
En la alemana Baja Sajonia, gobernada por Los Verdes, la solución al problema de que los alumnos cometieran demasiados errores en las divisiones largas y los cálculos con decimales fue la más lógica del mundo: suprimir las divisiones largas y los cálculos con decimales. La ministra izquierdista a fuer de ecológica Julia Willie Hamburg lo calificó de "desarrollo científicamente fundamentado de la educación matemática". Ahí está, en esa frase, el retrato completo de una época, o la jerga del progreso al servicio de la rendición.
El historiador y economista Rainer Zitelmann ha explicado en estas páginas el alcance del desastre en su artículo El fiasco de una educación cada vez más decadente en Alemania. En el país que inventó la universidad moderna de la mano del liberal Humboldt, el 40% de los estudiantes son analfabetos funcionales.
España no solo comparte el diagnóstico, sino que lo agrava. En PISA 2022 registró 473 puntos en matemáticas —su peor resultado histórico— y 474 en lectura. El abandono escolar temprano ronda el 12,8% en 2025, de los más altos de la UE. El coste económico de este fracaso supera ya los 5.100 millones de euros anuales. Si le parece poco, fue un 11% más que el año anterior, lo que significa que el desastre no solo persiste sino que se acelera.
¿Hace algo la ministra de Educación socialista española? Sí, mucho, solo que todo mal, en la senda de su colega de ministerio e ideología en Baja Sajonia.
Y es que el último engendro educativo, la Lomloe, ha consumado la conversión del profesor en burócrata, en animador sociocultural, en dispensador al por mayor de injustos aprobados e hiperbólicos sobresalientes. Ya no es una figura de autoridad intelectual sino un 'funcionario del conocimiento' condenado a rellenar kafkianas programaciones interminables, dantescas rúbricas competenciales y orwellianas evidencias administrativas que nadie leerá porque son tan complicadas en la forma como irrelevantes en el fondo. Los profesores españoles –a los que quieren reconvertir en 'profes' para minusvalorarlos simbólica y profesionalmente– trabajan mucho, pero trabajan mal obligados por un sistema que prima la ineficiencia, el vasallaje y el simulacro. La burocratización no es un efecto secundario del sistema, sino que es su función primordial gracias a pedagogos, políticos y burócratas de los que no se sabe si odian más a los estudiantes o a los profesores, manteniendo al docente ocupado en el papeleo mientras la ideología se instala en el aula sin resistencia.
Gregorio Luri, el pedagogo español más lúcido de las últimas décadas, ha defendido contra viento tecnocrático y marea de la hegemonía pedagógica que nuestro sistema educativo crea más deficiencia que excelencia y denuncia que "hemos puesto el carro delante de los bueyes, priorizando las competencias por encima del conocimiento". Recordemos, con Luri asentado sobre los hombros del gigante Juan de Mairena, que la función noble de la escuela es reducir, en el mínimo tiempo posible y en el mayor número de alumnos, la distancia entre la ignorancia y el conocimiento poderoso. El maestro, dice Luri, no debe ser el guardián celoso de la autonomía infantil, sino el amante celoso de lo mejor que un niño puede llegar a ser.
Tanto en Alemania como en España impera una pedagogía sentimentalista centrada en la 'empatía' y las competencias socioemocionales, que desplaza la racionalidad, el esfuerzo sostenido y el mérito objetivo. Se prioriza que el alumno 'se sienta incluido' en lugar de que incluya contenido alguno en su cabeza. Ni se imaginan las dificultades que tengo como profesor, de familiares a administrativas, para tratar de que alguno de mis alumnos se lea un libro de calidad, un clásico, al completo y en profundidad.
¿Cuál debería ser el modelo? Los números de Singapur merecen atención: 575 puntos en matemáticas, 543 en lectura, 561 en ciencias. España: 473, 474 y 485. La distancia no es una diferencia de matiz pedagógico sino que supone una civilización entera de ventaja. Y no se explica por factores culturales exóticos. Sus profesores se seleccionan entre el tercio superior de los graduados universitarios y reciben formación rigurosa y bien remunerada. En una comunidad española de cuyo nombre no quiero acordarme, podría ser cualquiera, el 85% de los aspirantes a profesor no superó la primera fase, la de conocimientos. En Singapur, el currículo es exigente y la cultura escolar combina altas expectativas con responsabilidad individual. Países como Estonia, Japón, Corea del Sur y Taiwán aplican variantes del mismo principio con resultados similares. La lección que lleva años esperando que alguien la aprenda en España es que la excelencia no brota de la terapia emocional ni de la nivelación por abajo, sino de la transmisión rigurosa de conocimiento.
Dentro de España, Castilla y León es nuestra Singapur y demuestra que las políticas regionales importan. Sus resultados en PISA 2022 superan ampliamente la media nacional y a muchas regiones europeas porque mantiene un enfoque más tradicional, old school o boomer: mayor exigencia curricular, mayor peso de los contenidos fundamentales, menos burocracia ideológica, mayor respeto a la autoridad docente. No ha sucumbido con la misma intensidad a los experimentos competenciales y emocionales de la Lomloe. Es, en miniatura, la prueba de que el modelo funciona cuando no se lo sabotea.
Pero como advierte Zitelmann, esta crisis no es inocente. Responde a una visión del mundo que desconfía de la transmisión cultural clásica, del profesor como figura de autoridad y del alumno como sujeto racional capaz de esfuerzo. Prefiere nivelar hacia abajo en nombre de una equidad mal entendida: la conjura de los necios promoviendo el igualitarismo de los mediocres. En los días de la pasada PAU, un colectivo de estudiantes ha pegado en los muros de la Universidad un cartel que reza: "Contra la selectividad que nos segrega, contra el sistema que nos explota". Son los mismos que subastan en Wallapop el bono cultural con el que pretenden comprar su voto. El resultado es el previsible, con generaciones mal formadas, economías estancadas, innovación en retroceso y el humanismo en la picota.
Alemania y España ilustran, cada una a su modo, las consecuencias de haber abandonado los principios clásicos del rigor, el mérito, la autoridad docente –las tarimas en las aulas fueron destruidas porque eran elitistas, clasistas y fachas– y la libertad intelectual de cátedra. Recuperar el nivel exige una ruptura frontal con los dogmas pedagógicos pseudoprogresistas, con los intereses económicos que los financian y con los aparatos sindicales e institucionales que los perpetúan.
Hay una diferencia entre un sistema que falla y uno que funciona exactamente como está diseñado. El nuestro produce ignorancia de manera eficiente, sostenible y, para ciertos actores, muy rentable. Eso no es un fiasco. Es una debacle. En las pantallas digitales que han sustituido en muchos centros a las viejas pizarras ya no se lee al poeta Quevedo sino que se escucha al rapero Quevedo. Menos García Lorca y más Bad Bunny. Como siempre, en la PAU de Lengua y Literatura en Andalucía, ha caído el enésimo artículo de El País, el Libro Sagrado de los profes progres. Malos tiempos para la lírica, peores para la educación.
