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Helsinki, diseño, rocas y fortalezas en la Europa más lejana

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Cuando me surgió la posibilidad de viajar a Helsinki pensé que era algo así como el colmo del exotismo, pero comentándolo con compañeros jóvenes de Libertad Digital y esRadio resulta que casi todo el mundo había ido ya, cosas de las becas Erasmus y los vuelos baratos.

El caso es que yo no estoy en edad de tener amigos de Erasmus por esos mundos, nunca había visitado ninguno de los países bálticos, tampoco conozco Rusia que anda tan cerca… Así que la capital finesa tenía para mí el indudable atractivo de lo nuevo y lo distinto, por mucho que como ya sabemos casi nada en Europa es completamente diferente.

Helsinki no lo es, no del todo, pero sí es lo suficientemente báltico, o finés o ruso o lo que sea, para suponer una novedad para mí, una novedad que me gustó, quizá precisamente por esa sensación de estar en terra incognita.

Ciudad tranquila y de iglesias

No es Helsinki ciudad de grandes monumentos, como si no se hubiera querido alterar el ritmo pausado en el que parece vivirse -en realidad supongo que la explicación es que Finlandia es un país demasiado joven para haber dotado a su capital de grandes maravillas-, pero eso no quiere decir que no sea hermosa, que lo es a su modo, y sobre todo que no tenga cosas que ver, que las tiene, y muchas.

La más sorprendente y la más famosa es, probablemente, la Iglesia de la Roca, un llamativo templo excavado en el suelo rocoso de la ciudad, en el que se entra como en una cueva para descubrir una cavidad grande, luminosa, coronada por un peculiar cúpula de cobre que soportan decenas de vigas a través de las que entra abundantemente la tímida luz de Helsinki.

En las paredes podemos ver la roca natural en la que se ha excavado el templo, dejada prácticamente sin trabajar, y dándole a todo el recinto un aire insólito y salvaje y una acústica excepcional que quizá puedan disfrutar durante su visita si, con un poco de suerte, suena el impresionante órgano.

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La conocida Iglesia de la Roca | C.Jordá

Quizá no les guste o quizá les enamore, pero lo único seguro es que no han visto muchas iglesias como esta en su vida y que no la olvidarán.

Hablando de iglesias, Helsinki tiene el privilegio de tener tres catedrales: la pequeña católica, menos interesante; y la ortodoxa y la luterana, roja la primera, blanca radiante la segunda, que se miran desde dos colinas en las alturas de la ciudad.

No pude visitar el exterior de la primera, en una colina junto al puerto, pero sí la espartana pero impresionante catedral protestante: una mole blanca en el centro de una gran plaza y elevada sobre un enorme pedestal con unas empinadísimas escaleras de oscuro granito.

Diseño, compras y arquitectura

Finlandia presume, como otros países nórdicos, de un gusto especial por el diseño. Es cierto, más incluso de lo que podríamos pensar: si visitan el muy recomendable Museo del Diseño les sorprenderá la gran cantidad de objetos de su vida cotidiana que están o estuvieron diseñados en aquel lejano país del norte.

También lo verán en las tiendas, de ropa, de cosas para la casa, o incluso en los grandes almacenes como Stockmann… Las compras son otro de los atractivos de Helsinki, que nos seduce con escaparates cuidados y tiendas pulcras y extremadamente ordenadas, que de esas que ya desde fuera nos transmiten la sensación de tener una calidad… que quizá no podamos pagar.

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También hay una arquitectura interesante, no sólo la más moderna de un genial Alvaar Aalto, con su propio museo y una ruta de edificios en la ciudad, sino también un más discreto pero muy interesante estilo que se puede encontrar en muchos puntos del centro de la capital finesa, con un estilo art deco pero con un carácter propio, relacionado al parecer con el nacionalismo finés de principios del S XX.

La hermosa estación de trenes es un buen ejemplo de él, pero puede verse en multitud de edificios, como la sede de la Bolsa de Helsinki, y en muchos detalles de fachadas por todo el centro de la ciudad.

Suomenlinna

Pero quizá la mayor atracción turística de la ciudad sea las islas de Suomenlinna (jamás aprenderé a escribir bien ese nombre), un pequeño reducto al sur de la ciudad, ya donde el mar Báltico se abre aparentemente infinito.

Suomenlinna es un paisaje sorprendente, frío, moldeado por un clima extremo, pero es sobre todo un conjunto de fortificaciones que ha ido poblando las islas desde el S XVIII hasta la II Guerra Mundial y que le han merecido ser nombrado Patrimonio de la Humanidad. Todavía hoy es posible subirse a viejos cañones, impresionantes a pesar del óxido y de que su bocas, antes amenazantes, sólo sirven ahora para almacenar colillas.

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Uno de los callones de Suomenlinna | C.Jordá

El pequeño archipiélago es, en cualquier caso, uno de esos lugares peculiares, un punto inhóspitos pero por alguna razón, quién sabe si su aspecto bélico y salvaje, quién si por su inaudita tranquilidad aparentemente lejos de todo, se queda en la retina.

Así, ya en el viaje de vuelta a Helsinki, en el curioso ferry que lo une cada pocas horas con el mundo, estamos seguros de que no lo olvidaremos, de que esa sensación junto a los cañones y frente al frío viento será uno de nuestros más sabrosos recuerdos viajeros.

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