
Que a río revuelto, ganancia de pescadores, lo sabemos desde hace siglos. Lo que los científicos acaban de descubrir es que cuando el agua se vuelve turbia, los peces se hacen más sociables y pueden modificar su comportamiento para ayudarles a encontrar alimento.
Es la principal conclusión de un estudio de la Universidad de Bristol (Reino Unido), publicado en la revista científica Proceedings of the Royal Society B, que ha analizado cómo cambia el comportamiento de estos pequeños peces cuando disminuye la visibilidad del agua.
Cuando el agua contiene partículas en suspensión, como barro, limo o algas y se enturbia, los animales acuáticos tienen un problema evidente: si apenas pueden ver, les resulta más difícil localizar comida, detectar a otros peces o advertir la presencia de depredadores.
Los investigadores de la Facultad de Ciencias Biológicas de Bristol observaron el comportamiento de grupos de espinosos de tres espinas (Gasterosteus aculeatus), un pez pequeño de agua dulce o salobre que se reconoce por tener tres espinas puntiagudas en la espalda. En un momento determinado introducían comida de forma inesperada y comprobaban cuánto tardaban los peces en reaccionar y llegar hasta ella.
El resultado fue lógico en un primer momento: en las aguas más turbias los peces tardaban más en encontrar el alimento. Sin embargo, el estudio descubrió algo mucho más llamativo: los espinosos modificaban su comportamiento para compensar la pérdida de visibilidad.
Cuando el agua se volvía turbia, los peces tendían a nadar más juntos y a coordinar mejor sus movimientos. Este efecto era especialmente evidente en los grupos pequeños. En ellos, los peces llegaban antes hasta la comida cuando permanecían juntos y avanzaban en la misma dirección.
El tamaño del grupo también importaba. En general, los espinosos que formaban grupos más numerosos reaccionaban con mayor rapidez ante la aparición del alimento en aguas turbias. La coordinación, sin embargo, no siempre resultaba beneficiosa: en grupos grandes que se encontraban en aguas claras, una mayor sincronización podía incluso ralentizar la respuesta.
Para Sean Rands, profesor titular y coautor del trabajo, el hallazgo resulta especialmente interesante porque demuestra que los animales no siguen siempre las mismas reglas para relacionarse con sus compañeros. Pueden modificar su comportamiento en función de las condiciones del entorno.