
El Papa, en su encíclica Magnifica Humanitas, no sólo hace un diagnóstico sobre los peligros de la IA, sino que también desarrolla propuestas morales para controlarlos. Detrás de cada algoritmo, viene a decirnos el Papa, hay decisiones, intereses, prioridades y valores que pueden alejarnos de la dignidad de la persona. El verdadero debate, pues, no gira en torno a la potencia de cálculo de los sistemas de IA, sino en torno a la orientación moral que guía su diseño y utilización. Al Vaticano le gustaría, obviamente, regularizar, al menos desde el punto de vista moral, el uso de la IA. Es comprensible esa actitud. Deriva de la concepción antropológica del cristianismo que, dicho sea de paso, no cree "demasiado" en la bondad de la naturaleza humana. Le sobran pruebas para desconfiar de los hombres y, sobre todo, tiene un argumento de orden teológico para matizar su posición acerca de la bondad humana, a saber, los seres humanos fueron creados buenos a imagen de Dios, pero la Iglesia también enseña que la naturaleza humana quedó corrompida por el pecado original.
