
Hace ya casi nueve años, el nacionalismo catalán perpetró un golpe de Estado separatista. Nada nuevo. Ya lo hizo en 1934. Era la segunda intentona de secesionismo en plena vigencia de la Constitución de 1978, la primera realmente pactada de nuestra historia, incluso con los nacionalistas catalanes. ¿Fracasó? Aparentemente sí, pero en realidad no. Se aplicó la ley de forma timorata, se condenó tímidamente a los impulsores y, sin embargo, los nacionalismos hoy son más fuertes que nunca tras haber ganado espacio y tiempo en la sociedad española.
Espacio, porque cada vez se encuentran más a sus anchas con unos gobiernos que no quieren líos —ni siquiera en defensa de los derechos de los ciudadanos a los que se impone lengua, leyes, historia y costumbres al margen de la Constitución que los ampara— o prefieren ceder lo que haga falta ante ellos para perpetuarse. El espacio moral, y cada vez más, el institucional, ha sido abandonado al propósito subversivo del nacionalismo, y con ello se consiente, deliberadamente, que ganen tiempo para alcanzar sus fines sin arriesgar nada. Consiguen gratis lo que antes les costaba dinero y dolor. Negocio redondo.
