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Praga es el mejor motivo y el lugar perfecto para dejarse atrapar por los tópicos viajeros

Turistas posando en el Puente Carlos.
Un paseo por la Praga más conocida y bella

Llegué a Praga con medio día por delante y sin una agenda concreta, así que rápidamente dejé los bártulos en el hotel y salí a la calle con mi equipo fotográfico en ristre buscando las orillas del Moldava, pues como madrileño militante me fascinan las ciudades en las que un río más importante que el voluntarioso Manzanares forma parte del entramado urbano.

Por pura casualidad me di de bruces con la Casa Bailarina de Frank Gehry, convertida en uno de los iconos de la ciudad en los últimos años y de la que tengo que reconocer que no me fascinó mucho la arquitectura que, no obstante, admito que resulta muy fotogénica, como suele pasar con las obras del arquitecto americano, siempre tan vistosas.

El puente más hermoso

Hechas las fotos de rigor seguí la orilla del río al mismo paso pausado que la corriente, remansada un poco más adelante. Al final llegué, sin en realidad haberlo pretendido, al famosísimo Puente Carlos. Perdónenme por esta falta de originalidad y ausencia de esnobismo, pero soy un gran defensor de los tópicos viajeros: en el 99% de las ocasiones cuando un lugar alcanza la categoría de tópico turístico es por algo y, desde luego, ese el caso del puente más bello sobre el Moldava: en cinco minutos allí te das cuenta de que el lugar no sólo es hermoso sino que tiene –vuelvo a pedir perdón, ahora por cursi– eso que podríamos denominar una 'magia especial'.

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Junto a una orilla, la torre que nos lleva a la Ciudad Vieja, gótica, oscura e imponente, con las cúpulas y los campanarios del centro de Praga asomándose a sus espaldas. En la opuesta, otra torre de belleza singular y, sobre todo, la colina sobre la que se asienta el castillo y, en él, las agujas igualmente góticas de la Catedral de San Vito.

Para completar el conjunto, las estatuas barrocas que decoran ambos lados de la pasarela y en las que uno se va fijando según va pasando, aunque es difícil, digamos que directamente imposible, caminar por el Puente Carlos simplemente yendo de una orilla a otra: ha superado su función original de sobrepasar un obstáculo natural y ahora es un sitio al que vas, no sólo que usas para ir.

Plazas y relojes

Yo mismo demostré como el puente ha superado su carácter de simple infraestructura y volví a la orilla de la que había partido para internarme en Stare Mesto, lo que todos conocemos como la Ciudad Vieja, y allí, dejándome llevar una vez más por la corriente, en este caso la de gente paseando, llegué a la plaza más famosa de la zona más famosa de Praga.

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Y de nuevo el tópico se justificó más que de sobra: la plaza es irregular, enorme y bellísima, allí donde mires hay cosas que ver, desde la el conocidísimo Reloj Astronómico hasta las torres góticas –con un gótico peculiar muy de Praga– de la Iglesia de Nuestra Señora ante Tyn o el barroco de la fachada de San Nicolás.

Pero siendo estupendos, quizá lo mejor de la plaza no sean sus monumentos sino el ambiente que se respira en ella: siempre animada, siempre llena de gente que viene y que va o que simplemente está, como estaba yo mismo, viendo pasar a los demás. En uno de sus extremos, junto a un pequeño jardincillo, varios kioscos ofrecen comida más o menos típica y, sobre todo, unos bocadillos de un jamón que brasean allí mismo y que, degustado en uno de los bancos de la plaza, resultaba un auténtico manjar. Y es que tanto el ambiente como la comida callejeros saben mucho mejor si están rodeados de tanta belleza.

Al otro lado del río

Las calles de la Ciudad Vieja serán motivos de recurrentes paseos cuando ustedes visiten Praga, y a través de ellas llegarán al cercano barrio de Josefov donde podrán conocer el impresionante patrimonio judío de la ciudad, del que ya les hable por aquí hace un tiempo.

Así que nuestra ruta de hoy seguirá un caminos distinto llevándonos a la parte alta de Praga, al otro lado del río –¡por fin!– y adentrándonos en otras dos de las zonas históricas –en realidad ciudades independientes hasta finales del siglo XVIII– que forman Praga.

Mi excelente guía me aconsejó subir en tranvía hasta lo más alto de la ciudad y visitar primero Hradčany, la zona más cercana al castillo y en la que Praga llega a convertirse en un pequeño y encantador pueblecito. Por allí está también el Monasterio de Strahov y su bellísima biblioteca, que no pueden dejar de ver.

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El Callejón del oro del Castilo de Praga | C.Jordá

El propio Castillo es, obviamente, imprescindible: reserven una buena mañana o una tarde entera para recorrer sus múltiples edificios, palacios e iglesias de distintas épocas, el encantador Callejón del Oro y, por supuesto, la espléndida catedral, con un gótico puro y elegante que debe casi tanto al buen gusto de los arquitectos que la restauraron y completaron a finales del siglo XIX y principios del XX como al de los originales que empezaron a hacerla en el XIV.

Por cierto, en su visita a la Catedral sean generosos con el dinero, pues hay que añadir un pequeño extra a la entrada normal, y con el esfuerzo, pues hay que pagar un peaje de 280 escalones para llegar hasta arriba, y suban a la torre sur de la catedral para disfrutar de una vista indescriptible de la ciudad.

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Vista de Praga desde la torre de la Catedral | C.Jordá

Finalmente, una vez visto bien el Castillo vuelvan hacía el río despacio, cruzando Malá Strana y descubrirán otro barrio bellísimo, en un estado de conservación excelente, lleno de palacios, fachadas y maravillas barrocas como la Iglesia de San Nicolás –distinta de la de la plaza de la Ciudad Vieja– completamente excesiva y apabullante.

Como excesiva y apabullante es, ya se habrán dado cuenta en su ruta, la propia belleza de Praga, una ciudad que no puede ser más hermosa, que se ha convertido en un destino tópico al que casi todo el mundo ha ido o va a ir pero que, cuando por fin la conoces, te das cuenta que se merece todos y cada uno de esos viajes que hemos hecho para conocerla… y los que haremos para volver a disfrutarla.

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