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¿Te mojas más si corres bajo la lluvia o si andas despacio?

El sentido común nos dicta que cuanto menos tiempo pasemos bajo la lluvia mejor. ¿Pero acierta?

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Los científicos, cuando se enfrentan a un "profundo misterio de la naturaleza" como el que hoy nos planteamos, tratan de hacer dos cosas. Primero tener claro cuáles son las condiciones que debemos suponer. En nuestro caso: que no hay ni la más mínima brisa y por lo tanto la lluvia cae perfectamente vertical y que la cantidad de lluvia es siempre constante. Segundo, descomponer el problema en partes más sencillas. La estrategia será separar la cantidad de lluvia que nos cae verticalmente y que nos empapa la cabeza y por otra parte las gotas que nos mojan el cuerpo cuando nos movemos.

El agua que nos cae en la cabeza

Si estamos bajo la lluvia, inmóviles, un tiempo determinado, nos caerá sobre la cabeza una cantidad de agua determinada. Si estamos el doble de tiempo, nos caerá el doble de agua. Esto quiere decir que si estamos parados, el número de gotas que nos alcanza depende sólo del tiempo que estemos bajo la lluvia. No parece una deducción complicada, pero... ¿y si nos movemos?

Para imaginar ese movimiento podemos pensar que tomamos muchas fotos seguidas, como fotogramas de una película. En cada uno de los fotogramas el número de gotas que nos alcanza es el mismo que si estuviéramos parados. Sólo tendríamos que sumar esos instantes y podríamos comprobar que sería exactamente igual que estar quieto.

El agua que nos moja el cuerpo al movernos

Hemos impuesto la condición de que si no nos movemos, como el agua cae perfectamente vertical, no nos mojaremos el cuerpo (descontando el agua que nos escurre de la cabeza y los hombros, claro). Ahora bien, si nos movemos, alcanzaremos un número de gotas que de haber estado quietos habrían caído libremente al suelo sin tocarnos. ¿Cuántas gotas? Las que se encuentran justo enfrente de nosotros a lo largo de todo el camino recorrido.

Pero… ¿y si nos movemos más deprisa? Simplemente chocaremos antes con las mismas gotas que estarían allí yendo despacio. Podemos concluir por tanto que la velocidad a la que nos movemos no aumenta ni disminuye el número de gotas con las que chocamos, sino que las alcanzamos en menos tiempo.

Uniendo todos los cabos

Según hemos deducido, tanto nos movamos como si no, la cantidad de agua que cae sobre nuestra cabeza es la misma. Sólo dependerá del tiempo que estamos bajo la lluvia. Ahora bien, si nos movemos se sumará las gotas que golpeamos con nuestro cuerpo. Pero no dependerá del tiempo que tardemos en recorrer el camino, sino lo larga que sea esa distancia.

Una vez realizadas las investigaciones toca concluir que la única forma de mojarse menos es estarse quieto. Ahora bien, si nos estamos quietos seguiremos mojándonos indefinidamente. Tendremos entonces que movernos para refugiarnos. Si nos movemos deprisa o despacio dará igual para nuestro cuerpo pero no para nuestra cabeza que cuanto más tiempo esté bajo la lluvia más se mojará.

Por lo tanto si queremos disfrutar de la lluvia sin más, en plan contemplativo, sin intención de llegar a ningún sitio, lo mejor es estar quietecito. Pero si no es así… ¡Corred, insensatos!

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