Menú

Por qué Disneyland es el mejor parque de atracciones

0

Vaya por delante una aclaración que creo necesaria al principio de este artículo: no siento la “magia Disney”, no me gusta especialmente el mundo Disney y no experimento ninguna emoción –más allá de cierta compasión- al ver a un señor con un calurosísimo disfraz de gomaespuma caracterizado de un ratón que anda a dos patas y habla y gesticula.

Dicho lo cual, tampoco odio Disney, pero por cuestiones generacionales o porque soy así de sieso o por una mezcla de los dos anteriores y de que a mí lo que me ha gustado siempre es Mortadelo y Filemón, el caso es que no me entusiasma. Así que, sin quererlo, resulta que soy el más imparcial de los observadores a la hora de juzgar un lugar como Disneyland París, al que, por fin -¿por fin?- he viajado este verano.

Y el caso es que poniendo los muchos pros y algunos contras –que también los hay- en la balanza, tengo que concluir que Disneyland París me gustó, quizá no me apasionó como me prometían mis más entusiastas conocidos, pero durante los dos días que pasamos por allí siempre tuve una sensación de estar rodeado por un producto de calidad, extremadamente cuidado y con el que sus trabajadores se comprometen de una forma que resulta sorprendente.

Calidad

Voy a tratar de explicarles a qué me refiero: el cuidado y la calidad del parque como producto empiezan en cosas como la limpieza, impresionante a pesar de los miles de personas que pasan por allí cada día.

Pasa por supuesto por las atracciones, no sólo divertidas, bonitas en algún caso y espectaculares en otros, sino muy bien pensadas en todos los aspectos: creadas como parte de historias que las hacen más interesantes y que alivian la espera, escenificadas con esmero en todos sus detalles, mantenidas de forma exquisita.

Es impresionante en un personal más que amable; que siempre te atiende con una sonrisa; que nunca esquiva una pregunta o una petición aunque no tenga nada que ver con su negociado; que es capaz de explicarte lo que sea en, como mínimo, un correctísimo inglés. Un personal, en definitiva, implicado en el proyecto de una forma que es poco habitual ver y que, desde luego, para mí ha sido la mayor sorpresa del parque.

Una calidad, decíamos, que también es visible en las tiendas, muchas –eso seguro que no les sorprende- pero además muy bien montadas, espectaculares en algunos casos, verdaderos templos del consumismo en los que es muy fácil dejar que el dinero se escape y, por supuesto, disfrutar con ello.

Que da un significado diferente a un producto como la cabalgata, un clásico que tenía todas las papeletas para ser un despliegue insulso de ñoñería y falsedad y es, por el contrario, un show consistente, con momentos brillantes y en general un nivel impresionante en todos los detalles.

Y calidad, por supuesto, en un show nocturno, al que la palabra espectacular le va como anillo al dedo. Completamente distinto, brillante e impresionante, una apabullante demostración de buen gusto y poderío que, si visitan Disneyland, no deben perderse bajo ningún concepto.

Sobre las atracciones

Si estamos hablando de un parque de atracciones –temático o no- habrá que hablar de ellas. Algunas son algo clásico –una montaña rusa, un paseo en barca- pero siempre están aderezadas con un relato que las hace más divertidas en interesantes.

Así, uno no sólo sube y baja por unos raíles a velocidad endiablada, sino que viaja al espacio o alterna con Aerosmith, por poner sólo dos ejemplos; o visita un decadente y encantado hotel del Hollywood; o vuela por el Londres de Peter Pan; o se mete, casi literalmente, en una de las más bellas películas de animación de la historia: Ratatouille.

Esta es, sin duda, la más espectacular atracción de todo el parque –de los dos parques que son en realidad Disneyland París y Walt Disney Studios-, una auténtica maravilla en su concepción y en su realización, algo que no es mejor o más cuidado –que ya estaría bien- sino que es completamente distinto de lo que puedes encontrar en cualquier otro lugar.

Ratatouille es la atracción más moderna de Disneyland París -bueno, en realidad está en Walt Disney Studios- y, si dentro de unos años hay algunas más así, desde luego será un destino aún más imprescindible incluso para los que, como yo mismo, no sean seguidores acérrimos de Disney.

Y lo poco malo

Les he hablado de los pros y, por supuesto, también quiero comentar los contras, que son menos pero que tampoco puedo dejar de citar. Lo peor del parque son las colas: prácticamente todas las atracciones requieren largos tiempos de espera que ni siquiera las fórmulas establecidas al respecto –un Fast Pass que te cita a una determinada hora- llegan a solucionar, amén que no están disponibles en todas.

Mi visita se produjo en el mes de julio, en lunes y martes que ya habíamos elegido pensando que serían días en los que habría menos gente, pero las colas fueron tremendas –hasta una hora en alguna atracción. Cierto es que unas semanas después pasaron por el parque unos amigos que me cuentan que no encontraron tantas, y también es posible que yo sea especialmente sensible a esperar de pie, pero esa es mi experiencia y así se la tengo que contar, además de que coincide con la de mucha gente que me ha hablado del parque.

Lo otro que no me gustó fue la restauración económica que está disponible –los restaurantes mejores no fueron objeto de mi visita por razones varias que no vienen al caso- pero en los económicos y en otros aspectos se echa en falta no tanto algo más de calidad, que es razonable, como un poco de variedad.

Es sin duda una parte del diseño logístico del parque: hay poco para elegir no sólo en las comidas –hamburguesas y poco más- sino en prácticamente todo: cuatro helados en los puestos callejeros y pocos sabores más en la heladería, una carta limitadísima de bebidas… Es comprensible ya que eso debe hacer las cosas mucho más sencillas para gestionar la complejidad de esa ciudad fluctuante que es Disneyland, pero desde mi punto de vista también hace la experiencia menos rica y un poquito menos satisfactoria.

0
comentarios

Herramientas