
Se cuenta, y parece que con fundamento, que Joan Maragall llevó a Miguel de Unamuno a visitar las obras de la Basílica de la Sagrada Familia. Fue en 1906. Quien lo acompañó en su recorrido fue el propio Antonio Gaudí, poco amigo de la manera de ser, pensar y sentir del vasco. Era una malquerencia mutua. No coincidían sobre el arte de la arquitectura –"las líneas rectas del arquitecto Gaudí", ironizaba Unamuno–, ni sobre religión. Ni siquiera sobre el papel de las matemáticas en la creación humana.
Sin embargo, se ha referido que hubo dos momentos memorables de ese encuentro entre ambos. Uno, cuando a la hora del Ángelus, Gaudí, católico sin complejos, se puso a rezar sin más dando por terminada la nada distendida conversación. Unamuno calló y no volvió a hablar con él. El segundo momento tuvo que ver con la papiroflexia, único campo, al parecer, en el que ambos concordaron.
