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De Nueva York al Amish County o del S XXI al XVIII en 300 kilómetros

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Muchos de mis lectores ya sabrán que Nueva York fue el destino del viaje más largo de mi vida (y seguramente el más hermoso) puesto que pasé dos meses en la Gran Manzana hace ya unos años, demasiados. Les contaré más cosas de aquellas maravillosas semanas (y algo pueden leer entre los primeros artículos de este blog) pero hoy quiero hablarles de uno de los pocos días que pasé fuera de la gran ciudad, cuando fui a Pensilvania a conocer el Amish County, una de las zonas de los Estados Unidos en los que hay un número significativo de miembros de esa curiosa rama de los menonitas que saltó a la fama mundial con Único testigo.

No voy a engañarles, el recuerdo de esa película (una de mis favoritas durante mi infancia y adolescencia) era una de las razones que me impulsaron a elegir ese destino, pues la zona que pensaba visitar era, precisamente, donde se había rodado buena parte de ella. Los otros motivos eran más prosaicos, por así decirlo: se encuentra a una distancia razonable de Nueva York para una excursión de un día y, desde luego, tiene ingredientes de sobra para ser interesante.

Así que embarqué en el proyecto a un par de compañeras de la academia de inglés a la que asistía (sobre todo para que el alquiler de un coche no me resultase tan caro) y allá que fuimos un peculiar grupo compuesto por una coreana, una encantadora chica suiza y su novio de nombre Rafael (lo recuerdo por lo extraño que resultaba en un suizo y lo sorprendente que era pronunciado por su pareja) y un servidor de ustedes.

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Por supuesto, lo más peculiar del Amish County y lo que lo ha hecho un destino turístico de cierta relevancia es contemplar a los miembros de esta secta, que como ustedes sabrán tienen un modo de vida que se ha quedado anclado dos o tres siglos atrás: reniegan de inventos "modernos" como la electricidad o los motores, viven en granjas trabajando el campo, se desplazan en carros tirados por caballos...

Todo esto les ha hecho ser una pequeña atracción, en la mayor parte de las ocasiones para su disgusto, pero desde luego resulta extremadamente chocante contemplarlos, sobre todo porque los amish no viven aislados en una zona, sino que sus granjas están situadas entre pueblos en los que vive gente "normal", si me permiten el uso de esa palabra para que podamos entendernos, así que sus peculiares costumbres, su particular forma de vivir la vida, transcurre entre personas cuyo modo de vida es completamente normal, entre coches tiendas y camiones como los que todos estamos acostumbrados a ver. No es que llegados al Amih County entremos en un mundo que es como el de hace dos o trescientos años, sino que en Pensilvania conviven, con aparente naturalidad y desde luego bien mezclados, el S XVIII y el XX.

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Así, vemos como en los semáforos un enorme camión de brillantes colores espera detrás de un pequeño carruaje tirado por un caballo, o unos campos arados con un tractor preceden a otros en los que un hombre sólo labra la tierra con la fuerza de un arado tirado también por un animal; las tiendas tienen Coca Cola y Pringels y en los tenderetes que algunos amish ponen en sus granjas ofrecen una extraña Root Beer (con bastante más de root que de beer) y unas deliciosas patatas fritas absolutamente caseras.

La gente era educada y amable, muy diferente al estandar neoyorquino (no es que los de Nueva York no sean amables, pero es otro tipo de trato), recuerdo, por ejemplo, a una mujer mayor que nos sirvio una sabrosa comida en un restaurante local, con un uniforme de camarera que parecia más apropiado para alguien treinta años más joven pero con una simpatía sincera y algo pueblerina, francamente encantadora, entrañable.

Este espectáculo humano, por así decirlo, es como les digo la atracción principal, pero a mí me gustó mucho el paisaje, ese paisaje que se entreveía en Único testigo y que me pareció de una belleza muy peculiar, casi tan poco común como los propios amish. El campo era una un terreno básicamente plano pero coronado por suaves colinas de campos de labranza en cuya cima solía encontrarse la granja amish: grandes casas de madera con un granero cercano. En las vaguadas entre colinas pequeños riachuelos de aguas cristalinas y rodeados de vegetación marcaban líneas verdes que rompían la monotonía y, de alguna forma, refrescaban el conjunto.

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Era un paisaje tranquilo, humano, que transmitía una inequívoca sensación de paz (supongo que más fuerte aun por el contraste con Nueva York), y que recorríamos por estrechas carreteritas con ligera capa de asfalto, más que suficiente, supongo, para los carruajes con los que nos cruzábamos cada cierto tiempo.

PD.: Una de las normas de los amish que más problemas les causa es que no pueden hacer ni dejarse hacer fotografías, como persona educada que soy respeté ese principio y por eso no puedo ofrecerles ninguna imagen con ellos; como les decía hace un par de artículos, hay ocasiones en las que debemos sabar guardar la cámara.
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