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Cien años de leninismo

Se cumple este verano un siglo desde la celebración en 1903 del II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso en Bruselas-Londres. La fecha no es baladí. En ese Congreso se verificó la separación de bolcheviques y mencheviques.

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En otras palabras, se cumplen cien años del nacimiento del leninismo, seguramente el corpus teórico-práctico más irresistible jamás inventado para hacerse con el poder político, para mantenerlo y para extenderlo universalmente. Por toda la faz de la Tierra y hasta controlar el último rincón de cada vida humana.

Las ideas de Lenin no fueron completamente novedosas. Tkachev escribía ya en 1874: “El pueblo es incapaz de hacer una revolución social (...). Evidentemente el pueblo es indispensable para la revolución. Pero a condición de que la minoría revolucionaria asuma su dirección”. Quedaban entonces adelantadas las bases del leninismo. Necesario es advertir sin embargo, que detrás de todo el lenguaje pomposo de “pueblo” y “revolución social”, lo que subyace es una simple y a la vez formidable idea: construir toda suerte de resortes y mecanismos con los que una elite fanatizada y sedienta de poder pueda teledirigir a las masas en su conjura para la dominación mundial.

Repasaremos en esta serie algunos de tales medios y resortes y cómo se articulan la estrategia y la táctica para tomar, conservar y extender universalmente el poder político. En esta primera entrega nos detenemos en los debates del referido Congreso de 1903 y en la ética subyacente al leninismo.

Aunque curiosamente el Congreso no iba a dividirse por este motivo, el primer punto que levantó controversia en el Congreso de 1903 fue la cuestión de una posible contradicción entre las libertades democráticas y el interés del Partido. El debate se planteo con ocasión de la aprobación del programa del Partido. Evidentemente Lenin abogó por la subordinación de todos los principios democráticos a los intereses del Partido. El interés del partido —que no tiene más objeto que la conquista y el ejercicio irrestricto del poder político— se convertía con ello en el valor supremo. Poco espacio quedaban para las libertades u otros principios democráticos.

El divorcio entre bolcheviques y mencheviques se produciría más adelante al discutirse el principio de autoridad y la definición en los estatutos de “miembro del partido”. Para Lenin, la adhesión al partido debía suponer un compromiso personal con la organización. Implicaba además de la aceptación de la totalidad del programa, una participación activa en el partido. Es decir, el miembro del Partido leninista va a ser un activista, obediente, mentalizado y disciplinado. El partido queda configurado como una organización de revolucionarios profesionales, rigurosa, disciplinada y sometida a un control interno permanente.

La postura opuesta defendida por Yuli L. Martov consideraba que miembro podía ser todo aquel que se sintiese cercano a las ideas del partido. La organización debía dejar iniciativa a las bases e impedir que la cima del partido impusiese sus directrices. Martov quería un club. Lenin, una secta militarizada.

Decía Eric Butler que lo que diferencia al marxismo-leninismo de pasados grupos sedientos de un poder universal es su cobertura filosófico-científica. Por primera vez en la Historia, la Humanidad se iba a enfrentar con un movimiento basado en un sistema filosófico que dice demostrar “científicamente” que el asesinato, el terror, la mentira, el engaño y el robo son solamente “aspectos temporales”, previos y necesarios al advenimiento de la Verdad y del Bien con mayúsculas. El Islam, por cierto con notables éxitos, ya había autorizado, doce siglos y medio antes, la utilización de la guerra santa (yihad) para someter al género humano a la ley de Alá tal y como le había sido revelada a su autodesignado profeta Mahoma.

El marxismo iba aún más allá. Pretendía ser una verdad científica, no una verdad revelada. Marx llamó a su filosofía “materialismo dialéctico”. Según Marx, la sociedad humana sólo evolucionaba por el conflicto, por la lucha de clases. La Historia terminaba en un “paraíso de los trabajadores”, pero ¡ay!, había que luchar para alcanzarlo. Matar, aterrorizar, mentir, robar y engañar eran, supuestamente, medios necesarios para conseguirlo. Una vez más: “Sólo por la lucha de clases se mueve la historia”. La particularidad del leninismo será precisamente esa combinación de necesaria lucha de clases y la promesa de un futuro esplendoroso. Todo queda así justificado. En palabras de Lenin: “La moral proletaria está determinada por las exigencias de la lucha de clases”.

Si la dialéctica se mueve en las fases tesis-antítesis-síntesis, el leninismo representaría la fase de la antítesis perpetuada. La excusa perfecta para alcanzar, detentar y expandir un poder tiránico. Las víctimas que lo padecen deben tolerarlo de buen grado. Cualquier abuso está justificado. De acuerdo con la dialéctica leninista, extender el aparato coactivo estatal para controlar la totalidad de la vida de cada persona es requisito indispensable para la eliminación de dicho aparato. Si existieron agravios (tesis), la forma de acabar con ellos, sostiene el leninismo, es generalizarlos (antítesis). ¿La forma de acabar con las violaciones de derechos humanos? Violarlos a gran escala. ¿La forma de acabar con el sufrimiento humano? Someterse a perpetuidad al imperio del terror.

Desgraciadamente, el leninismo sigue presente en el mundo. No sólo gobierna en países como Cuba, Corea del Norte, Zimbawe o China, sino que pueden descubrirse bastantes de sus clásicas técnicas de agitación, propaganda y subversión en esas nuevas Internacionales que son el Foro de Sao Paulo y el Foro Social Mundial. Estas formas de leninismo adaptado al siglo XXI representan, junto al integrismo islámico, tal vez las mayores amenazas para las libertades y el bienestar de nuestras democracias. Conocer y familiarizarse con las técnicas leninistas es algo más que una curiosidad histórica.

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