
Los que somos esos españolitos, esto es, los que nunca hemos tenido ni poder, ni dinero, ni blasones familiares y por tanto no hemos gozado de las oportunidades derivadas de tales manantiales de influencia y comodidad, no tenemos más remedio que estar desconcertados. Lo que somos lo somos por becas o por ahorro sufriente de nuestros padres y por nuestro esfuerzo propio por encontrar un hueco en un mundo ya repartido previamente. Con estos mimbres, tenemos que explicarnos la realidad y actuar continuamente en ella, por activa o por pasiva.
Lejos de los privilegiados que han tenido herencias económicas, escuelas intelectuales políticas, o tradiciones religiosas en sus familias, o en sus entornos, los españolitos a quienes me refiero somos el resultado de una incesante cadena de colisiones de hechos, experiencias personales, decisiones, valoraciones y lecturas o impresiones icónicas con los que hemos tenido que ir forjando juicios y explicaciones, casi todos ellos cogidos con alfileres. En realidad, sobre bien pocos asuntos hemos podido disponer de convicciones fundadas. Estamos instalados en el reino de la opinión, lejano a toda ciencia, con poca capacidad de diferenciar argumentos consistentes de falacias intoxicadoras.
