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La magnífica desolación de Connemara y la colina del diamante

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Voy hacia el Parque Nacional de Connemara siguiendo las instrucciones del GPS de mi vehículo, que conduzco por supuesto por la izquierda: estamos en la más profunda Irlanda. Como suele ocurrir en estos casos el sistema por satélite elije una carretera por la que tengo la sensación de estar dando un rodeo. Sin embargo, pocas veces he dado un rodeo tan placentero: la carretera, estrecha, solitaria y muy divertida, transcurre zigzagueante entre colinas que parecen altísimas, en un paisaje de un intenso verde a pesar de no tener muchos árboles.

Acelerando un poco más de lo que debería pero sintiéndome todo un Carlos Sáinz a la irlandesa paso junto a un gran lago allí donde el paisaje se vuelve insoportablemente hermoso, y no me queda más remedio que frenar mi ligeramente alocada marcha, detener el coche y bajarme a respirar el aire puro y frío, que tengo la sensación de compartir sólo con algunas ovejas desperdigadas aquí y allá por el borde del camino. Y todo esto sin haber entrado aún en el parque natural propiamente dicho.


Por fin, o quizá demasiado pronto, llego al centro de recepción de visitantes del parque, cuyo orden y pulcritud me disgustan un poco –oiga, se supone que aquí venimos a por naturaleza salvaje-, pero es un espejismo del que no debo preocuparme: ese orden civilizado casi desaparece cuando, una vez decidida la ruta que quiero hacer, salgo del coqueto edificio mirando a las nubes, porque en Irlanda siempre hay que mirar a ese cielo del que todos los días cae antes o después la lluvia.

Pero tengo suerte y sólo unas gotas sueltas disturban mi subida por las empinadísimas laderas que me llevan hacia la cumbre de Diamond Hill, la ruta más larga que se puede hacer por el parque y, por lo tanto, la que más se interna en el salvaje y descarnado paisaje. Porque Connemara es en estas alturas un paisaje un tanto desolado, ventoso, que algunos verían incluso pobre pero que a mí me recuerda a las palabras de Aldrin al pisar la Luna y descubrir su "magnífica desolación".


Así, entre verdes pastos, algunas ovejas que parecen dejadas de la mano de Dios, muchas rocas y no pocas corrientes de agua, el camino se empina y se empina y el viajero, sobre todo si es de costumbres más bien sedentarias, tiene que subir con los pulmones a la espalda, sólo aliviado porque, eso sí, cada pocos minutos no queda más remedio que pararse y hacer una foto de las magníficas vistas: desde las laderas de Diamond Hill se observa un panorama amplísimo en el que se incluye buena parte del propio parque nacional, los lagos que lo circundan, los caprichosos golfos y cabos con los que el mar parece jugar con la costa e incluso, algo más allá, el perfil de las bellísimas islas de Aran.

Son sólo 450 metros de colina, pero no es una altura despreciable si tenemos en cuenta que está junto al mar y que no hay otra similar en bastante terreno a la redonda. Y tampoco es una subida fácil porque se salva prácticamente todo ese desnivel en aproximadamente una hora y media, llegando a la cima tras sólo tres o cuatro kilómetros de caminata. Sirva todo esto como sincera aunque inútil excusa

Desde la cima la vista es impresionante: el paisaje más desolado de los alrededores da paso a zonas arboladas y lagos, algo más lejos el mar y en el límite de lo que abarca nuestra mirada las Islas de Aran. No se ven grandes núcleos urbanos y, de hecho, cuesta ver señales muy groseras de la presencia humana. Si unimos a esto que somos muy pocos los caminantes que hemos llegado a la parte alta de la montaña la sensación de soledad es enorme. El viento, durísimo, nos recuerda que estamos en un paisaje inhóspito y salvaje.

La bajada es tan empinada o más que la subida, los pulmones dejan de sufrir y son las rodillas las que lo pasan peor, pero uno desciende sin dudas, con la satisfacción del que ya ha alcanzado la cima, de quién ha superado el reto.

Kylemore, la Abbey que no era abadía

En ese primer tramo de descenso se puede ver perfectamente Kylemore Abbey, un peculiar palacio que es uno de los atractivos de la zona. A pesar de su nombre no nació como un edificio de carácter religioso, aunque ahora sí es el hogar de una congregación de monjas benedictinas; tampoco es aunque pueda parecerlo un castillo de origen medieval: fue el capricho de una adineradísima pareja de enamorados en la segunda mitad del S XIX.


Al borde de un lago, cerca de Diamond Hill y dentro de los límites del Parque Nacional, su maravillosa ubicación y su aspecto noble atraen cada año a miles y miles de turistas. Lo cierto es que el lugar y la propia construcción son bellísimos, y más allá de que sea falso –o mejor dicho, de que no sea exactamente lo que quiere parecer- realmente vale la pena conocerlo y el paseo por sus jardines junto al agua será, sin duda, uno de los recuerdos más deliciosos que se lleven de un viaje al oeste de Irlanda.

Eso sí, que el lujo y la belleza amable de Kylemore Abbey no les engañen: Connemara es una tierra dura, algo olvidada y en la que el verde no es fruto de tranquilas lluvias primaverales sino de tempestuosas tormentas. Una tierra cuya magnífica desolación no es fácil encerrar en fotografías y que al ver las imágenes que tome allí –o las que acompañan a este artículo- quizá no provoque en sus familiares y amigos el entusiasmo que dejará en su memoria. No se preocupe, no les haga caso: aquel que sube a Diamond Hill sabe que la soledad, el viento y el verde sobre las duras rocas son una experiencia tan intensa y viva como inolvidable. Aquel que sube a Diamond Hill sabe que desde esa cima y desde esas empinadas laderas se ve, mejor quizá que desde ningún otro lugar, la belleza más auténtica de Irlanda.

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