
En los últimos años del sanchismo ha aparecido un fenómeno curioso: la nostalgia de la vieja generación socialista. Es fácil leer lamentaciones sobre las alianzas del PSOE con los nacionalistas, y de cómo han asumido su lenguaje y propuestas. Se quejan de que el partido socialista se haya convertido en el tonto útil del independentismo, en un mero puente hacia la separación que ahonda la desigualdad. Del mismo modo protestan por la retórica posmoderna de un feminismo ininteligible que borra a las mujeres, y de un ecologismo dogmático que falla porque es ideológico, no práctico.
Esos nostálgicos se quejan del sanchismo, el epítome de la cesión al nacionalismo y de la verborrea posmoderna más cutre, producida por un tipo al que los viejos socialistas no respetan porque es un falso y un narcisista. Pero también hay otro factor. Añoran una vida donde la militancia socialista y sus medios afines no les dejaban apartados, cuando no se sentían fuera de tiempo y de lugar. No quieren verse como reaccionarios o "conservadores" defendiendo principios o comportamientos que su partido —el PSOE— ya define como "no progresistas". Les han quitado la hegemonía, el sello político, la superioridad moral que otorga creerse oráculo del futuro.
No en vano, esos nostálgicos del viejo socialismo reaccionan como el tradicionalismo: el tiempo pasado fue mejor, y ahora lo han estropeado unos advenedizos ignorantes por motivos espurios. Es así que estos añorantes mantienen su superioridad moral mezclada con indignación. "Los jóvenes no quieren escuchar", dicen como ha dicho siempre la generación que queda apartada por una cuestión de edad. "Antes se vivía mejor", alegan en referencia a los días en los que esos antiguos progresistas marcaban el compás del progreso, en que se sentían la vanguardia de una sociedad a la que querían transformar. Hoy los han abandonado y los tratan como referencia de lo antiguo.
No obstante, es ley de vida en la izquierda desde que nació. Y no lo digo solo por el sinistrismo, aquello que contó Thibaudet hace cien años como que el giro progresivo a la izquierda en la política como efecto del imperio de la idea de progreso. Lo sostengo porque esa nueva generación izquierdista fue amamantada y protegida por los mismos viejos socialistas que ahora se quejan. Ellos pusieron los pilares del sanchismo porque coadyuvaron a que el PSOE se convirtiera en una iglesia que no admite apostasías, en una empresa de colocación y ascenso social con un patriotismo diferente al español, en una secta supremacista sin escrúpulos capaz de hacer lo que sea para que no gobierne la derecha. Pero su problema no ha sido nunca que gobernara el PP, sino perder el poder, el cargo, el presupuesto y el estilo de vida.
Ninguno de esos viejos socialistas nostálgicos puede decir que les ha pillado por sorpresa. El sanchismo no apareció un buen día. Es el fruto de una estructura organizativa, una militancia y un espíritu forjados durante décadas. De hecho, es fácil sacar la hemeroteca o la biblioteca y poner al descubierto el camino que nos ha llevado hasta aquí. Recuerdo el libro de César Alonso de los Ríos —comunista en el tardofranquismo y la Transición que acabó en FAES—, titulado La izquierda y la nación. Una traición políticamente correcta (1999). Aquel periodista decía que el PSOE había convertido una ideología supremacista, como el nacionalismo, en algo progresista —véase hoy a Bildu—. Ya entonces, antes del siglo XXI, los viejos socialistas empezaban a sentir nostalgia por el abandono de la idea de España como nación con tal de tener el apoyo de los partidos nacionalistas contra la derecha. O aquel libro de Ludolfo Paramio, La socialdemocracia maniatada (2012), que decía que no entendía cómo su partido no se abrazaba de nuevo a los principios clásicos socialdemócratas.
Fue la misma izquierda cultural y mediática, bien apegada al PSOE y viceversa, la que dio entrada al posmodernismo como una religión. El único motivo era encontrar puntos de batalla con la derecha, hacer la "guerra cultural", y transformar cualquier cuestión de la vida cotidiana, especialmente de la privada, en una lucha. Ya no colaba el choque entre clases sociales, y asumieron el posmodernismo para vivir del conflicto una vez más. Así, en el siglo XXI, el socialismo español, como muchos otros en Occidente, tomaron el feminismo justiciero como eje fundamental tras años de denostar a la mujer tradicional, el matrimonio, la familia, incluso el papel de la madre y sobre todo del padre. Era la "liberación" femenina a costa de derribar lo existente. Era otra forma de ser revolucionario, pero desde las instituciones y con todo el apoyo cultural y mediático. Cambiaron la lucha de clases por la lucha de sexos, y ahí seguimos.
Lo mismo han hecho con el ecologismo, esa religión verde que sirve para movilizar presupuesto, amasar nuevas fortunas y cambiar el capitalismo, a costa de un mensaje apocalíptico y de presentarse como el mesías salvador. No obstante, cuando gobiernan viene la paradoja: si se invierte en paliar los efectos de la "emergencia climática", la gente no los percibe, y entonces pierde fuerza su discurso. Este tipo de socialista piensa que es mejor que siga el problema para que la reivindicación continúe funcionando electoralmente —un buen ejemplo es la Ley de Violencia de Género—. Por eso prometen tanto y luego no hacen nada, o problematizan toda la vida pública y privada para tener presencia. Su idea de la política es buscar o inventar problemas para señalar presuntos culpables y presentarse como salvadores.
El PSOE adoptó estas causas como sustitutos funcionales de la lucha de clases mucho antes de Sánchez. Con el feminismo y el ecologismo conservaron la exclusiva superioridad moral, la emocionalidad política, la expresión de la urgencia permanente que linda con el milenarismo, y la legitimación cultural y educativa que se traduce en un estado de opinión que permite leyes, cargos absurdos y presupuestos desorbitados. Es así que el PSOE ha adoptado marcos ideológicos que nunca se resuelven, que garantizan un conflicto continuo, y aseguran así la supervivencia de su empresa de colocación y mando.
Con este panorama, los viejos socialistas tienen nostalgia por un tiempo que ayudaron a morir para que naciera otro en el que se sienten profundamente incómodos. Es lógico. Ellos pensaban en un futuro —bien pastoreado por el PSOE que conocieron e inspiraron—, que los dirigentes socialistas y sus bases ya no quieren. Podríamos sacar antiguos refranes de criar cuervos o polvos que generan lodo, pero lo saben de sobra. ¿O es que hay que recordar la defensa del derecho de autodeterminación que hicieron en Suresnes? ¿La fusión del País Vasco y Navarra que exigieron? ¿La hegemonía creciente de un PSC cada vez más nacionalista? ¿O toda la política cultural contra lo masculino y para mayor gloria de lo femenino y lo LGTB, desdoblando el lenguaje y estableciendo cuotas? Nada de esto lo hizo Sánchez, sino los que hoy lloran por la leche socialdemócrata derramada.