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Bernoulli, el físico que frenó la sangría humana

Gracias a la investigación de este físico se pudo frenar la teoría de que para curar a alguien había que dejarle sangrar.

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Gracias a Bernoulli pararon de dejar sangrar a los pacientes | Corbis

Hasta que el físico, Daniel Bernoulli (1700-1782) apareció en escena, ya entrado el siglo XVIII, lo habitual era dejar sangrar a la gente como remedio de casi todo. La ciencia detrás de tal barbarie se basaba en las investigaciones de Hipócrates en el siglo V a.C. Había descubierto que los procesos inflamatorios se debían a una acumulación de sangre y que tan sólo había que disminuir la cantidad de ésta en el cuerpo humano para curar al paciente.

El método se hizo tan popular que se convirtió en la técnica para tratar casi cualquier enfermedad. El problema era que ningún médico sabía hasta dónde llegar. El ojo clínico era la única herramienta de la que disponía el temerario médico para parar a tiempo el drenaje de fluido.

Tanto Aristóteles como Hipócrates habían otorgado al corazón la responsabilidad de producir calor para el cuerpo. Tuvieron que pasar 23 siglos para que William Harvey afirmara que el corazón es como una bomba y nuestros vasos sanguíneos una red de canales. Bernoulli se centró en este descubrimiento. Suponía la unión de sus dos grandes pasiones: las matemáticas y los fluidos; al tiempo que cumplía la promesa hecha a su padre de convertirse en médico.

Tradicionalmente las investigaciones y descubrimientos de la física se habían centrado en los objetos pero casi nunca en los fluidos en movimiento. Unos años antes Newton había descubierto la lógica del universo pero los líquidos seguían siendo una incógnita. Bernoulli estaba dispuesto a cambiarlo.

¿Cómo medir la presión sanguínea?

La dificultad para medir la presión sanguínea parecía insalvable. Las venas y arterias son conductos que varían de grosor y la sangre en continuo movimiento no parecía tener una velocidad constante medible. El único método para conocer la presión de un fluido lo descubrió Edme Mariotte y consistía en dejar que el líquido saliera libremente por la tubería para que golpeara contra un balancín vertical con una pesa en el otro extremo. Evidentemente, no era un procedimiento aceptable para ser aplicado en un enfermo siempre que se le quisiera mantener con vida.

Pero Bernoulli reparó en un detalle. Si la presión es la misma en todas las direcciones dará igual seccionar el conducto que pincharlo en un solo punto. De esta forma un pequeño chorro emanaba verticalmente llegando a una altura determinada. Si la altura era grande, la presión sería alta; si la altura era pequeña, la presión sería baja. Pensó además que era necesario dejar que el líquido fluyera. Se le ocurrió poner un pequeño capilar de vidrio en el lugar del pinchazo. El líquido subía por el capilar hasta una altura proporcional a la presión pero sin que se derramara un chorro constante de líquido. El sistema funcionó igualmente con una arteria. Sólo había que repetir la metodología y observar la altura de la columna de sangre. Pronto todos los médicos de Europa adoptaron esta técnica antes de dejar sangrar a un paciente. Aunque parezca mentira, hasta 1896 no se inventaría el actual método denominado esfigmomanómetro o tensiómetro, gracias al médico Scipione Riva-Rocci.

Para Bernoulli fue un momento de excitación. Toda la vida había soñado con ser el Isaac Newton de los fluidos. El futuro aún le depararía varios momentos de gloria con los que pasar a la historia, pero tuvo demasiados desengaños personales como para creerse el elegido. Sin embargo, gracias a él infinidad de personas no fueron desangradas y varias décadas después alguien vio en sus estudios las leyes que justificaban el vuelo de los aviones. Pero eso es otra historia.

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