
Porque trato de mantener activa mi curiosidad, tiendo a formular preguntas sencillas, por ejemplo, ¿es España una tiranía o una democracia? Mi respuesta es inmediata. Levanta acta de una obviedad al alcance de cualquier ciudadano normal. Pocos españoles albergan dudas sobre que esto se parece más a un régimen político tiránico que a un decente y débil sistema democrático. No hay día que el poder ejecutivo descanse en su programada persecución de los poderes legislativo y judicial. Su intención es devorar permanentemente cualquier atisbo de contrapeso a la institución del Gobierno. No hay ámbito de la vida pública política que no esté intervenido, casi siempre de modo despótico, por el Gobierno. El Estado entero tiende a desaparecer colonizado por el Gobierno.
En la esfera de los partidos políticos, la labor de oposición al Gobierno fue sustraída por Sánchez el mismo día que ocupó La Moncloa; jamás ha dejado de controlar y acosar de mil formas diferentes a la oposición. Oponerse a la oposición, sí, hasta devorarla fue, es y será la principal tarea del socialismo, el comunismo y el separatismo en el poder. El Gobierno, antes que gobernar y administrar los bienes comunes de los españoles, se ha dedicado a perseguir a la oposición; caso paradigmático de esa terrible "oposición a la oposición" es la estigmatización, demonización, e incluso con amenaza de ilegalización, de la tercera fuerza política de España, Vox. Tampoco el Gobierno se ha quedado corto en la persecutoria caza a la que ha sometido a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, por una presunta irregularidad de su novio con la Hacienda española. Y así podríamos seguir enumerando otros tanto casos y circunstancias que muestran a un Ejecutivo más preocupado por perseguir al oponente que por gobernar.
