
Prometió que no, pero ya saben cuál es el tamaño de la ciénaga de sus promesas. Incluso tituló su libro más extraño, porque no se alababa ni justificaba a sí mismo directamente, de este modo: No voy a traicionar a Borges. Es un título sospechoso por cuanto no condena la traición como infamia sino que limita su perpetración si la víctima es Borges. Es como si se dijera "traicionaré a todos, y a todas, salvo a Borges".
No lo expresa así pero se deduce un nunca revelador. Cuando un político dice "nunca traicionaré a", da igual que sea a Borges, se refiere a minutos, a horas, no a toda su vida, mucho menos a la eternidad. Cuando lo proclama José Luis Rodríguez Zapatero, debemos imaginar lo peor porque el personaje parece emanado de una nueva Historia universal de la infamia amplificadora de la original.
Debería esperarse, ya que menciona el tema del traidor, tan tremendo en Borges, que el autoconfeso admirador socialista explicase de algún modo en qué consiste la traición aludida y cómo puede traicionarse a Borges. No al Borges libertario del mínimo de Estado y máximo de individuo, claro, que no se acompasa con socialismo alguno, ni siquiera el de la ceja, o el de Bambi o el del talante. Se tiene que referir al Borges creador, combinador fenomenal de palabras, hacedor de tipos y de arquetipos, el que lleva la magia al vocabulario y logra que la sorpresa inesperada hermosee la lectura.