
Es de suponer que al inmigrante sudanés que se dedicó a intentar degollar a un irlandés nadie le explicó qué es Belfast. Porque la capital norirlandesa puede parecer un lugar tranquilo y seguro hoy día, pero casi todos sus habitantes han vivido una época muy distinta, de atentados, de disturbios, de peleas, de lucha. Eso que eufemísticamente llaman los problemas. De modo que cuando ha pasado lo mismo que ha sucedido en tantas y tantas ciudades del Reino Unido, la respuesta ciudadana ha sido ligeramente distinta. La parte menos pacífica de la población nativa reaccionó quemando vehículos y casas y bloqueando calles. Es decir, lo que en París llaman una victoria del PSG. Pero también están quemando negocios de inmigrantes y entrando en casas donde sospechan que viven para expulsarlos de sus hogares. Inmigrantes que, huelga decirlo, en su inmensa mayoría no han hecho nada por merecerlo.
Las razones por las que los europeos están empezando a revolverse contra la inmigración son principalmente tres: sus efectos en la seguridad ciudadana, la pérdida de beneficios sociales en favor de quienes vienen de fuera y la pérdida de una cohesión cultural que sólo se ha echado de menos cuando se la ha visto desaparecer. Todas las cuales podrían ser manejables si no fuera por el experimento migratorio sin precedentes que han puesto en marcha tanto Europa durante décadas como Estados Unidos durante la administración Biden. Porque la cantidad puede ser una calidad en sí misma. Ninguna nación del mundo había acogido nunca tanta población extranjera como los países occidentales estos últimos años. Es un experimento inédito que convierte todos estos problemas en inmanejables.
Cuando la inmigración es tan masiva, es imposible cualquier tipo de integración. Una integración que no supone que el inmigrante renuncie sin más a su cultura, aunque sólo sea porque seguramente sea imposible para él, sino que la adapte a la dominante para facilitar la convivencia. Pero cuando los números son suficientes, no tiene ninguna necesidad. De modo que acabamos viendo en nuestras calles y nuestros barrios formas de relacionarse, de ver la vida y hasta de delinquir que nos eran completamente ajenas hasta ayer por la tarde. Y claro, allí donde se tocan las distintas culturas, saltan las chispas. Ese noble ideal de acabar con las fronteras, que tantos liberales hemos suscrito alguna vez con el mismo entusiasmo que la destrucción del Estado y que hemos abandonado por la misma razón práctica: la pura y dura naturaleza humana.
Pero si tantos roces provoca, si tantos problemas ocasiona, ¿cómo puede ser que durante años y hasta décadas nadie proteste, que esto no sea materia de conversación, que no se tomen medidas para que al menos la velocidad sea menor? Ah, amigo, porque tenemos unas estupendas élites, esos que salen en las televisiones y en los púlpitos del Congreso con el dedo levantado, llamándote racista. Porque están tan encantados de conocerse y viven tan alejados del mundo real que prefieren sentirse bien consigo mismos a ser honestos.
El problema es que con el asunto migratorio han tenido demasiado éxito. La acusación de racismo, que tan útil fue en la segunda mitad del siglo XX para, en fin, reducir el racismo de verdad, tenía tanto peso que ha impedido cualquier cambio, cualquier corrección de curso. La olla a presión en la que la cultura de cada país se ha mezclado con otras no ha tenido válvula que permitiera sacar algo de vapor. Cosas sencillas como, no sé, que se deportara a los inmigrantes que delinquieran. Que no se permitiera que actuaran durante décadas bandas paquistaníes de violadores de menores porque la policía tenga miedo a ser llamada racista. Nada radical. Pero al poner la olla al fuego con el ámbito de la conversación pública aceptable bien cerradito, está pasando lo inevitable. Que explota. Y entonces llega el llanto y el rechinar de dientes. ¡Lo que están haciendo en Belfast es inadmisible! ¡Hay que acabar con Elon Musk y Tommy Robinson, que son los culpables de todo! ¡Maldita extrema derecha! Pero la responsabilidad no es de ninguna de esas cabezas de turco. Es de quienes los señalan, que han logrado que un hooligan parezca mucho más sensato que dos décadas de primeros ministros puestos en fila.
Nuestro futuro lo podemos ver en Estados Unidos, precursor de tantas cosas que llegan luego a Europa. Donald Trump ganó las elecciones a lomos del malestar contra la inmigración. Acusamos al ICE, la migra, de ser demasiado expeditiva, demasiado violenta, demasiado indiscriminada. ¿Y qué esperabais, progres míos? No habéis querido escuchar nunca a quienes decíamos que igual había que poner algún límite a la importación de Tercer Mundo en nuestros países. Así que al final termina ganando las elecciones alguien con un mandato claro de ponerle coto. Las historias de las familias que, aun ilegalmente, se establecieron en Texas o California y ahora ven destruida la nueva vida que habían construido son desgarradoras, sí. Pero la responsabilidad de su drama no es de quien gobierna escuchando a sus votantes y los manda deportar. Es de quienes los dejaron entrar en primer lugar escuchando únicamente a su propio ego.
Del mismo modo, y por las mismas razones, veremos cosas en Europa que ahora no creemos posibles. Pero será eso o nuestra desaparición. Un futuro donde seguirán existiendo nominalmente los países europeos, pero que serán una carcasa vacía donde no quedará nada de Europa. Los violines seguirán entonando valses en Año Nuevo, pero la cultura que los creó habrá desaparecido. Que parece ser la opción preferida por las muy progresistas élites políticas, mediáticas y culturales.
