
Hace unas semanas, en una charla organizada por la Fundación Civismo a cargo de Florentino Portero, tuve la ocasión de escuchar una exposición lúcida y documentada sobre el realismo en las relaciones internacionales de Henry Kissinger. Entre los muchos aspectos que Portero desgranó con su habitual rigor histórico, uno me llamó especialmente la atención y fue el encuentro intelectual y personal de Kissinger con el coronel francés David Galula durante los años en que ambos coincidieron en Harvard. Sin pretensiones de ser un experto tras haber profundizado en la amistad Kissinger-Galula, quisiera ofrecer unas reflexiones sobre algunos temas de actualidad con la intención de dar que pensar.
Galula, un oficial que había combatido en Indochina contra las fuerzas de Võ Nguyên Giáp y después en Argelia, es uno de los grandes teóricos de la contrainsurgencia del siglo XX. Sus libros —especialmente Counterinsurgency Warfare: Theory and Practice, 100 páginas que se leen como una combinación de Maquiavelo, Clausewitz y Forsyth— siguen siendo referencia obligada para entender cómo se libran y se pierden las guerras irregulares. Portero recordó que la amistad entre Galula y Kissinger no fue solo académica ya que se extendió a las familias y marcó profundamente el pensamiento estratégico del futuro secretario de Estado.
Aquella mención me ha venido a la cabeza estos días, como decía, mientras observamos dos conflictos que, aunque muy diferentes en su naturaleza, comparten un rasgo revelador, como es la dificultad de potencias convencionalmente superiores para imponerse frente a estrategias de desgaste prolongado por parte de países inferiores militarmente. Aunque es cierto que no hace falta irse a Vietnam vs. EE.UU. porque algo de eso sabemos los españoles en nuestra guerra contra Napoleón.
El general vietnamita Võ Nguyên Giáp demostró contra Estados Unidos que un ejército menos equipado puede derrotar a una superpotencia si convierte el conflicto en un maratón político y económico. Su máxima era clara y se centraba en que el enemigo puede ganar todas las batallas, pero perderá la guerra si no soporta el coste sostenido en vidas, recursos y apoyo doméstico.
Hoy, Irán parece estar aplicando una versión actualizada de ese manual. Tras más de un mes de enfrentamientos iniciados con los ataques aéreos estadounidenses e israelíes, Teherán no busca una victoria militar convencional. Recurre a drones de bajo coste, ataques mínimos pero ruidosos y bloqueo en el Estrecho de Ormuz, junto a una narrativa nacionalista que consolida el apoyo interno al régimen frente al "agresor exterior". Me pregunto cómo se llamará el Curro Jiménez iraní que en la actualidad está mesando su barba islamista. El resultado es previsible, no hay más que mirar el precio del petróleo, que ha generado presiones económicas globales que afectan más a Occidente que a una economía iraní ya habituada a las sanciones. Porque si algo no soporta el burgués europeo o norteamericano es que le suban la gasolina o el diésel cuando se dispone a irse de vacaciones, ya se trate de una invasión alienígena.
En este contexto, la actuación del presidente Donald Trump resulta particularmente ilustrativa —y arriesgada—. Trump ha combinado una retórica de fuerza contundente con gestos diplomáticos pragmáticos, en un estilo que recuerda al Kissinger que negociaba mientras mantenía la presión militar.
Inicialmente, Trump amenazó con arrasar las plantas eléctricas, los pozos de petróleo y otras infraestructuras energéticas iraníes si Teherán no reabría completamente el Estrecho de Ormuz en un plazo de 48 horas. Esa amenaza reflejaba la lógica de "máxima presión" que ya aplicó en su primer mandato. Sin embargo, ante el riesgo de un encarecimiento descontrolado del crudo y posibles repercusiones en la economía estadounidense y mundial, el presidente ha extendido el plazo en varias ocasiones. Primero por cinco días, luego por otros diez, y así...
