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Los valores sagrados y la guerra

Los valores sagrados son imperativos morales absolutos que impulsan el comportamiento de las personas de forma independiente de cualquier cálculo.

Los valores sagrados son imperativos morales absolutos que impulsan el comportamiento de las personas de forma independiente de cualquier cálculo.
Mujeres iraníes manifestándose a favor del régimen este jueves en Teherán. | EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Scott Atran es un antropólogo cognitivo y cultural estadounidense-francés, muy conocido por su trabajo en la psicología evolucionista de la religión, el terrorismo y la radicalización –especialmente el yihadismo– y en el estudio de cómo los "valores sagrados" influyen en el comportamiento humano en conflictos.

Recientemente, ha publicado un artículo en la revista Quillette donde critica la visión reduccionista de la guerra moderna y defiende que entender los "valores sagrados" es clave para predecir resultados en conflictos reales.

Para Atran, el error radica en tratar la guerra como un problema de lo que los planificadores estadounidenses llaman "imposición de costos": degradar la infraestructura del enemigo, matar a sus comandantes, infligir pérdidas suficientes y, entonces, los actores racionales calcularán eventualmente que continuar resistiendo ya no vale la pena. Un ejemplo de que la Administración estadounidense piensa así son estas declaraciones del secretario de Defensa –también llamado secretario de Guerra– de EEUU, Pete Hegseth: "Podemos hablar todo lo que queramos sobre valores. Los valores son importantes. Pero no puedes disparar a los valores, no puedes disparar a las banderas y no puedes disparar a discursos enérgicos. No hay sustituto para el poder duro". Esa afirmación se basa en el supuesto de que los adversarios o serán erradicados o responderán a la coerción en proporción a sus pérdidas materiales. En realidad, cuando están en juego valores culturales e identidades centrales, ocurre lo contrario: la imposición de costos profundiza en lugar de erosionar la resistencia, porque lo que se defiende no se reduce a un interés material.

¿Qué son los valores sagrados? Los valores sagrados son imperativos morales absolutos que impulsan el comportamiento de las personas de forma independiente de cualquier cálculo de costos, beneficios o probabilidades de éxito. A diferencia de las preferencias materiales o instrumentales –como el dinero, el territorio como recurso o un acuerdo de paz–, estos valores no se negocian ni se intercambian. Son deberes absolutos, no negociables e inmunes al razonamiento costo-beneficio típico de la economía o la estrategia racional. Se tratan como axiomas morales o reglas deontológicas que definen la identidad profunda de un individuo o de un grupo, es decir, aquello que uno está dispuesto a defender incluso a costa de su propia vida o de grandes pérdidas materiales.

Ejemplos típicos que menciona Atran incluyen la devoción a Dios, la patria, la familia, el honor, la dignidad, la justicia, la tierra santa o ideales trascendentes como un califato islámico, una nación independiente o una causa revolucionaria. Estos valores actúan como "líneas rojas" morales que no se pueden traspasar sin traicionar la propia identidad.

Una de sus propiedades más importantes es su inmunidad a los incentivos materiales: cuando se ofrece dinero, beneficios económicos o recompensas a cambio de comprometer un valor sagrado, el efecto suele ser contraproducente y la gente reacciona con indignación. En lugar de facilitar un acuerdo, genera mayor rechazo y hasta mayor disposición a la violencia. Neurológicamente se procesan de forma distinta a las decisiones utilitarias ya que se activan como deberes morales obligatorios, no como cálculos de utilidad. Por eso resultan inmunes a la lógica empírica o a las evidencias que normalmente modificarían una preferencia normal.

Cuando un valor sagrado se fusiona con la identidad personal o colectiva – "esto es parte de quién soy o de quiénes somos"–, surge el actor devoto –devoted actor–, es decir, personas dispuestas a hacer sacrificios extremos -incluyendo morir o matar- sin que importe el costo material ni las probabilidades objetivas de victoria. Además, en conflictos prolongados, temas inicialmente seculares –como un programa nuclear, un territorio o una forma de gobierno– pueden sacralizarse con el tiempo, volviéndose igualmente no negociables y capaces de generar la misma resistencia irracional desde el punto de vista material.

En este contexto, tiene también importancia la cuestión de quién tiene más que perder. En biología evolucionista Richard Dawkins y John Krebs plantearon lo que denominaron principio vida-cena (life-dinner principle) para hablar de la carrera de armas entre el depredador y su presa pero que es aplicable a esta cuestión que estamos tratando. Un conejo que huye de un zorro está corriendo por su vida, mientras que el zorro está corriendo por su cena. Por lo tanto, la presión para evolucionar es mayor en la presa. Si el zorro falla puede tener otra oportunidad de cazar al conejo. Pero el conejo sólo puede fallar una vez. Lo que nos dice este principio sería que el que tiene más que perder es el que suele ganar la carrera porque pone toda la carne en el asador. En la guerra con Irán EEUU sería el zorro. Tiene muchos intereses en muchos sitios –Venezuela, Cuba, etc.– y se puede permitir ser derrotado en Afganistán, Irak o en guerras que se libran lejos de casa. Digamos que EEUU estaría luchando por su cena. Pero Irán es el conejo que está luchando por su vida ya que una derrota sería la caída del régimen.

La guerra no es solo un problema de quién tiene más armas, sino de quién tiene más voluntad y significado. Los grupos que logran que sus miembros vean la lucha como algo sagrado y personal pueden sostener conflictos mucho más tiempo del que su poder material sugerirá. Atran ha estudiado cómo grupos aparentemente débiles –como el ISIS o la Guardia Revolucionaria de Irán– logran resistir y sobrevivir durante mucho tiempo frente a adversarios mucho más poderosos en recursos y armamento. Pone el ejemplo de combatientes del ISIS que preferían morir antes que rendirse, incluso cuando estaban perdiendo. La clave no está en la fuerza militar o económica sino, como hemos comentado, en los valores sagrados y la fusión de identidad. Cuando las personas fusionan su propia identidad con una causa –religión, patria, honor–, están dispuestas a sacrificar todo, incluso su vida, porque para ellas la causa no es negociable.

En resumen, para Atran los valores sagrados explican por qué ciertos grupos débiles en recursos materiales pueden sostener luchas prolongadas contra adversarios mucho más poderosos: porque luchan por algo que, dentro de su marco moral, no tiene precio. Un enemigo aparentemente más débil que lucha por su vida y que tiene fe en sus valores sagrados puede ser un enemigo formidable para alguien que solo lucha por su cena.

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