
El poder absoluto lleva siglos llenando teatros y salas de cine. De Shakespeare a Coppola y a Scorsese, el mando nos atrae de un modo que no está bien confesar. Vemos a un tirano hundirse en su propia sangre, o a un capo cerrar la puerta del despacho dejando fuera a su mujer, y en los dos casos sentimos lo mismo. La corte de los reyes y el despacho del capo interesan porque son espacios cerrados donde se ve cómo se comporta un hombre al que ya no limita ninguna ley.
Para entender esa obsesión conviene empezar por lo que la mafia no es en su representación literaria y cinematográfica. No es una empresa criminal dedicada al lucro: es la reconstrucción de un Estado feudal incrustado en el mundo moderno, casi como un también moderno partido político. Los clanes operan al margen de la sociedad civil y levantan un ecosistema paralelo con sus tributos, su sistema de asistencia social y, sobre todo, su monopolio de la violencia. El espectador asiste a estas películas con la curiosidad antropológica del historiador que estudia una dinastía altomedieval. La Familia sustituye al Estado y el capo asume el papel del monarca absoluto, dispensando favores y castigos con la frialdad de un dios antiguo.