Paralelamente, la administración Trump ha enviado a Irán, a través de intermediarios, un plan para poner fin al conflicto. Este documento exige, entre otros puntos, el desmantelamiento del programa nuclear iraní, la entrega de las reservas de uranio enriquecido, límites estrictos al programa de misiles balísticos, el cese del apoyo a los aliados del "Eje de la Resistencia" (Hezbolá, hutíes, milicias iraquíes) y la garantía de libertad de navegación en Ormuz. Pero parece que Trump no comprende que no se puede hacer un "deal" materialista con gentes cuyo reino no es de este mundo y que consideran que ser mártir por Alá es más grande que un doctorado por Harvard, no digamos que un bonus por Wall Street.
Trump ha insistido en que las conversaciones "van muy bien" y ha presentado las pequeñas concesiones iraníes —como el paso de algunos buques— como signos de progreso. No obstante, Teherán ha rechazado formalmente el plan, considerándolo "irrealista" y coercitivo, y ha contrapuesto sus propias condiciones: fin inmediato de los ataques, compensaciones por daños, mecanismos de prevención de futuras agresiones y reconocimiento internacional de su soberanía sobre el estrecho.
Esta dualidad —amenaza de destrucción de infraestructuras civiles combinada con oferta diplomática— plantea un dilema clásico de las guerras asimétricas. Por un lado, la presión militar busca forzar a Irán a la mesa de negociación desde una posición de debilidad. Por otro, el riesgo es alto ya que acciones contra plantas eléctricas o desalinizadoras podrían provocar exactamente el efecto contrario al deseado, uniendo a la población iraní alrededor del régimen mediante un "efecto bandera" nacionalista, tal como ocurrió en Vietnam.
Galula, que estudió de cerca las tácticas de Giáp, insistía en un principio fundamental y es que en las guerras asimétricas, el centro de gravedad no es el terreno ni los arsenales, sino la población. El contrainsurgente debe ganarse primero el apoyo de la gente para aislar al adversario. La mera destrucción de objetivos militares, advertía, puede endurecer la resistencia en lugar de quebrarla.
Aplicado a la estrategia actual de Trump en Irán, esta lección invita a la prudencia. La presión debe ser selectiva —centrada en capacidades nucleares y misilísticas— y acompañada de una oferta diplomática creíble que aisle al liderazgo de su propia sociedad. Una escalada indiscriminada contra infraestructuras civiles podría convertir una operación destinada a durar "semanas, no meses" (como ha señalado el secretario de Estado Marco Rubio) en un pantano del que sea muy difícil salir.
Kissinger, influido por Galula, entendió que la fuerza militar debe estar siempre al servicio de objetivos políticos claros y de una estrategia de salida creíble. Negoció los Acuerdos de París mientras mantenía la presión sobre Hanoi. Su realismo no era cinismo sino conciencia de los límites del poder. En el caso de Trump en Irán, esa evolución desde una retórica maximalista ("cambio de régimen") hacia un enfoque más pragmático ("cambio de comportamiento") es un paso típico del realismo a lo Kissinger. Pero resulta insuficiente si no va acompañada de objetivos estrictamente limitados y una puerta de salida visible. La interconexión de teatros agrava el problema dado que la crisis en Irán distrae recursos y atención de Ucrania, beneficiando indirectamente a Rusia.
Como recordaba Florentino Portero en aquella charla de la Fundación Civismo, el pensamiento de Kissinger influido por Galula nos alerta de que las superpotencias suelen perder cuando convierten una guerra asimétrica o de desgaste en un simple pulso de voluntad pura, sin alinear medios y fines de forma sostenible. Vietnam no fue solo una derrota militar, sino que, sobre todo, fue una lección sobre los límites de la potencia convencional frente a estrategias diseñadas para erosionar la voluntad política. Irán y Ucrania nos recuerdan que esa lección sigue vigente en 2026. Ignorarla sería un error de dolorosas consecuencias. La historia no se repite pero tiene parecidos de familia. En este caso, la familia es más bien de perfil monstruoso.
