
El debate internacional sobre cómo abordar clínicamente la disforia de género en menores suma nuevos datos empíricos en contra de las intervenciones agresivas de cambio de sexo. Un equipo liderado por el investigador Sami-Matti Ruuska, junto a la profesora Riittakerttu Kaltiala, analizó los datos de registros sanitarios de 2.083 pacientes menores de 23 años derivados a clínicas especializadas en disforia de género en Finlandia. De ellos, el 38,2% recibió intervenciones médicas de reasignación. El seguimiento mediano fue de casi cinco años, con un máximo de 25 años, y se comparó con 16.643 individuos en grupos de control emparejados de la población general. No hubo pérdidas de seguimiento.
Los resultados muestran un aumento marcado de la morbilidad psiquiátrica durante el período posterior a la primera consulta. En la cohorte de 1996-2010, el 66% de los pacientes necesitó atención psiquiátrica especializada dos o más años después, frente al 18% de los controles. En la cohorte más reciente (2011-2019), la cifra fue del 61,3% frente al 14,2%. Entre quienes recibieron reasignación médica, la morbilidad psiquiátrica pasó del 9,8% al 60,7% en los casos de feminización y del 21,6% al 54,5% en los de masculinización. El estudio concluye que "las necesidades psiquiátricas no disminuyen tras la reasignación médica" y que, en algunos individuos, la administración de fármacos cruzados y bloqueadores de la pubertad parece vinculada a un deterioro de la salud mental.
Los autores destacan que los trastornos psiquiátricos graves son frecuentes en estos adolescentes y más prevalentes en los derivados tras el aumento reciente de casos. Además, muchos desarrollaron sentimientos de disforia en el contexto de trastornos mentales severos preexistentes, como depresión o ansiedad, que no parecen atribuibles principalmente a la disforia de género.
"Las enfermedades psiquiátricas severas requieren su debido tratamiento, independientemente de la identidad de género de un joven", afirman los investigadores. El trabajo subraya la importancia de abordar la salud mental desde una perspectiva integral. Los profesionales médicos advierten que la focalización exclusiva en la modificación corporal puede desatender problemas graves como el autismo, los traumas infantiles o los trastornos de la conducta alimentaria. Por ello, se recomienda priorizar el apoyo psicoterapéutico exhaustivo antes de tomar decisiones irreversibles sobre el desarrollo físico de los adolescentes.
Los investigadores señalan que muchos pacientes jóvenes experimentan una mejora inicial transitoria tras el inicio del tratamiento, a menudo impulsada por el efecto placebo o el apoyo social inmediato. Sin embargo, con el paso de los meses y años, un porcentaje significativo vuelve a manifestar niveles de ansiedad, depresión y conductas autolesivas similares, o incluso superiores, a los que presentaban antes de iniciar el proceso hospitalario.
Europa se arrepiente del cambio de sexo en menores
El estudio, de carácter retrospectivo y basado en datos objetivos de registros nacionales, no permite analizar en profundidad las causas específicas de cada consulta psiquiátrica, pero contradice la teoría de que la transición médica alivia la carga mental por el supuesto "estrés minoritario", la idea de que las personas pertenecientes a grupos estigmatizados experimentan un estrés adicional y crónico derivado del prejuicio y la discriminación. La morbilidad aumentó tanto en las cohortes antiguas como en las recientes, a pesar del menor estigma social en los últimos años.
Estos hallazgos coinciden con el cambio de paradigma que se está produciendo en varios países europeos. Naciones como Reino Unido, a raíz del conocido informe de la pediatra Hilary Cass, así como Suecia y Finlandia, han decidido restringir drásticamente los tratamientos hormonales en menores de edad. Las autoridades sanitarias de estos territorios argumentan que la base de evidencia actual es sumamente débil y que los riesgos superan a los posibles beneficios en la gran mayoría de los casos.
En definitiva, la comunidad científica sigue reclamando estudios longitudinales de mayor calidad para comprender verdaderamente las implicaciones de estas terapias. Mientras tanto, la cautela clínica empieza a imponerse, instando a los sistemas de salud a ofrecer un cuidado multidisciplinar más riguroso que proteja el bienestar emocional de una población especialmente vulnerable a largo plazo.

