
Estamos asistiendo a un fenómeno sorprendente: tras décadas de agoreras predicciones avisando del peligro de la superpoblación nos encontramos viviendo una espectacular caída de la natalidad en todo el mundo de forma simultánea y acelerada. En más de dos tercios de los 195 países, la fertilidad ya está por debajo del nivel de reemplazo de 2,1 hijos por mujer, y en 66 de ellos se acerca a un solo hijo, con algunos lugares donde el número más común es cero. Lo más sorprendente es la velocidad del fenómeno: países en desarrollo como México, Brasil, Túnez, Irán y Sri Lanka han superado recientemente a Estados Unidos en descenso de natalidad, envejeciendo antes de enriquecerse. Aunque el declive demográfico lleva décadas en naciones ricas, se ha intensificado drásticamente en los últimos diez años y ahora afecta a casi todo el planeta.
Las causas son múltiples: menor formación de parejas, modernización económica (urbanización, educación y trabajo femenino, alto coste de la vivienda y crianza), cambio de valores hacia el individualismo y el consumismo, y posiblemente el impacto de smartphones y redes sociales en la última década, aunque esto parece más correlación que causalidad. Sin embargo, el factor que me parece más profundo, y han señalado algunos autores como Dean Spears y Michael Geruso en su libro After the Spike: The Risks of Global Depopulation and the Case for People, es el coste de oportunidad, muy ligado a la pérdida de estatus.
