
Es evidente que vivimos en sociedades cada vez más fracturadas, más polarizadas políticamente. Según una encuesta reciente, el Atlas de la Polarización en España 2025 de More in Common, unos cinco millones de personas han roto relaciones familiares o de amistad en el último año por culpa de la política. El 60% evita hablar del tema para no discutir y el 15% ha abandonado grupos de WhatsApp. Las cenas de Nochebuena se han convertido en campos de minas. En Estados Unidos la gente no quiere ni salir con una persona de otro partido político. En Gran Bretaña y otros países europeos la situación es muy similar. ¿Qué está pasando? ¿Es posible convivir cuando pensamos de forma radicalmente distinta?
Diversos autores coinciden en que el problema es que hemos metido la moral en el campo de la política. Antes las diferencias eran ideológicas: más Estado o menos, más impuestos o menos, más apertura o más protección. Hoy, por contra, son morales. No se trata de que el otro se equivoque; se trata de que el otro es malo. Asqueroso. Vergonzoso. Demoníaco. Monstruoso. Ese lenguaje donde se han normalizado términos como nazi, fascista, racista, negacionista, tránsfobo, islamófobo, etc., no es casual. Es el síntoma de que hemos convertido la política en una cruzada entre el Bien y el Mal absoluto. Y cuando algo o alguien es malvado, no se debate sino que se condena, se margina o se destruye.
