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¿Podemos vivir juntos personas que pensamos diferente?

En España, unos cinco millones de personas han roto relaciones familiares o de amistad en el último año por culpa de la política.

En España, unos cinco millones de personas han roto relaciones familiares o de amistad en el último año por culpa de la política.
'Duelo a garrotazos' o 'La riña', de Francisco de Goya. | Museo del Prado

Es evidente que vivimos en sociedades cada vez más fracturadas, más polarizadas políticamente. Según una encuesta reciente, el Atlas de la Polarización en España 2025 de More in Common, unos cinco millones de personas han roto relaciones familiares o de amistad en el último año por culpa de la política. El 60% evita hablar del tema para no discutir y el 15% ha abandonado grupos de WhatsApp. Las cenas de Nochebuena se han convertido en campos de minas. En Estados Unidos la gente no quiere ni salir con una persona de otro partido político. En Gran Bretaña y otros países europeos la situación es muy similar. ¿Qué está pasando? ¿Es posible convivir cuando pensamos de forma radicalmente distinta?

Diversos autores coinciden en que el problema es que hemos metido la moral en el campo de la política. Antes las diferencias eran ideológicas: más Estado o menos, más impuestos o menos, más apertura o más protección. Hoy, por contra, son morales. No se trata de que el otro se equivoque; se trata de que el otro es malo. Asqueroso. Vergonzoso. Demoníaco. Monstruoso. Ese lenguaje donde se han normalizado términos como nazi, fascista, racista, negacionista, tránsfobo, islamófobo, etc., no es casual. Es el síntoma de que hemos convertido la política en una cruzada entre el Bien y el Mal absoluto. Y cuando algo o alguien es malvado, no se debate sino que se condena, se margina o se destruye.

Esta visión de la política cierra el camino al compromiso o a acuerdos con los que piensan diferente ya que con un nazi, o con un demonio, no se puede negociar. El mero hecho de hablar con ellos es legitimarlos. Cuando todo es moral, nada es negociable. Pero de esta manera bloqueamos el funcionamiento democrático que, por definición, se basa en el diálogo y el acuerdo entre personas que piensan legítimamente de forma diferente. Esta nueva forma moralista de entender la política la convierte en algo más parecido a la religión. Dice Joseph Bottum: "Si crees que tus oponentes políticos ordinarios no están simplemente equivocados, sino que son el mal, has dejado de hacer política y empezado a hacer religión".

Kurt Gray, un psicólogo moral, ha estudiado en su libro Outraged: Why We Fight About Morality and Politics and How to Find Common Ground precisamente este problema y nos puede arrojar cierta luz. Un primer punto para entender el problema es que los experimentos revelan sistemáticamente que nuestros juicios morales se basan en nuestra percepción del daño. Condenamos los actos en función de hasta qué punto parecen victimizar a alguien vulnerable. Los actos que parecen completamente inofensivos, como pasear por la playa, se consideran moralmente permisibles. Y los actos que parecen muy dañinos, como mutilar intencionadamente a un niño, se consideran extremadamente inmorales. Todos tenemos esta misma mente moral.

Pero ahora viene el problema: resulta que todos no tenemos la misma percepción del daño. Todo el mundo se preocupa por proteger a las entidades vulnerables (víctimas) del daño, pero progresistas y conservadores discrepan fuertemente sobre quién es especialmente vulnerable, sobre quién es la víctima. En el tema de la inmigración, los progresistas suelen ver a los inmigrantes indocumentados como víctimas vulnerables que buscan seguridad, mientras que los conservadores los perciben como una amenaza para los ciudadanos inocentes. En el debate sobre atletas trans, unos priorizan el daño a las competidoras y otros el daño a la persona trans. En estos casos, el desacuerdo no gira en torno a si el daño importa, sino a quién lo sufre.

Los progresistas entienden la vulnerabilidad en términos de grupos: dividen el mundo entre "víctimas especialmente vulnerables" –inmigrantes, personas trans, minorías raciales, musulmanes, etc.– y "opresores relativamente invulnerables" –poderosos, autoridades tradicionales y mayorías dominantes–. Los conservadores, en cambio, ven la vulnerabilidad de forma más individual y distribuida: cualquiera puede ser víctima, independientemente de su grupo, y consideran más vulnerables a figuras como policías, empresas, autoridades o símbolos sagrados –Dios, la Biblia, la bandera–.

Hay que añadir que nos indignamos cuando la gente niega nuestras suposiciones sobre las causas del sufrimiento y quién es la víctima. Nos enfadamos cuando la gente no está de acuerdo sobre quién resulta "realmente" perjudicado en una situación. Las percepciones contrapuestas del victimismo alimentan los conflictos en los medios de comunicación y en la vida real. Y el riesgo evidente es que estas diferencias pueden acabar en violencia política.

¿Cómo podemos tender puentes entra estas dos visiones tan opuestas? La propuesta de Gray es clara aunque contraintuitiva: la mejor manera de tender puentes es recurrir a las experiencias personales de daño y no a datos y estudios. Imaginemos una discusión con respecto al uso de las armas en EEUU. La gente sintoniza y se hace más empática si le cuentas lo que te ha pasado a ti, por ejemplo, en el tema de las armas, que un hijo tuyo murió por un accidente con una pistola. Si pensamos un poco a ver cuándo fue la última vez que en un debate dijimos: "¡Caramba, los datos que me has dado son mejores que los míos, tienes razón!", veremos que esto no ocurre casi nunca. Pero cuando alguien te habla de sufrimiento lo ves más humano y empatizas mejor. También es importante que no tengamos el objetivo de "convencer" a la otra parte como si la conversación fuera una competición a ver quién gana. De lo que se trata es de entender. Hay que enfatizar que tu experiencia es subjetiva y que estás contando tu perspectiva. Y también es muy importante escuchar. Si la otra parte no se siente escuchada vamos a fracasar.

No es fácil dejar de convertir la política en una guerra religiosa entre el Bien y el Mal y tampoco abrirnos a escuchar las historias personales de sufrimiento del otro, como propone Gray. Ser humildes, escuchar o reconocer que el otro no es un monstruo sino alguien que comparte con nosotros este mismo mundo frágil son cosas que no se nos dan bien. La humildad moral no es precisamente uno de nuestros fuertes. Pero la alternativa a la convivencia con diferencias es la coerción o la guerra cultural permanente. Y la historia enseña que ninguna de las dos acaba bien.