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El Frente del Agua o cómo se vivió, y se luchó, la Guerra Civil

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Por suerte o por desgracia –no nos engañemos, más bien por lo segundo- la Guerra Civil es un acontecimiento que los españoles seguimos teniendo muy presente. No quiero entrar mucho en la cuestión, ya que este blog viajero no es espacio para ella, pero la verdad es que uno echa de menos que podamos acercarnos a este acontecimiento crucial en nuestra historia de una forma menos apasionada, más curiosa, menos sentimental o política y más con deseo de aprender.

Afortunadamente, hay algunos lugares en los que hacer esto, y encima combinándolo con la afición viajera que sé que ustedes disfrutan-sufren (tache el querido rector lo que proceda).

Uno que he descubierto recientemente es lo que han llamado el Frente del Agua, que fue objeto de una de mis peroratas histórico viajeras en el Sin Complejos de Luís del Pino. Se trata de una serie de posiciones fortificadas agrupadas en un espacio relativamente muy pequeño y muy visitable: perfecto para ser objeto de una excursión familiar en la que disfrutar, aprender y tener un agradable contacto con la naturaleza.

Dónde y por qué

Pero antes de continuar tengo que explicarles un poco la historia, que empieza al principio de la Guerra Civil, cuando la Batalla de Madrid se ha estabilizado y tanto republicanos como nacionales se dan cuenta de que no van a poder vencer de forma rápida al enemigo. Los dos bandos empiezan a evaluar otras opciones y ambos coinciden en que hay algo esencial que quizá podría inclinar la balanza: el agua; concretamente los embalses de El Villar y Puentes Viejas, en la Sierra Norte, a una cincuentena de kilómetros de la capital y que eran los que suministraban el 90% del agua que se consumía en la ciudad.

Así que allí se establece un frente que ambos contendientes consideran importante y que rápidamente se llena de trincheras y fortificaciones improvisadas. Paradójicamente –o no- el frente se estabiliza y los dos bandos empiezan a mejorar esas fortificaciones y esas trincheras y, bien sea precisamente por lo bien preparados que estaban unos y otros, bien por cualquier otra circunstancia que desconozco fue un sector relativamente tranquilo de la línea que separaba las dos Españas.

Supongo que esta situación relativamente pacífica ha contribuido a que una serie de elementos a lo largo de todo el frente hayan llegado a nuestros días, en algunos casos en un estado de conservación impresionante. Además, este conjunto ha sido catalogado y recuperado por la Dirección de Patrimonio de la Comunidad de Madrid, que ha desbrozado, limpiado y en muchos casos incluso desenterrado las construcciones y las ha unido en una ruta que, como les decía, es muy cómodo visitar.

Siete kilómetros en plena naturaleza

La ruta se inicia en Paredes de Buitrago, un pequeñísimo pueblo de la Sierra Norte de Madrid, a unos 60 kilómetros de la capital y muy cerquita de Buitrago de Lozoya, que por cierto es otro lugar que vale la pena visitar. En la propia plaza del pueblo encontramos el primer cartel indicador que nos da la información básica del paseo que nos vamos a dar.

Se puede seguir a pie, en bicicleta, a caballo… incluso se puede hacer con carritos de niño –atentos los buscadores de planes familiares-. El camino, de unos siete kilómetros en total, es muy fácil y está bien indicado, además, en cada uno de los hitos encontraremos unos interesantes y muy explicativos carteles que nos ayudan a entender qué estamos viendo.

Lo mejor es que estos carteles no sólo nos aportan datos sobre lo que vemos, sino que también dan una información realmente llamativa acerca de aspectos de la Guerra Civil que no siempre están en los libros: especialmente sobre cómo era el día a día de los soldados en ese mismo frente. Realmente, y como esto no es habitual hay que decirlo, la empresa responsable –Reno Arqueología- ha hecho un trabajo excelente.

Dentro del nido

Precisamente, yo tuve la suerte de realizar la ruta con uno de los responsables de esta empresa: Juan José Cano, que trabajó en el proyecto desde su inicio y nos explicaba las peculiaridades arquitectónicas y militares de cada lugar con una pasión realmente especial.

Si se sigue el camino en el orden previsto, primero se pasa por la parte republicana, atravesando un hermosísimo pinar que no estaba allí durante la guerra, pero que lo cierto es que le da al entorno un aspecto de escenario de película bélica la mar de adecuado.

En esta primera parte se pueden ver tres refugios distintos. El ojo entrenado percibirá no sólo las fortificaciones sino también los restos de trincheras y de posiciones de tirador, aun visibles en muchas partes del bosque, aunque sea con cierta dificultad.

Después, se atraviesa la antigua línea del frente, que también está señalizada, y se empiezan a encontrar las fortificaciones de los nacionales. Es bastante llamativo como cada ejército tenía un sistema completamente distinto de organizar la línea de defensa, algo que los carteles explicativos nos ayudan a apreciar.

En algunos de los nidos de ametralladoras de los franquistas es posible entrar y sentir un poco de la claustrofobia -pero al mismo tiempo seguridad- que debían sentir los soldados allí, en guardias de horas a una distancia a la que veías perfectamente al enemigo.

En esta parte del frente se puede ver también los refugios para soldados que había cerca de las fortificaciones, e incluso un puesto de mando muy curioso de una bandera de Falange, que se conserva en un estado realmente sorprendente.

El camino completo se hace en unas dos horas y media, quizá tres, en un entorno natural realmente excepcional y muy agradable. En realidad estaremos dando un paseo por el campo con ese aliciente extra de acabar sabiendo un poco más, y de un modo muy cercano, de esa guerra que tanto ha marcado y marca nuestra historia y también, es importante, de los españoles que lucharon en ella.

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