
Un pueblo sin coches, un restaurante a 3.000 metros y James Bond en un rincón increíble de los Alpes

El camino que seguí para llegar a Mürren ya era por sí mismo un espectáculo y una maravilla: unos 40 kilómetros antes la carretera se va acercando a la orilla del bellísimo lago de Thun hasta pegarse a ella, ofreciendo un paisaje que hace difícil no despistarse al volante.

Un poco más adelante, ya en Interlaken, el camino se desvía a la derecha y se interna entre las montañas, en un valle que cada kilómetro se nos antoja más alpino y que va ascendiendo y estrechándose, cada vez más cerca del inmenso circo de cumbres, todavía nevadas en pleno mes de junio, como lo estarán a lo largo de todo el verano: allí el blanco inmaculado nunca se va del todo.
Altas y finas cascadas llevan el agua al desde cerca de las cumbres hasta el río que recorre agitadamente el fondo del valle y el paisaje, bellísimo, no puede ser más suizo, o más alpino, que para mí es casi lo mismo y que me perdonen italianos, alemanes, austriacos e incluso franceses.
Llegar en teleférico
Mi destino final –con parada intermedia a 3.000 metros de altura– es Mürren, el último y más elevado pueblo del valle, al que sólo se puede llegar en teleférico o a pie. Así que dejo el coche de alquiler en el amplio aparcamiento en la base del teleférico y emprendo el espectacular ascenso que, de no ser por la ayuda tecnológica, me costaría horas de penosa caminata, y eso en el optimista supuesto de que lograse hacerlo.
Una parada breve me permite liberarme del equipaje y seguir subiendo: el teleférico no termina allí su recorrido sino que se encarama a la montaña hasta su destino final: el Schilthorn, un pico a casi 3.000 metros de altura –2.970 para ser exactos– que además de la confortable llegada en teleférico tiene dos características que lo han hecho famoso a pesar de no ser de los más imponentes de los Alpes: es un espectacular mirador sobre alguna de las montañas que sí son de los más impresionantes de Suiza y, por alguna razón que hoy en día nos resulta incomprensible, tiene un restaurante en panorámico en lo más alto.

James Bond a todo trapo
El lugar es tan espectacular que fue elegido por los productores de James Bond para la secuencia cumbre de una de sus películas –Al servicio secreto de Su Majestad– en la que el restaurante fue convertido en la guarida del villano de turno. Helicópteros, especialistas, tiroteos de todo tipo, explosiones y un buen número de sicarios fallecidos entre la nieve sirvieron para una escena que hoy nos parece un poco cándida, pero un su día debió de resultar impresionante.

Por supuesto, todo lo relativo a Bond es un imán para el turismo y una especie de dispensador casi infinito de glamour, así que en Piz Gloria –que es el nombre del restaurante– aprovechan al máximo el asunto y no sólo sirven la hamburguesa 007 a la que no pude resistirme, sino que tienen una especie de paseo de la fama del equipo de participó en la película y, lo más interesante, un pequeño pero muy interesante museo sobre la producción.
Y naturaleza a más trapo aún
Sin embargo, aunque James Bond me fascina como cualquier hijo de vecino, me parece aún más impresionante la forma en la que las montañas suizas se me presentaban desde Schilthorn: separadas de mi sólo por el valle profundo pero no tan ancho, las cumbres más espectaculares de los Alpes berneses: el Jungfrau –del que les hablé hace tiempo por aquí– el Eiger y el Monch son moles que parecen levantase miles de metros de golpe ante mis ojos maravillados.
Y no es sólo el panorama desde el Schilthorn: lo mejor de muchos lugares de Suiza es que, al llegar a los 3.000 metros en la comodidad del teleférico, desde allí podemos emprender excursiones relativamente sencillas en un ámbito que normalmente nos estaría vedado a la mayoría: una caminata bastante cómoda de menos de 45 minutos me permitía asomarme a increíbles precipicios, conocer lagos de altísima montaña en cuyas aguas se reflejan como en espejos las cumbres nevadas…

La naturaleza, en suma, me muestra su cara más inmensa, bella y sobrecogedora, pero además lo hace sin pedirme prácticamente nada a cambio. Puede sonar un poco tramposo, pero bendita la trampa.
La fantasía suiza de Mürren
Tras el espectáculo de las alturas vuelvo al teleférico para descender de nuevo hasta Mürren y paseo por la perfección alpina de una localidad que se esfuerza en cumplir lo que de ella se espera: por la tranquila calle sin conches los turistas vamos paseando entre clásicos chalés suizos de madera, la mayoría ocupados por pequeños hoteles de montaña con habitaciones que intentan aprovechar las vistas espectaculares, pues al otro lado del valle siguen los grandes picos, que desde más abajo son tan impresionante o más que desde lo alto.

Con sus terrazas mirando el impresionante circo de montañas, sus pequeños restaurantes en los que disfrutar la contundente cocina alpina y su atmósfera tranquila, un poco como de cuento, Mürren es uno de esos lugares en los que a uno le cuesta creer que de verdad haya sitios así de bonitos y, sobre todo, que tienes la inmensa suerte que es conocerlos y disfrutarlos.
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