "Yo no me vendo, me alquilo"–, el de los viajes es uno de los más blancos y honrados: te llevan a un sitio por la patilla, te tratan como un rajá y tú, después de haber pasado un día o varios de fruta madre, vas y escribes un reportaje sobre ese destino como si fuera una delegación del Jardín del Edén. En general, cargado de motivos y lógica y ampliamente satisfecho. Es un win win cojonudo: el informador disfruta de una experiencia laboral y personal fantástica; el interesado, de una evangelización turística útil y, en teoría, rentable –si bien, recordemos con Homer Simpson, que "en teoría funciona hasta el comunismo. En teoría…"–.

Un simple, inesperado y placentero giro del destino me colocó en un viaje de prensa a Verona organizado por Volotea y por la oficina de turismo de la ciudad. Razón: la aerolínea ofrece una nueva ruta entre Madrid y la hermosísima capital del Véneto. Así, desde el 5 al 8 de abril, un grupo de periodistas españoles fuimos agasajados por un personal educado y culto que nos alojó en un hotel fabuloso, el Colomba d'Oro, sito a un par de minutos a pata de la Arena, y con el que visitamos la montañosa Lessina; el imponente Castillo de Soave y las bodegas de la localidad; el Lago de Garda y el lujoso Aqualux Hotel –su nombre dice mucho sobre él– de Brandolino, etcétera. Todo más que bonito, mejor que bueno y más o menos asequible. Muy, muy recomendable, de verdad. No teclea estas líneas un estómago agradecido. O no sólo.

Sucede que mi reino no es de este mundo; que, para hablar de viajes en esta casa, están las voces expertas de Carmelo Jordá y David Alonso. Aquí he venido a hablar de otra cosa. A celebrar la pasión serena y el instinto humilde de un sabio. Responde al nombre de Antonio Benedetti y es el arquitecto municipal de Villafranca di Verona –ciudad en la que, por cierto, tiene su sede Calzedonia–. Nos enseñó el Castello Scaligero, una fortaleza defensiva que Shakespeare mencionó en Romeo y Julieta. Lejos del tono funcionarial, el tal Benedetti traspasó la barrera de lo profesional, de la faena de aliño, y nos habló del lugar como esos profesores de Hollywood que, enamorados de la asignatura que imparten, intentan inocular su amor por ésta a sus alumnos. Dominando la materia, libre de imposturas, sin incurrir en la pedantería. Haciendo, incluso, inteligible un relato cargado de datos para una tropa que no controlaba en exceso el italiano –lengua que, contra el tópico, es prima, pero no hermana de la nuestra–. Un crack, vamos.

Sé poco más de Antonio Benedetti. Tiene una monografía muy interesante sobre el Castillo de Villafranca di Verona. Finiquitada la visita, le di las gracias, me contó sobre una asociación cultural y hasta luego, Lucas. Va un último apunte: recorriendo el complejo, me fijé en un cacharro bastante raro. Era una especie de jarrón oscuro con la forma de un ave galliforme. Del costado del bicho representado, salía una segunda cabeza. Le pregunté al arquitecto municipal para qué servía y, franco, me respondió que no tenía ni idea, que ya me diría. Horas después, me trasladaron un mensaje suyo: "Es un aguamanil, para lavarse las manos, normalmente, antes de comer. Se ponía agua, perfumada con pétalos de flores, en general, rosas". Lo dicho: qué gusto da cuando la tropa, motu proprio, va más allá. Bendito sea Antonio Benedetti por transmitir esta vocación suya con semejante naturalidad y maestría. Espero que el Ayuntamiento le suba el sueldo.

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