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Enoturismo en tiempo de vendimia: el campo ya no es sólo trabajo duro

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El mundo del vino tiene un encanto especial, todo lo que lo rodea nos fascina y, por poner un ejemplo y que nadie nos interprete mal, mientras que a nadie se le ocurriría ir como turista a recoger naranjas –ni siquiera aceitunas, y mira que el aceite también está de moda-, ir a la vendimia, o en general eso que se ha dado en llamar enoturismo es más que una moda, es una forma relativamente nueva de viajar que cada día gana adeptos.

Y más en esta época del año en el que en algunas denominaciones de origen españolas están en plena vendimia, lidiando con las lluvias de última hora, pendientes de que una bajada de temperaturas no arruine la añada y trabajando en jornada extenuantes para lograr recoger toda la uva en el momento justo de maduración en el que se podrá obtener de ella el mejor vino.

Una buena opción para acercarnos a la vendimia -y al enoturismo en general- es el Grupo Matarromera, sobre todo porque dispone de bodegas en cuatro denominaciones de origen diferentes –Ribera del Duero, Cigales, Rueda y Toro- muy diferentes pero relativamente cercanas, lo que permite conocer, incluso en un solo día, viñedos muy distintos y varias formas de hacer el vino.

O también permite, y ahora vamos a este grano, acercarnos a la vendimia en varios momentos a lo largo del otoño, lo que se puede adaptar mejor a nuestras azarosas vidas y, sobre todo, y teniendo en cuenta que hay pocas ciencias menos exactas que la recogida de la uva, que si el día que viajamos no se ha puesto en marcha en una de las bodegas quizá sí esté desarrollándose en otras.

La vendimia en Toro

En mi caso la vendimia que he podido conocer este año ha sido la de la denominación de origen Toro, en la bodega Cyan, que no es una de esas modernas con un edificio espectacular de algún arquitecto de relumbrón, pero que está en un entorno maravilloso en el que los viñedos se mezclan con los pinares y los olivos.

Cyan está alejada de la civilización en el mejor sentido de la expresión: la tranquilidad y el silencio son tan intensos que casi se pueden tocar, y si se llega a sus campos en un atardecer de cielo azul y luz dorada casi parece imposible que alguien esté trabajando allí, en lugar de limitarse a disfrutar de esa naturaleza domesticada.

Pero sí que se trabaja, y no vean como, sobre todo en esos días de la vendimia. Pese a ello, Carlos Alberte, uno de los enólogos de la casa, nos recibe amablemente para explicarnos con todo detalle cómo se está recogiendo la uva. Incluso los más osados podrán, tijera de jardín en mano, recoger sus propios racimos de uva a pie de vid.

Sin embargo, hoy en día en Cyan no se hace prácticamente nada de recolección manual, sino que se recurre a unas gigantescas máquinas de las que he de reconocerles que desconocía su existencia hasta que me lo explicaron en el camino de ida.

Las máquinas trabajan durante la noche porque eso permite, entre otras cosas, mantener la temperatura de la uva lo suficientemente baja para evitar la oxidación y que no se desaten procesos naturales. Se trata de grandes y modernos tractores con un curioso y sorprendente sistema, al menos para un lego como un servidor: pasan sobre la hilera de vides de forma que durante unos segundos la planta está en el interior de la maquina, en ese momento se agitan las ramas, caen las uvas y la máquina las recoge y las guarda en dos grandes depósitos hasta dejarla después en un camión.

Podemos observar el hipnótico trabajo de las máquinas e incluso los más osados nos subimos a ellas durante unos minutos; después vamos a la tolva en la que se descarga el gran camión cargado de uva hasta los topes: toneladas del simbólico grupo caen ante nuestros ojos y ahí mismo empieza el proceso que los convertirá, como mínimo en unos cuantos meses, en un delicioso líquido con el que inundar nuestro paladar.

Carlos Alberte nos muestra las distintas fases por las que pasa el vino con el detalle y la pasión con la que los enólogos hablan de su trabajo: vemos –y catamos- el mosto de las uvas cosechadas hace unas horas, y observamos también como ha cambiado en un día el de las que se cosecharon ayer. Nos cuentan como el mosto y el hollejo conviven durante algún tiempo en los grandes depósitos de acero en los que se produce la fermentación, dando sabor, color y consistencia al futuro vino. Vemos también las barricas de roble francés o americano en las que el caldo se va depurando, adquiriendo aromas más intensos y refinando su sabor.

Tras unos meses en la madera y unos más en la botella, todos en el silencio y la penumbra de la bodega, lo que hemos visto pasar de uva a mosto pasará a su vez de mosto a esa bebida para héroes y dioses que la humanidad lleva milenios disfrutando… y mejorando.

¡A tiempo de vivirlo!

Prácticamente toda la uva de Toro ha sido recogida ya –y desde luego toda la de Cyan- pero todavía es posible vivir lo mejor de la vendimia en la denominación de origen Ribera del Duero, para muchos la mejor de España.

Así, en las tres bodegas que el Grupo Matarromera posee en esta zona, Matarromera, Emina y Rento, es posible todavía vivir esta experiencia enoturística con propuestas muy interesantes y, sobre todo, con la posibilidad de tener contratado desde las visitas a las bodegas hasta el alojamiento y las comidas antes de salir de casa: no puede ser más cómodo.

También se puede optar por acercarse a Peñafiel, visitar alguna de las muchísimas bodegas de la zona -como Protos, en la imagen- y ver su fantástico Museo del Vino –lo que significa, de paso, ver uno de los castillos más espectaculares de España- y comer el plato de la ciudad: el lechazo, no por más típico menos exquisito.

En definitiva, no se lo piensen más: están a tiempo de disfrutar de la vendimia, aprender de vinos, conocer paisajes maravillosos y pasar unos días en plena naturaleza… ¿van a esperar al año que viene?

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