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Encontrar el Titanic es (casi) posible en Belfast

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Tal día como este 31 de mayo pero de hace 104 años el mayor barco que se había construido hasta entonces era botado en los artilleros de Harland and Wolff de Belfast. Era parte de una serie de tres formada por el Olympic, el Britannic y el trasatlántico que se hacía al mar ese día y que sería el más famoso de los tres: el Titanic.

A pesar de su corta vida, se hundió como todos ustedes saben menos de un año después, o precisamente por ella, el Titanic no solo se ha convertido en el más famoso de los tres sino que es uno de los más conocidos de la historia de los mares.

Y a pesar de que su historia se ha asociado a la tragedia, el magnetismo de su nombre y el logro que supuso en su momento están siendo una especie de locomotora del orgullo local, algo que parece querer decirnos que Belfast ya no es esa ciudad de conflicto y bombas que usted conoció a través de los informativos de los 80 y los 90, sino la que fue capaz de construir el mayor barco del mundo.

La experiencia Titanic

Como parte señera de esa recuperación hace tres años y coincidiendo con el centenario de su hundimiento se abrió en Belfast una especia de museo alrededor del barco y su tiempo. Digo una especie porque no es lo que entendemos habitualmente por museo, es más una exposición, pero de carácter permanente y, créanme, con toda la ambición que requería la empresa.

Para ello incluso se ha erigido un edificio en los mismos muelles en los que fue construido el Titanic, un curioso y brillante armatoste con varias esquinas como proas que, al parecer, tiene exactamente la misma altura que tenía el barco. No es un estilo arquitectónico que me vuelva loco, pero hay que reconocer que la cubierta de un brillo metálico tiene cierto atractivo y no poca fotogenia bajo el sol –sí, el sol- de Belfast y es probable que también la tenga bajo las nubes y la lluvia.

La exposición es magnífica, trata no sólo de hablar del Titanic, sino de la Belfast que lo hizo posible: una ciudad industrial, rica, poderosa, en la que los astilleros daban trabajo a decenas de miles de trabajadores.

También nos cuenta como era el trabajo de esos obreros que hicieron uno a uno los incontables remaches del casco del Titanic, martillazo a martillazo en ocasiones en posturas inverosímiles. Unos obreros que se mostraban orgullosos de lo que también sentían como su obra.

El Titanic por dentro

Una de las partes más sorprendentes son aquellas salas en las que se nos describe, mejor dicho, se nos muestran, el lujo y la magnificencia del espléndido barco a través de reconstrucciones, de hologramas y de complejos y cuidadísimos montajes audiovisuales que les harán sentirse como si recorriesen los pasillos del malhadado navío.

No sólo se muestra el lujo: también las condiciones en las que se viajaba en tercera clase, que hoy nos pueden parecer duras –y lo eran, no nos vamos a engañar- pero que eran mucho mejores que la de la mayoría de los trasatlánticos de la época. Vemos las habitaciones, las vajillas, las salas de máquinas… todo aquello que hacía del Titanic una pequeña ciudad en movimiento y, especialmente, una ciudad habitada.

Las salas más tremendas son, sin duda, las que relatan el trágico accidente. Me gustó la acumulación de datos y testimonios, pero sin agobiar, sin que el relato sea demasiado exhaustivo ni demasiado horroroso, está bien pensado para el turista medio. Esa es otra característica que realmente me parece un acierto del conjunto: no es necesario ser un friki del Titanic para disfrutarlo, logra despertar el interés de cualquier viajero que pueda interesarse por algo.

Finalmente, les recomiendo algo que no debe dejar de hacer antes de pasar por la muy tentadora tienda de recuerdos: entren en la sala en la que se proyectan las imágenes del barco grabadas a miles de metros de profundidad y dejen al Titanic pasar bajo sus pies como si aún navegase por el fondo marino, les aseguro que esa sencilla imagen les estremecerá.

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