
Durante décadas hemos pensado que la música era una de esas cualidades que nos hacían especialmente humanos. Una forma de expresión ligada a nuestra cultura, nuestras emociones y, en cierto modo, a nuestra inteligencia. Pero la ciencia vuelve a poner en duda esa frontera: los chimpancés son capaces de crear ritmos para expresar emociones.
Un estudio reciente de un grupo de científicos japoneses liderado por la investigadora Yuko Hattori ha documentado un comportamiento tan fascinante como revelador. Han observado a un chimpancé macho en cautividad creando lo que los investigadores no dudan en calificar como una forma primitiva de música instrumental. No se trata de simples golpes aleatorios ni de ruido sin sentido. Lo que este animal ha hecho es mucho más complejo.
El chimpancé fabricó su propia baqueta o herramienta con un palo de madera y comenzó a utilizarla para generar sonidos de forma rítmica. Pero lo verdaderamente llamativo no es solo el uso del objeto, sino la estructura de su 'actuación'. Los científicos detectaron patrones repetitivos, secuencias organizadas y una clara intención detrás de los sonidos. No era caos: había ritmo.
De hecho, los análisis muestran que los golpes seguían un patrón isócrono, es decir, con intervalos regulares, algo muy característico de la música humana. Además, este 'tamborileo' con herramientas resultaba más consistente que el que los chimpancés hacen con su propio cuerpo, lo que sugiere un cierto grado de control y precisión.
Pero hay más. La exhibición no se limitaba al sonido. El chimpancé acompañaba su comportamiento con expresiones faciales, algunas asociadas al juego o incluso a emociones positivas. Esto apunta a que no solo estaba produciendo ruido estructurado, sino que también estaba comunicando algo. Quizá emoción, quizá intención social.
La música antes que el hombre
Todo esto encaja con una idea que lleva tiempo rondando en la comunidad científica: que la música humana podría haber evolucionado a partir de formas más primitivas de comunicación emocional, como los sonidos o vocalizaciones de nuestros antepasados. En este caso, el hallazgo sugiere que esa expresión emocional también puede trasladarse al uso de herramientas y a la producción de sonido instrumental.
En otras palabras, quizá la música no apareció de repente en el ser humano, sino que es el resultado de un proceso evolutivo más largo y compartido con otros primates.
El hecho de que este comportamiento se haya observado en cautividad tampoco es casual. En entornos donde los animales no tienen que preocuparse constantemente por depredadores o por la supervivencia inmediata, pueden emerger capacidades que en la naturaleza pasan desapercibidas.
