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Arqueólogos vestidos de Iron Man buscan los secretos de Anticitera

Encontrado en 1900, el barco hundido de la isla griega contenía un complejo ordenador analógico.

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El exoesqueleto sumergido en el agua. | Luis Lamar/CC/Institución Oceanográfica de Woods Hole

Una expedición internacional de científicos se encuentra desde mediados de septiembre en la isla griega de Anticitera para explorar un pecio de la época del Imperio Romano. Los arqueólogos saben que está ahí desde el año 1900, pero la tecnología de entonces sólo permitió recuperar unos pocos objetos, entre los que se encuentran el conocido como Mecanismo de Anticitera, un complejo aparato de engranajes que se considera el antepasado de los ordenadores.

Más de cien años después, los investigadores del Retorno a Anticitera –como han bautizado al proyecto– han desarrollado una futurista herramienta con la que podrán explorar el pecio y los objetos que el naufragio dejó ocultos en el fondo marino: el Exosuit. Mitad traje, mitad submarino, este dispositivo, que recuerda al superhéroe de cómic Iron Man, permite a los técnicos sumergirse hasta los 300 metros y subir a la superficie sin necesidad de descompresión.

El Mecanismo de Anticitera

Fue una tormenta la que en 1900 provocó el hallazgo arqueológico original. El mal tiempo obligó a un pequeño navío de pescadores de esponjas a atracar en la deshabitada isla de Anticitera, al norte de Creta. Visto que no podían salir, se pusieron a hacer su trabajo allí mismo. En sus inmersiones descubrieron un viejo navío naufragado; un navío muy antiguo, pues se había hundido en el 80 antes de Cristo, año más, año menos.

Cuando los arqueólogos se hicieron cargo de la recuperación de los restos encontraron la chatarrilla habitual: estatuas de bronce, mármoles, alfarería diversa, monedas... pero también un extraño artefacto de apariencia mecánica que clasificaron como astrolabio. Estos aparatos permitían conocer la hora exacta si se conocía la latitud y viceversa, y se podían emplear para calcular distancias. Pero la máquina de Anticitera tenía muchas más placas que los astrolabios, aunque hasta más de cincuenta años después de su hallazgo no se empezó a comprender para qué servían.

Los engranajes de aquel aparato eran tan complejos y precisos como los de un reloj mecánico del siglo XIX de los buenos, es decir, suizo. Construido entre los años 150 y 100 a. C., seguramente siguiendo las instrucciones de Hiparco de Nicea, era una suerte de calculadora astronómica que calculaba la posición de todos los cuerpos celestes. Era capaz de predecir los eclipses solares y lunares, así como las fechas de los Juegos Olímpicos. Hasta 2006 los científicos no lograron descifrar su funcionamiento.

La máquina era un ordenador analógico, un tipo de aparato que recibe información de una fuente poco precisa como, por ejemplo, la posición del sol en un sextante, y devuelve datos también de manera aproximada, como sucede cuando se lee la hora en un reloj de los de antes, que nunca sabes exactamente dónde narices está la puñetera manecilla. Estos aparatos continuaron siendo útiles a lo largo de los siglos, y alcanzaron su punto más alto de desarrollo con el predictor de mareas de Lord Kelvin (1873) y el calculador diferencial de Vannevar Bush (1931).

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